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Laura R

Lluvia electromagnética

Me había dormido como toda la vida lo he hecho, e iba a despertar de la misma manera. Tal vez soñaría con algún residuo diurno para terminar, como todas las mañanas, siendo lanzada sin previo aviso a la vida en vigilia. Pero no, no sucedió así esa mañana.

Era la misma habitación, invadida con el mismo desorden. Esa era la voz de mi madre, diciendo las cosas que habitualmente dice en la mañana. La ventana, el escritorio, los zapatos, la luz, el ruido de la calle, el calor, todo estaba igual, todo menos mi cuerpo. Algo andaba mal, no era posible haber despertado y no poder moverme. Un escenario tan absurdamente vívido en el que no se puede actuar solo tiene una explicación: estoy soñando.

Sí, estoy soñando, y después de lo que ha parecido una batalla campal, el cuerpo ha reaccionado y se ha incorporado a la escena. Empieza a navegar en el mapa onírico de mi propia casa y se dirige, en compañía de una mente que no sabe muy bien dónde está, y con los pasos de quien tiene un par de rocas por pies, a la otra habitación porque es imperativo tocarle el hombro a mi padre y pedirle que por favor se dirija a mi habitación y me despierte, que con un breve sacudón o la simple pronunciación de mi nombre será suficiente, pero mi cuerpo desaparece en lo que dura un chasquido de dedos y mi mente regresa al origen: mi cama.

Vuelvo a intentarlo dos, tres, cinco veces. Es inútil, no me puedo mover. No estoy soñando, he despertado en una pesadilla. No queda otra salida que esperar a que mi cuerpo regrese del otro lado. ¿Y qué tal si esto es lo que me espera por el resto de mi vida? Ser un vegetal, ¿es esto el estado de coma? No puede ser, no puede ser, no puede ser.

Es febrero, y es verano. Tal vez mi cuerpo regrese a causa de un choque de calor, pero de repente escucho que empieza un gran aguacero y veo como la luz a través de la ventana se hace cada vez más opaca. No tiene sentido, la próxima temporada de lluvias es en mayo, eso quiere decir que… ¿he estado así dos meses? No, imposible. La lluvia trae consigo no solo fuertes ventiscas, sino crecientes cefaleas, mi cabeza se ha convertido en una bolsa de papel que se hincha y se desinfla con cada ola de viento. Cesa el aguacero, cesa el dolor de cabeza. Empiezan a cargarse todos los glóbulos rojos de mi sangre con una energía tal que se puede escuchar afuera de la carne. Mi cráneo es ahora una Bobina de Tesla vibrante con la forma de la araña del Museo Guggenheim en Bilbao.

Esto es lo que me depara, vivir como un capullo monarca en un escenario de posguerra soviético inventado, lleno de experimentos sinestésicos y travesías imaginarias. Despierto. Las vibraciones no están, hace calor y mi madre habla por teléfono. Miro la hora en mi celular, son las 10 y algo de la mañana. Me levanto con la soltura de un ave en el aire, saludo a mi madre y esta me saluda como de costumbre. Hoy es el día que se supone que debe ser. Hago cuentas y advierto que han pasado solo unos cuantos minutos.

Abro Google, escribo “por qué cuando despier-” y la barra de búsqueda me autocompleta “por qué cuando despierto mi cuerpo no se mueve”. Quiere decir que no soy la única. Le doy buscar, leo los resultados y todos dicen “parálisis del sueño”.

―Ma, me pasó una cosa muy rara.
―¿Qué fue?
―Me dio parálisis del sueño.
―¿Y eso qué es?
―Cuando uno se despierta y no se puede mover.
―Eso se llama pereza. ―me dice con cierta ironía.

Riego el chisme con todos mis amigos y ninguno dice haber vivido tal cosa, pero con el tiempo uno a uno me van diciendo que gracias al relato de mi experiencia han empezado a vivir lo mismo. S es el único que lo ha vivido sin que yo le haya hablado de ello, él habla de una miríada de golondrinas. Leo testimonios de desconocidos experimentados en el tema y todos coindicen en que la sensación de hormigueo o de descarga eléctrica es el presagio de una parálisis, justo como me pasó. Muchos cuentan haber sentido una presencia maligna, femenina, masculina, pero maligna a fin de cuentas. Unos hablan de Súcubos e Íncubos, demonios en forma de mujer que seducen a los hombres por medio de sueños y fantasías. Otros, de la subida de un tal muerto en el pecho
que no los deja respirar. A mí no me ha pasado ni una cosa ni la otra, tal vez porque al no creer en Dios no creo tampoco en los demonios, o porque me he creído mucho el cuento de que soy yo la única persona en el universo que puede matarme.

Anocheció ya, ¿pasará otra vez? ¿sumergiré de nuevo mi cabeza en un mar aplastante de energía azul? No, me duermo, y despierto como siempre lo he hecho. Pasan los días, pasan meses, y lo mismo: duermo y despierto como siempre lo he hecho. “Bueno, ha sido solo un episodio aislado” me digo. Meses después abro los ojos una mañana y siento como otra vez empieza a crecer un campo electromagnético sobre mi cabeza mientras llueve. Pero no importa mucho, porque puedo jugar a ser Nikola Tesla, y cuando me aburra, bastará con ordenarles a los dedos de mis pies que se muevan un poco para empezar a activar mi sistema nervioso.

Publicado la semana 46. 15/11/2020
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