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Laucha

Interpretaciones varias

La poesía podría toda gracia si se la describiera como una forma creativa de percibir la alteridad externa a nuestros cuerpos. Lo mismo con la filosofía si se la redujera a dialécticas frondosas en flores pero carentes de tallos fuertes. Sucedería igual con la ciencia; promete certidumbre a los inseguros que la crearon. Ontológicamente, interpretar lo que presenciamos se condensa en metáforas, transfiguramos el mundo en simples segmentos mentales. Por lo que conferir mucha originalidad, o más aun, credibilidad a una disciplina que investiga y experimenta la realidad solo nos posiciona en suelos de nubes.

Tales de Mileto, según un relato, cayó en un pozo por haber estado observando muy atentamente los astros  las estrellas. El humor del payaso griego que ingenió tal cuento se iguala al de un perro sin cola, aunque, por otro lado, vulnerabiliza la imagen de sabio de uno de los más importantes filósofos presocráticos. Concentrarnos en una sola cosa nos vuelve ciegos a todas las demás, pero esa en particular nos ha robado la atención de manera egoísta con respecto a sus hermanas. Percibimos el origen y el fin de todo en una parcelo reducida del mundo que es conmensurable a la vara con la que medimos la realidad, es decir, nuestro cuerpo. Pero lo más importante aquí es resaltar el asombro que envuelve el corazón del filósofo, y que desea convertirlo en un sentimiento que se sostenga en el tiempo. Su gusto refinado por los principios que racionalizan la ontología de la naturaleza a nuestros ojos es generado por el constante placer que le produce la grata sorpresa de lo común.  
Estamos acostumbrados a ver las estrellas en el cielo nocturno, a observar cómo nace y cómo perecen las cosas. Pero el filósofo duda de lo que ve, sospecha de que la verdad de todo yace detrás de un velo que no cualquiera puede remover. Aquel que está espiritualmente bien dispuesto piensa que tiene derecho a quitar esa tela que nubla la vista curiosa del humano. Sin embargo, es extraño lo que hace cuando cree tener en su poder la respuesta a los asuntos que lo desvelan: los explica. Se siente con la necesidad de compartir lo que ha hallado. ¿Lo hace para beneficio de la humanidad, o porque quiere ser reconocido por ella, por ser él, o ella, el que ha develado esos enigmas? Aunque al principio sea una sensación gratificante la de conocer, luego se convierte en una maldición que nos persigue hasta dormidos, siempre y cuando no se sepa cómo aniquilar el saber que hemos conseguido. Hágase la idea que está en presencia de un bife de ternera que quiere disfrutar, pero de a poco; tarde o temprano las moscas vendrán a invadir su tranquilo ágape, y su alimento ya será incomestible.

 
La palabra “cambiar” solo les fue mansa y dulce a muy pocos filósofos. Solo aquellos que veían que la fenomenología de la naturaleza como una melodía que podían escuchar con gusto, y no como una bestia indomable que debían rectificar, lograron la amistad del devenir. Pero en un momento el ser humano supuso a la realidad como una cosa que podemos conocer únicamente mediante el lenguaje, y que lo menos que podemos hacer es investigarla allí.

 
La lingüística, a finales del siglo XIX, y a comienzos del XX, se convirtió en lo que alguna vez fue América a ojos de sus usurpadores, tierra virgen en la que aún el pensamiento pesado y servil de la salvación no había llegado. Así, lo que alguna vez fue un “pasado futuro” en el cual muchos depositaron sus esperanzas, hoy se decantó en un “futuro pasado”. El humano dejó de pensar libremente, y empezó a interpretar. ¿De qué calamidad nos habremos salvado? ¿Y si fuera tarea del filósofo del siglo XXI escribir lo que se resiste a ser escrito? 
Piensan que los destellos fulgurantes que desfilan frente a sus ojos deben ser plasmados sobre el papel de sus abigarradas anotaciones y que es imposible que no formen parte del patrimonio intelectual de la humanidad. Creen que engañan a la realidad, poniéndole cebos para cazarla y aprehenderla. Pero, en realidad, los engañados resultan ser ellos. Nunca podrán enseñorearse y dominar el material maleable  del que se embarran sus zapatos. Si Giorgio Collie está en lo cierto, el encuentro del humano con la sabiduría fue fortuito, para nada causal, sino casual. Así parecería que la filosofía ha sido el accidente más grande que ha sufrido la tierra, después de su, hasta el día de hoy, inexplicable génesis. Entonces, en efecto, el pensamiento sí es un veneno que terminará aniquilándonos, o, a fin de cuentas, haciéndonos mutar en creaturas frustradas y depresivas. Es inevitable en este punto recordar el relato platónico donde Sócrates, aceptando la suerte que él mismo se destinó, tomó la cicuta y dejó este tumultuoso mundo ante los ojos de sus discípulos. Y no nos olvidemos del Nazareno, que también tuvo un final igual de espectacular y trágico; que a ambos se los recuerde después de tanto tiempo se debe a que sus muertes causaron un estruendo mayor al de las trompetas que sonaban en la boca de los ángeles apocalípticos que vaticinó Juan.

 
Es curioso el doble sentido con el que se utiliza la palabra griega <phármakon>: significa remedio y veneno a la vez. Destrucción  creación, vida y muerte encerradas en una misma jaula. A luz de este supuesto, podríamos tomar el evangelio de aquellas enormes figuras de forma ambigua, pero si somos críticos con nuestro interpretar, seguramente llegaremos al hecho de que quisieron derrotar la inexorable corrupción devoradora que trae consigo el tiempo con un estilo de vida de lo más pelicular. Con la filosofía, la existencia pasa a ser el acero que se derrite en el crisol de nuestros deseos, que luego será utilizado para fabricar fuertes vigas en las cuales apoyarnos. Nos presta las herramientas necesarias para afrontar el hastío y el sufrimiento que trae consigo el paseo que realizan nuestros cuerpos por el Edén que hemos confeccionado con todo, menos ángeles. 
 

Publicado la semana 18. 30/04/2020
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