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Laucha

¿Será verdad?

Preguntar por qué es la verdad solo genera más preguntas que respuestas. Un sin fín de apelaciones a su favor no resuelven el enigma de qué implica que algo sea verdadero. Podríamos comprender este fenómeno por uno de los efectos contigentes que comúnmente le atribuimos: sorprender(nos). Paarece que cada vez que la sorpresa ha aparecido, ha sido para destartalar un estado ordenado de cosas que se aunaban en una concepción de un concepto. Las estructuras bajo este, que lo sostenían, se caen a pedazos, y los restos que no han sido completamente destruídos, pueden reciclarse, formando parte del nuevo producto en palabra. Pero, de todas maneras, no sabemos si es legítimo el volver a cristalizar una certeza de envergadura duradera, absoluta. Pues, si innumerables creaciones anteriores no dieron por satisfechas tales condiciones, ¿Qué nos hace pensar que lo harán en un futuro? Comprendida por donde se le quiera o pretenda comprender, partimos de una situación nada favorable para nosotros.

Las constantes pruebas y errores que hemos atestiguado con las verdades parecen persuadirnos que podemos estar mejor sitaudos en tanto a querer construir conocimiento si elegimos tener por verdadero algo, en vez de forzarlo a ser verdadero. Esta perspectiva de interpretación comprende que, sea lo sea que formemos como concepto, será provisional, experimental. No necesariamente debe ser verdad, pero mientras nos convenza de ello, podemos mantenerlo y tomarlo como si fuera cierto; al fin y al cabo, la multiplicidad de opiniones, ya sean propias o de otros, se perfilan en nuestras mentes a gusto del consumidor. Por ejemplificar, de Ptolomeo a Copernico, de Newton a Einstein, de Platón a Aristóteles, y en otros casos, se puede apreciar como los marcos teóricos de los primeros fueron cambiados por otros más estéticamente simples y convincentes, pero no por ello las estructuras conceptuales de los segundos gozan de infalibilidad. Todo lo contrario.

Sin embargo, mientras más nos acercamos a erigir una verdad, más nos alejamos de estar seguros de adecuarla con los hechos. Pues, si bien hay teorías en donde lo verdadero coherentemente se emite en función del parecer de una comunidad epistémica pertinente, partimos siempre del prejuicio de que pretendemos corresponder lo que pensamos con el estado efectivo de las cosas. Si veo una manzana roja, y pienso "Esa manzana es roja", por lo tanto se ha concretado la correspondencia. Pero, que podamos percibir a la luz del Sol el color del fruto, no quiere decir que sea propiedad o propio del mismo ser rojo. Hay una realidad oscura en todo esto, y es que el mundo que pensamos común al resto de los humanos puede ser una proyección nuestra, que nosotros seamos las hormigas obreras que cimentan lo que conocemos.

A todo esto, da la sensación de que por más intentemos dejar la noria de las palabras, la búsqueda de la verdad se vuelve circular, teniendo de epiciclo al ser humano. Solamente podemos conocer el mundo mediante conceptos, y esos son el resultado de la expresión de las funciones de nuestra composición fisiológico. Es decir, si hemos de definir algo, es puro antropomorfismo el que veamos rojo, inclusive que llamemos a la función que desempeñan nuestros ojos de ver. No muy seguido nos ponemos a pensar que nuestras palabras pudieron ser de otra manera, puesto que fueron nuestros antepasados quienes las bautizaron.

Pero volvamos a la consideración principal sobre los efectos que se perciben de la verdad.

Verdad y sorpresa, dos primordiales griegos que destruyen lo ya creado, dando paso a nuesvos nacimientos, nuevos comienzos y nuevos fines. Nace la muerte, y la vida vuelve lentamente en depresiva peregrinación a su tumba. Verdad y sorpresa, dos peligrosos amantes que dejarían perplejos a todos los Romeos y a todas las Julietas que atendieran solo con un vistazo a la tragedia que desatan. Los que nunca fumaron un cigarrillo tosen como locos, y los que nunca tomaron alcohol experimentan tremendas resacas. ¿No sería mejor no permitir nunca ese encuentro? ¿Será que somos tan morbosos que deseamos visceralmente ver lo que dejan a su paso? Sus movimientos al unísono con el Universo producen vértigo a cualquier objeto inamovible que se cruce en el camino de ambos. Tarde o temprano, la verdad sale rauda a darse a conocer, se envuelve de las mejores vestimentas y perfumes cuando quiere sorprender(nos). El olor a tormenta, el trepicor, es aplacado cuando el hedor que emanan baila al ritmo de danzas dionisíacas esperando a hacer contacto con alguna superficie y provocar bullicios voluptuosos, rechinar de dientes, valles de lágrimas, oasis de sangre.

El tiempo corre contra sí mismo por miedo a que la verdad, y no la muerte, lo alcance, porque incluso para él puede llegar a ser fatal encontrarsela de sorpresa . Desea volver sobre sus pisadas, pero el océano de la vida ya las ha borrado,  solo le resta sumergirse y hacerse uno con esas aguas y nadar hacia el Sol, a la espera de que la fortuna lo acompañe y se vuelva vapor. Su destino es evaporarse y precipitarse, pero nunca es él mismo. Incluso el tiempo es esclavo de la sorpresa que apadrina a las verdades, pues nunca sabe cuando se hará nube, ni tampoco lluvia. Sería mejor darle tiempo para que asimile la realidad que le ha tocado vivir, pero eso sucede tan rápido que arrastra nuestra consciencia a velocidad luz del presente, y no somos capaces de percibir cuanto ha pasado de la última vez que una verdad nos sorprenderá desolando todo a su paso.

Aunque, sea desde un punto de vista filosófico, o propiamente poético, la verdad es indefinible. Incluso quien me lee puede tomar por verdad lo que he escrito, o no. Pero, ¿Y usted? ¿Qué cree que es la verdad?

Publicado la semana 4. 20/01/2020
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