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Laura R

Pesadilla

Los sonidos de una mesa, el abuso de una patriarca, todo me enerva, nada me basta. Una onda de muy baja frecuencia desintegra el peso de la existencia que he cargado desde siempre, mientras me aplasta la fuerza del destino del polvo que veo caer inerte.

En una casa de mil habitaciones, todas con reloj de péndulo, me persigue la mujer amada con cuchillo en mano, lo clava en mi occipital, y despierto.

En un sendero fronterizo, acaso acariciado por la luz de la luna, me encuentro a la mujer amada con agujas, me las clava en las pupilas, y despierto.

En un solo cuarto, lleno de puertas que no llevan a ningún lado, en cada esquina al prender la luz hace presencia un ente maligno que no veo, me invade cual germen, me infecta, y despierto.

En una cocina, llena de dagas, la mujer amada me quiere rebanar las orejas, me perfora la piel, y despierto.

Despierto y veo a la mujer amada, ahí parada, sin hacerme nada, y sé que se arrepiente de ser la mujer amada porque soy yo quien justamente no puede amarla. He recibido de ella mil caricias, miles de consejos. Ha pasado su mano por mi piel sin importarle el ardor que siento. He dormido en su cama incontables días, aunque la comparta con otro. La he visto sufrir por un hombre, mientras mis palabras le son indiferentes. Ha visto desnuda mi carne y mi alma, y ha tratado de hacer lo mismo pero me niego a mirarla. La mujer amada no puede saber nunca del dolor que su amor no correspondido me invoca. No puedo amarla, y nunca me fijaré tal propósito, pues ha fallado desde el día en que nací.

Publicado la semana 19. 10/05/2020
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