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Laucha

Nuestras necesidades estéticas

Cualquier cosa que pueda ser ubicada y dispuesta espacio - temporalmente puede llegar a tener un sentido estético, por más que la crítica difiera y diverja, de manera amplia. Pues, es en la diversidad entre opiniones de diferentes seres humanos donde encontramos una historia de nunca acabar sobre qué es lo estético. Es curioso observar cómo desde hace unos siglos atrás, hasta la actualidad, el arte, la poesía, la música, han devenido en formas más simples. Si contemplamos un lienzo de Da Vinci, o de Dalí, vemos que la pintura tiene una complejidad más evidente, las ideas detrás del cuadro se vuelven cuasi - difusas, teniendo en cuenta que el primero con respecto al segundo, y viceversa, tenga una lógica y un estilo diferente. En Leonardo se puede ver cómo los trazos, las pinceladas, por ejemplo, la Mona Lisa, La Gioconda, son definidas con una técnica propia de alguien que ha adiestrado sus manos para dibujar líneas con la exactitud propia de un arquitecto. En Salvador vemos que las estructuras surrealistas tienden a sorprender al espectador, relegando una apreciación y análisis del lienzo a pocas, o casi nulas, palabras. Aquí, los estímulos recibidos por la pintura abren un campo de constelaciones emocionales en nuestro cuerpo, produciéndonos una expresión de asombro. Y, mientras avanzamos en el tiempo sucede que empezamos a presenciar un fenómeno de las más abstracto. Pareciera que el artista es el único conocedor de los secretos detrás de su propia creación, o un crítico de arte, que siendo poseído por una inspiración embriagante y una locura subyacente y ezquizofrénicamente susurrante le dicten una manera de penetrar en la mente del creador

El hecho de que esto tenga relevancia en la actualidad habla de cómo nuestras necesidades estéticas han cambiado, han sido modificadas, teniendo nuevas prioridades que deben ser alimentadas. Por tanto debemos diagnosticar algún síntoma que nos sirva de guía para comprender qué sucede con la estética, en sentido amplio.

Puede que por parte de muchos, lo que refiere a poesía, arte, música, sea mal interpretado, y por ello se deban sus pobrísimas producciones, como también así se explique el por qué hay tanto crítico suelto que solo balbucea palabras que ni siquiera un humano sería capaz de aprender en su vida, cuando intenta describir qué le produce lo que ve. Pero también puede que, como decía, los cánones estéticos hayan devenido. Podría concebirse que han decantado en más simples y en más espontáneos. Cabría hacernos una idea de ello debido a que la sociedad a mutado, permitiendo que todo cuerpo sa capaz de expresarse, a tal punto que se ha convertido en una necesidad universal. En un análisis ontológico, daría la sensación que la razón de todo objeto apreciable tiene una justificación estética.

Algo tan simple como una comida, como un plato, o como una silla, tienen cierta esteticidad que los hacen apetecibles a nuestros sentidos. No basta con que, por ejemplo, una pizza esté bien cocinada y tenga componentes super - deliciosos, también debe verse bien. No solo eso. El útil en donde colocamos nuestros alimentos, y el objeto en el cual nos sentamos también debe tener un finísimo acabado, haciendo que sea bello a nuestra percepción, lo cual los haría equiparables a obras de arte. No es suficiente con que estén bien contruidos o constituidos, necesitamos que posean una estética aceptable o gustosa.

Sin embargo, tal parece que mientras más simples se vuelven nuestras expresiones, más complejas se convierten nuestras necesidades, lo cual puede ser comprendido porque el mundo que nos proyectamos lo hemos vuelto tan abigarrado que queremos simplicar la manera en que lo expresamos para comunicarlo. El refinamiento de nuestras percepciones en función de nuestra composición fisiológica hace que todo deba sea simplificado. Lo cual explicaría el hecho de que no nos basta con solo querer comer, sino también preferir el recipiente donde volcarlo para alimentarnos, y el lugar para hacerlo. Actualmente, utilizamos aplicaciones por teléfono celular para pedir un delibery, suprimiendo el tiempo que requerimos para comprar los productos que servirían para cocinarnos. Inclusive cuando queremos emitir una opinión a la comunidad del mundo, utilizamos las redes sociales, donde diferentes usuarios, conocidos o no, discutirán nuestra postura con nosotros, asentirán, o simplemente verán lo que tenemos para decir. Los debates se han simplificado.

