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Laura R

Palabras con equis

Medellín, 02 de mayo de 2020.

 

Escribí esta carta ayer desde las 10 de la noche hasta las casi 3 de la madrugada en mi memoria, y cuando desperté esta mañana, recordaba si acaso la mitad. En todo caso el propósito siguió intacto. Pensaba en que existe una palabra cuyo significado etimológico es volver a pasar por el corazón, muy cliché además. Hace un par de años un profesor de diseño arquitectónico nos dijo que no se sentía con el corazón, que era el hígado donde realmente ocurrían las emociones, pero volver a pasar por el hígado no es algo que alguien quiera escuchar o leer. Tampoco con el cerebro, porque lo único que allí se produce son hormonas, neurotransmisores, sinapsis y una que otra apoptosis con residuo neuronal incluído; demasiado crudo si lo que uno quiere es escribirle a quien se quiere, por quien se siente. Volví entonces al asunto del corazón, y le encontré sentido al pensar que el corazón es quien, sin moverse, sabe el recorrido de todo el cuerpo. Pensé que no era tan descabellado hablar del corazón y su fuerza de empujar cuatro, casi cinco litros de sangre, hasta que me di cuenta que la palabra que buscaba no era recordar, de prefijo re- 'volver' y base cor 'corazón'. Un hilo de asociaciones para darme cuenta que lo que en realidad quería decir era extrañar.

Me ocupo entonces de mi palabra en cuestión. Extrañar, extraño, de lo ajeno y lo exterior, extrajero, lo externo; lo que no soy yo, lo que está afuera y más allá; lo que no está, lo negado. Recuerdo, y no con el hígado, tampoco con el corazón, una de las 40 cartas del podcast ese donde dicen "ex, ex, ex, hay algo en el sonido de la equis tan filoso como un cuchillo, la equis es una cruz chiquita que también aparece en sexo, asfixia y auxilio". No me estoy asfixiando, tampoco pidiendo auxilio, mucho menos sexo. Lo que sí es cierto es que siento el tiempo aquí como una cruz, filosa y pesada. Llevo un mes y medio aquí, 47 días que han sido, sin embargo, como 47 segundos... colgada de los ovarios. Quise hacer la cuenta de cuántos días llevamos sin vernos, pero no recuerdo cuál fue el último día que nos vimos, tampoco qué fue lo que hicimos, ni dónde estuvimos. Ya no sé si lo que hago es extrañar queriendo recordar, o si empiezo a olvidar en nombre de lo que ahora parece extraño. Y en realidad lo que quisiera echar al olvido son los pensamientos intrusivos de los últimos días, la remota idea de la ley del hielo o la tercera ley de Newton, que no sirven de nada en el mundo de lo humano.

Pude haber escrito esto en papel bond base 30, sin renglones, tamaño carta o A4, a tinta mojada, plegar a tercios y mandarlo en sobre de manila por mensajería, pero me fue imperativo no dejar pasar más tiempo. A veces me parece que el tiempo es lo mismo que el oxígeno: cualquier cosa que esté expuesta a ello sufre consecuencias. No podía dejar que el proceso de oxidación —o del tiempo— tomara ventaja sobre mí. Más palabras con equis. Y en todo caso tampoco tengo una dirección.

A este punto ya lo único que soy capaz de recuperar de mi memoria es que estoy aquí sin la armadura de mis metáforas. Quisiera decir que soy un exoplaneta, que tiene delante de sí un cinturón de asteroides que me hacen eclipses todo el tiempo. Que soy un cuerpo sin extremidades, incapaz de saber en medio de la oscuridad si tengo los ojos cerrados o si estoy viendo a través de mis párpados; sin gravedad además, imposibilitada para referenciar un arriba o un abajo respecto al resto del espacio. Quisiera decir y desarrollar esas ideas, pero son: insuficientes. Mi armadura no es la misma de Joyce, la armadura de El artista, una armadura indestructible, ¿quién puede cuestionar lo que se puede llamar arte y lo que no, si en últimas será siempre subjetivo? No tengo ni de lejos una décima parte de la genialidad de Joyce, pero uso su mismo recurso para evitar enloquecerme: escribir.

En fin, todo esto para decir, como el robo de la moneda de 200 que resultó ser de 50, que lo que hago en el fondo es simple y llanamente extrañar. Y que en las noches hago un intento en vano por creer que también me extrañas, por recrear una fantasía donde cada una está en los brazos de la otra. Y lloro. Pero aun así mi principio de placer y de realidad me hacen creer que sí, que me extrañas tanto como yo, que mi recuerdo pasa con la fuerza del corazón por cada vena, cada arteria, cada capilar.

Seguiré en mis quehaceres. Te pienso, te quiero, te paso por el corazón.

 

Siempre tuya,

Publicado la semana 31. 02/08/2020
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