45
Laura R

Necrofilia

No recuerdo si era martes o jueves, pero escuchaba a mi profesor de humanista contar la historia de un par de extranjeros, suizos si mal no recuerdo, dedicados a recorrer el planeta. Habían estado en una cantidad de países que solo recursos del primer mundo pueden costear: Oceanía, Asia, África, Europa Occidental, América... en todas partes. Cuando llegaron aquí a Medellín decidieron no viajar más. Estaban casados, y no tenían hijos. Compraron una finca en Copacabana y se dedicaron a mejorarla: sembraron árboles, algunos frutales, otros ornamentales; hicieron un lago con una cascada de modo que los peces tuvieran oxígeno. Hicieron casitas de madera en los árboles para que los pájaros pudieran comer allí las frutas que ellos mismos les dejaban, y otra casita para la perra que tenían. No sé a qué se dedicaban, pero creo que la mujer era artista. Supongo que tanto para mí como para vos esa sería la definición de una vida perfecta, o por lo menos la de una soñada, ¿o qué otra cosa lo sería? Pero las cosas, querida mía, cambian, siempre tienen que hacerlo. La mujer fue diagnosticada con cáncer muy agresivo del cual no me acuerdo, y pues... se murió.

Después de la muerte de la mujer, el hombre se volvió un vaganbundo y abandonó la finca. El cauce de agua que llegaba a la cascada se había llenado de ramas, hojas y basura, el agua ya no caía al lago, ya no había oxígeno para los peces y todos ellos también murieron. Todo el pasto fue creciendo y convirtiéndose en maleza, finalmente echó a perder todo lo que se había cultivado. Todo se llenó de insectos, de telarañas, de mugre. Tiempo después el hombre se entera de que la perra había quedado en embarazo meses atrás y que tuvo tres perritos, pero tuvo que comerse a dos de ellos para poder producir alimento a la cría que le quedaba.

Sabes que de alguna manera estas cosas tienen que ver conmigo, tienen que ver con haber amado alguna vez la vida. Sabes que tengo una terraza llena de todo tipo de plantas y que a todas siempre les he dedicado tiempo. Sabes que tengo un gato que me acompaña siempre, y que les he dado digno entierro a los que ya no están conmigo sembrándoles un árbol a cada uno. Sabes de sobra que hasta hace un tiempo la vida me importaba, pero tal vez lo que no sabes es que desde que te fuiste mi interés por cuidar todo lo que vive ha desaparecido. Hace varias semanas que no salgo de esta casa a contemplar nada, todo se ha llenado de maleza y de plagas. Dejé de prestarle atención a Feles, no lo baño, no le juego, no lo miro y cada que puedo lo saco a patadas de mi espacio. He cambiado los documentales sobre animales, ecosistemas y cultivos por videos de exámenes post mortem, mataderos y masacres. Ya no soy doliente de lo vivo, me he convertido en una necrofílica que lo único que le causa placer es el sufrimiento de otros. Ha salido a flote mi faceta más violenta, ya he destruído la mitad de mi casa. Me aborrece la comida, solo me satisface el sabor a hierro en la boca. Pasan días enteros sin tocar el agua, y no me importa cuando en el espejo veo el decaimiento de mi propia figura. Mi ropa está sucia, y el piso de mi habitación es un basural de humedad condensada. Del techo se filtran goteras que caen en una vieja botella de cerveza, y ha caído ya tanta agua en ella que he visto la formación de unas cuantas larvas. La actividad de los gallinazos han comenzado a parecerme interesante, al igual que las armas de fuego y todo objeto que tenga una punta. He deseado la muerte de muchas personas, incluyendo la de mis padres, la tuya, la del hombre con el que estás y la mía.

Ya ves que mucho tengo que ver con el hombre de la historia. Si algún día nos interesó la vida, ahora no queda más que podredumbre, afición absurda por lo muerto. Nos hemos perdido y hemos tocado fondo porque la mujer a la que amábamos, la que nos llenaba de ganas de despertar cada día, ya no está. Y verás, querida mía, que para dar cuenta de nuestra decadencia hemos tenido que acercarnos a límites que no sabíamos que existían, que para seguir vivos, tuvimos que cerrar los ojos cuando la muerte nos clavó la mirada. Aquel hombre tuvo que saber que su perra se comió a dos de sus crías cual dios Cronos para buscar a mi profesor, para tener a alguien quien pudiera ayudarle a cometer un asesinato psíquico y resignificar su amor. Yo he tenido que escribirte incontables cartas aun cuando dije que una de ellas sería la última, y sí, esta es otra, otra de esas tantas, porque como aquel hombre, necesito cometer un asesinato, el tuyo, y solo vos podés ayudarme a matarte, ¿cuánto más tengo que esperar? ¿cuántas cartas más tengo que escribir? ¿cuántas muertes más tengo que desear? ¿acaso debo casarme contigo, recorrer el mundo, instalarnos en una ciudad desconocida, esperar a que mueras por causas naturales, dejar que todo se marchite y buscar a alguien más para poder estar en paz contigo?

Publicado la semana 45. 08/11/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
45
Ranking
0 19 0