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Laucha

Un lugar al que no debería entrar (otra vez)

Hablar de mis propios sentimientos es para mí recorrer un museo trágico en donde la única obra de arte digna de crítica soy yo retorciéndome en el suelo por los fantasmas que se arrinconan detrás de cada recuerdo. Me asaltan con intenciones de raptarme hacia las profundidades de mi mente y hacerme prisionero de las tortuosas reminiscencias que se pasean a lo largo del cuerpo como espíritus en pena; aún no logran sacarme suficiente sangre y agua. Soy el redentor que debe inmolarse a los ojos de tan perversa audiencia para que luego hagan una religión de mis pieles muertas que se pudren en el suelo. El tiempo no es un medicamento recomendado para curar mis heridas, ni siquiera la falta de él. Siento constantemente el pie de un gigante aplastándome la espalda; no me dejará volar, pero puede reptar hacia donde quiero ir. Una serpiente sale de mi boca queriendo tentar a muchas Evas de que no tomen ninguna manzana como alimento, aunque al fin y al cabo se alejen por el venenoso aliento que desprende mi dentadura; desconfían y piensan que puedo morderlas. Muchos quieren trepar hasta la copa de los árboles y ver el reino que se les ha prometido, cuando, en realidad la única copa que podrán tomar es una bien cargada de vino. Si el vidrio cambiara por un segundo zapatos con la madera, se sentiría más amada que siendo masacrada para convertirla, entre otras cosas, en papel. ¡Qué hermoso sería el mundo con más habladores y menos escritores! Los jardines de Epicuro estaba lleno de conversadores libidinosos que eran muy queridos por la flora porque no sabían escribir con pluma, pero sí con el corazón. Y ni hablar de esos vegetarianos que niegan su monstruosidad omnívora que se ve castrada por la repulsión estética que causa ver, no presenciando, la muerte del ganado. ¿Alguien se compadecerá de las innumerables muertes que el matadero de la sociedad se cobra de los mansos humanos? Me concedo compasión hacia sí mismo por el dolor de las palabras que pasan por mi cabeza como hojas de acero, pero esa es la única manera en que se afilan para salir disparadas como atrapantes y pegajosos poemas. Siempre habrán zombies sedientos de sangre que prefieren cojear hasta conseguirla a tener que morder sus brazos; y creemos que los más ociosos son los filósofos. Ahora me paro y me alejo del foco de atención, las apariciones se han desvanecido, parece que finalmente podré dormir. Esperen, siento frío en mis manos y pies, me cubriré con una cobija más abrigada. ¿Y si estas telas también pueden abrigar mis emociones? Aquí vamos de nuevo… Al centro del escenario, el holocausto de mi sensibilidad se hace realidad, otra vez.

Publicado la semana 19. 04/05/2020
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Género
Poesía
Año
I
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