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Laucha

Réquiem de las palabras

Réquiem de las palabras ¿A dónde van todas esas palabras que un día pronunciamos al aire? ¿Hacia dónde se dirigen todos nuestros vómitos lingüísticos que largamos, sin descanso, en nuestras vidas? Pareciera que el viento es el receptor predilecto de nuestras alegrías y de nuestros lamentos; algunos le llaman Dios, otros Buda, otros Naturaleza a esa compañía que transforman nuestros soliloquios en una conversación fluida, para no sentirnos tan solos. Pero, ¿El viento escucha? O, lo que es más importante, ¿Escuchamos las respuestas del viento? Sentenciamos muy laxamente que el aire tiene voz propia, sin embargo, siempre habla en silencio. Hay una majestuosidad en las palabras que pronuncia que se volvería un desperdicio no tomarlas, aunque solo sean indicios de sonidos que traducimos en pensamientos. Es como si el viento escondiera una sabiduría que nos es desconocida. Expresa mensajes que solo los oídos más atentos pueden recibir, pero, ¿Qué recibimos? ¿Qué es eso que oímos del silencio del viento? Tumba de nuestros lamentos y alegrías es el viento; nadie sabe qué dice, pero lo escuchamos de todas formas, como aquel borracho que encuentra embotada su lengua de tanto alcohol y solo balbucea palabras sin sentido. Pero, ¿Y si ese sin sentido recobrara vida en los que escuchan? Como si conectáramos señales para formar un mensaje concreto. Vivimos haciendo del viento el lugar de las despedidas que nunca serán escuchadas, de disculpas que jamás tendrán remitente, de oídos que nunca serán encauzados en venganzas o maldiciones. El viento se reviste, así, como un eterno réquiem, un ritual de despedida, de los mensaje que mueren en el aire rogando que lleguen a buen puerto. Pero, si es el aire el nicho por antonomasia de nuestras palabras pronunciadas sin receptor inmediato, ¿Qué es lo que aún tiene vida, que se encuentra latente, que nos trae el viento? Pues, si a las palabras se las lleva el viento, ¿Realmente podemos confiar en él como heraldo de nuestros mensajes? Porque pareciera que asesina el sentido con el que nosotros referimos a nuestras palabras, y les da un propio devolviéndolos a la vida. Es decir, lo que decimos no descansa eternamente en las leves caricias que el viento nos brinda; vuelven en forma de zombies aéreos silencioso que tartamudean, insinúan entre dientes, aforismos que no tienen un único significado, pero lo más interesante aquí es el motivo por el cual lo que decimos al aire nunca se pierde, siempre vuelve. El olor con el que nos inundan las narices es lo que nos permite discriminar tales mensajes como sin sentidos, o no. Puede parecer propio de un sueño referir al viento como la vasija de las cenizas de nuestras aves fénix que no concebimos a dónde van, a dónde emigran, pero, ¿Lo sabemos realmente? 

Publicado la semana 9. 29/02/2020
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Género
Poesía
Año
I
Semana
09
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