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Laucha

La oscuridad como hábitat del enigma

¿Por qué nos ha inspirado el temor a la oscuridad? ¿Para inculcar un mecanismo de defensa en nosotros, quizás? ¿O, simplemente, se nos generó ese miedo para ponernos, de niños, a dormir? El cuco, el viejo de la bolsa, el diablo; representaciones que los padres crearon para que los hijos no hicieran ruido a la hora de la siesta, o de noche, al momento de dormir. Pero, en ningún momento se contempla a la oscuridad como cosa que infunde miedo, sino como hábitat de los más profundos terrores de la humanidad. O, con otras palabras, se la designa como el hogar de los temores que el mismo humano ha creado. ¿Qué nos provoca miedo del coco, o cuco? Que de noche, si no nos dormíamos, nos comería. Hubieron noches de mi infancia en las cuales no podía dormirme, pero el cuco nunca vino a llevarse un pedazo de mi, como alimento; se robó mis ganas de dormir por la noche. Y no era porque tenía curiosidad por ver cómo sería, o qué forma tendría; nadie podría conciliar el sueño si supiera que debajo de su cama vive semejante bestia que se alimenta de nuestros sueños. ¿Qué nos da miedo del “viejo de la bolsa”? Si no nos dormíamos por la siesta, y si hacíamos mucho ruido, él vendría y nos llevaría, para siempre… Me sorprende cuán laxos pueden ser los padres como para no importarles dejarnos ir con ese viejo, si hacíamos ruido. Me atrevería a decir que, en vez de enseñarnos con amor, nos adoctrinaban con miedo. En verdad, tampoco podía conciliar el sueño con ese señor merodeando las calles de mi barrio. Ahora me pregunto, ¿Cuán grande habrá sido la bolsa que se cargaba al hombro para llevar semejante cantidad de revoltosos niños y niñas? Si es que alguna vez se llevó alguno; si es que alguna vez existió tal bolsa, o si existió tal viejo. ¿Qué nos inspira miedo del diablo? Si no nos comportábamos bien, o si no hacíamos lo que los diez mandamientos de Dios mandaban, él, el Mal por excelencia, cuando muriéramos nos haría sufrir eternamente en el infierno. Siguiendo este correlato de historia para niños para adiestrar al infante a comportarse como se debe no me sorprendería que Moisés, en vez de legar leyes divinas que un Dios nos impuso para adorarle y temerle, nos haya transmitido un cuento terrorífico que los padres contaban a los niños latosos que no se iban a dormir. En vista de que nadie obedecería el decálogo del Señor si se sabía que era un mero cuento, hizo falta que el Patriarca Moisés tergiverse un poco el relato, y convenciera a los hebreos de que era más que una simple leyenda; la fe convirtió en cierto un mito por miedo a que fuese verdad. Si no se respetaba lo que Dios mandaba, el diablo se encargaría de hacernos pagar por nuestros pecados; no creo que alguien en sus cabales acepte horas de sueño perdidas como forma de pago. Esto último tiene olor a usurero frustrado que solo puede llevar a cabo sus planes mediante el estímulo del imaginario común del pueblo para recibir remuneración de algún tipo. Creo que hubiera sido mejor que nuestros padres nos hubieran enseñado a dormir, antes que inventar un cuento de terror para inducirnos el sueño, y así hacernos comportar moral y éticamente bien. Mientras muchos piensan que la vida podría ser un sueño, otros le temen a la idea de dormir sin antes haber actuado como buen samaritano. Si el lector ha sido atento, se percatará que la oscuridad se ha vuelto como una nostalgia de neblina a nuestros ojos; no nos aterroriza su color, nos congela de miedo las crea-turas que podrían vivir allí. Pero, no hay en ese lugar más que preguntas, enigmas. Lo oscuro ha sido rechazado por temor, prefiriendo la paz y tranquilidad que contagia la claridad de la luz. Pero inclusive no escatimamos en dudar de lo que vemos a plena luz del día; nos contentamos con las apariencias de cosas que ni siquiera las tenemos por ciertas, como si fuera la claridad el único ámbito apto para preguntarnos sobre el por qué y el cómo de la realidad.

En la oscuridad, no hay sentido que valga para percibir lo que hay, a excepción del pensamiento, el
tacto, el olfato, el oído, y el gusto. Aquí, la vista es despreciada por su falta de gusto estético de las
sombras que se dibujan al compás de la melodía del tiempo. Lo oscuro del enigma se aprecia mejor
cuando dejamos que los ojos duerman sin temor a ninguna bestia escalofriante, y permitimos a los
demás sentidos prestarnos auxilio en darle sentido a lo que pretendemos descubrir. 
No hay nada que temer de la oscuridad; los únicos monstruos que allí habitan tienen la forma de
preguntas que la humanidad aún no contesta o resuelve, por temor a aquella. Cada quien, por su
parte, sabrá qué temores le aguardan debajo de la cama, pero sería regio preguntarnos en tales
circunstancias: ¿Por qué se no ha inspirado el temor a la oscuridad? ¿Por miedo a iluminar sin luz?
¿O simplemente por el terror que causa el saber?

Publicado la semana 13. 27/03/2020
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