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Luciana Capdevila

El jardín depurado

Echando del cielo a la oscuridad pesada,

Al son de corceles trepidantes,

Se adviene la presencia de la carroza dorada

De Febo: el jinete deslumbrante.

 

Al compás de la rítmica cabalgata,

Bajo la ternura de la gota de rocío,

Despiden, bailando, los pétalos su frío

Invitando las flores a la mañana tan grata.

 

Sujeta firme a la muralla de corteza,

Abrazada a la cerca o apoyada sobre la pared,

Muestra la pasionaria la hipnotizante rareza

De su flor que a la belleza - tiene a su merced.

 

Arbustos tiene este jardín de anhelos.

Descansan sumisos sobre el suelo regado

Y muestran encantados su reciente podado 

Que esconde tras de sí pusilánimes desvelos.

 

Sonrientes niños de piel caliza,

Modelantes mujeres de dotes detallados, 

Mostraban a Jones su corazón de tiza

Al actuar historias de carácter desvergonzado.

 

Con sumo cuidado trataba su anfitrión 

A sus árboles, sus estatuas y a todo su jardín -

Pues radicaba en este el estimado fin

De acercarse al forastero a través de su creación.

 

Lisonjas llovían sobre el patio por sus formas,

Por su refinado gusto y reverente estilo.

Crecían frondosas, funcionando como hormas,

Las plantas que de estas bebían sin suspiro.

 

Cual payaso Garrick en plena función,

Como Eustace Barnack queriendo disfrutar de la vida,

Admiraba Jones la neblina comprendida

Por la estética pura del jardín - ¡Su pasión!

 

Aparente ignorancia transmitía, con desdeño,

Del gran Adriano, quién existía impávido -

En la frontera triste con el reino de los sueños,

Empañando el espejo con su aliento cálido.

 

Los muros del jardín, en teoría impenetrables,

Eran, sin embargo, inservibles en su cometido.

El invasor e incansable bosque del deseo sometido 

Cruzaba por encima de manera inalterable.

 

Ramas y troncos amenazantes y deformes,

Sombras ondulantes en el piso tan frío,

Arbustos de poses indecorosas para un hombre

Y demás malestares - crecían del nutriente lío.

 

Y aún siendo relegados a las tierras del olvido,

Con tormentos eternos y lamentos de antaño, 

Sería el bosque, ante la escala con la que mido, 

Libre y pensante - mientras que Jones un necio ermitaño.

 

La Titanomaquia disminuida quedaba

Ante las eternas luchas en lamentos vacíos.

Las batallas dadas en este campo sombrío:

Los unos podando, los otros crecer intentaban.

 

Cuando el blanco flameaba en la brisa del exterminio

Y la paz se asentaba, momentánea pero fiel,

Discutía Jones, desgarrando su piel,

Con el rebelde bosque, negociando su dominio.


 

- ¡Revolución contra lo tácito!

- Imposible, no hay ánimo.

- ¡Se presa del pánico!

- ¿Y Decepcionar al público?

- ¡Abandona lo empírico!

- ¿Qué sería de mi júbilo?

- ¡Esto no es meramente lúdico!

- Ya sé, no soy estúpido.

 

Viendo Celene, noche tras noche,

La incipiente pena tras la capitulación,

Con azules rosados y profunda pasión

Regaba el bosque sin importar el reproche.


 

Finalmente ocultaba Jones su faz en la almohada

Justificando inútilmente su pésimo accionar.

El bosque crecía y junto a él su desear,

Pero recibiéndolo temía no llegar a nada.

 

¿Cuántos hemos sido presas del nuestro propio sabotaje?

¿Cuántas veces actuamos en contra de nuestra felicidad?

Que sirva como lección, que quede de aprendizaje,

No huír como Jones y enfrentar la verdad.

Publicado la semana 1. 30/12/2019
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Poesía
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