Todo esto nos puede ser común con solo pensarlo, pero jamás nos ponemos a hurgar en ese ámbito, lleno de telas de arañas, un lugar donde pocos se atreven a entrar; una fábrica abandonada que, casualmente, sigue funcionando. Y digo abandonada no perdiendo de vista el hecho de que las expresiones comunes que utilizamos diariamente sean de nuestro agrado cotidiano. Me refiero a que muy pocas veces realicemos una catarsis de las palabras que empleamos, a manera de genealogía, para comprender cómo ponemos en práctica nuestro lenguaje. Y es importante emprender este ejercicio, dado que aún mantenemos un prejuicio que pasa desapercibido a nuestros sentidos. Pensamos que las palabras o conceptos se corresponden con las propiedades que proyectamos en las cosas. Intuimos ciertas anomalías fuera de nosotros en forma de fenómenos y los categorizamos para que nos sean inteligibles y nos permitan conocer el mundo, que, oportunamente, nosotros mismos construimos.

Llegados a este punto, podríamos convenir que todo el constructo detrás de las necesidades que se distinguen de las básicas en el ser humano son nuevos inventos que percibimos al principio como modas aún no asimiladas, y luego, cuando es muy tarde, nos vemos envueltos en nuestras propias formas de metaforizar, interpretar nuestra realidad. Es como si Pinoccio hubiera encontrado el remedio justo para contrarrestar el crecimiento de su naríz al mentir: Si se cree sus propias mentiras, el lente de su ojo moral se encontrará viendo verdades, y así jamás creerá decir una mentira. 

¿Qué quedaría de estético en todo esto? Mucho, sin duda. La realidad que construimos es, también, una obra de arte, siendo nosotros un simple pigmento de color que conforma el cuadro, que se va desgastando con el paso del tiempo, hasta pasar a ser un opaco sin - sentido que solo expertos pueden interpretar. Lo que a nuestro apetito estético compete es que cada una de nuestras expresiones modulen de manera gradual, ascendentemente, en vista de irse refinando cada vez más para apetecer algo mejor, simple. Paulatinamente la manera en que nos comunicamos evoluciona, dejando ciertos aspectos intactos, y otros quedan atrás, en el olvido, detrás de lo común.

Por otro lado, podemos ubicar la historia del arte en un tiempo sin tiempo. La constante creación artística no tendría un correlato espacio - temporal en un pasado que se identifica con un estilo determinado. Cada creación tiene una frescura interna particular, un estilo único que vuelca repetidas veces un velo ante nosotros, y continuamente se levanta ante nuestros sentido, haciéndonos creer que el tiempo se reinicia con cada material que el artista utiliza para componer sus obras. Él o ella crea hasta sus propias precursores. Cada cual concibe una genealogía, una arqueología diferente a la que pocas veces mantenemos congelada. Hay un principio que no se ancla en los avatares del pasado que construyen una tradición, en cambia sale a flote una embarcación sobre las aguas de la vida, sin rumbo aparente. Embarcación tal que inclusive no se la percibe con los mismos materiales a cada oportunidad que volteamos a verla.

Cada quien recomienza la historia del arte con la propuesta inovadora que el artista genera en forma de nueva ontología, una nueva manera de ver la realidad, una cosmovisión del comportamiento del Universo desde nuestros ojos. Una nueva interpretación del mundo se perfila delante de nosotros. 

Reflexionado esto, nuestras necesidades estéticas resultarían como impulsos creativos que nos permiten construir y destruir el tiempo en el que realizamos nuestras obras, produciendo un espacio maleable en donde se ven dislocadas las direcciones que cabrían considerar como puntos de control que nos permitirían contemplar el viraje de lo estético en el mundo que compartimos. Lo cual no quiere decir que el diagnóstico de que mientras más complejo nuestra realidad, más simple nuestra manera de referirlo, pierda legitimidad frente a estas consideraciones. 

Publicado la semana 2. 08/01/2020
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