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Laura R

Ceguera

Ventanas cerradas, cortinas abiertas, no poder salir, no poder mirar. Alborotados estaban los condenados a la locura de los techos, correr encima de ellos para siempre.

¿A dónde he de mirar en un día donde mi ventana no muestra más que techos y andenes? ¿a dónde he de ir si al cruzar la puerta mi condena será inmediata?

Castigado contra mi propia voluntad de no mirar rostro alguno, desperté.

"¿Qué no querés ver?" y no supe responderle. Ver y no mirar, he ahí la clave. El significado anclado en aguas mucho más profundas que la laguna de mis ojos. 

¿Quiénes son los locos, por qué lo están y qué me impide ser igual? Le conté el sueño a la mujer que en aquel entonces habitaba mi vigilia y mi reposo, creyendo que en ella podría encontrar la respuesta, aquella que veía en mí agua correr chochando contra una piedra; pero solo hubo más preguntas. 

Cada noviembre las ánimas caminan por las calles, a los niños se les dice que no pueden asomarse por la ventana. Les dicen que no miren algo que no se puede ver, y que tal vez no exista. Aquello que yo quería mirar sí existe, quería saber pero no me atrevía.

Las ventanas, mis gafas, mi negligencia. Qué les importaba a los locos estar locos si estaban más cerca del cielo, sin ventanas limitantes del paisaje, sin miedo de caer.

La miopía de mi capacidad de amar.

Publicado la semana 4. 23/01/2020
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I
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