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Laucha

La historia la escriben los perdedores

Se dice que las victorias son dignas de ser recordadas; cuántas veces habremos visto en películas, o en libros de ficción, que los ganadores buscaban inmortalizarse con sus acciones para que se los recuerde por siempre. Pero, si bien es un sueño hermoso, no es más que eso. No sé cuál será la condición del ser humano para verse relegado a rememorar con tanta vehemencia lo que ha perdido. No nos detenemos, por lo general, a apreciar lo que tenemos a nuestra disposición. Por el contrario, es lo que falta nuestra musa inspiradora de emociones de tristeza. Muchas veces se nos dice que esta vida es digna de ser vivida, poniéndonos al servicio de nuestra felicidad. ¿Qué forma tiene ese sentimiento para que sea tan preciado para nosotros? Puede que lo percibamos como un tesoro inalcanzable, algo que nunca podremos apresar con nuestras manos. Queremos detener el tiempo, congelarlo junto con nosotros, para vivir, curiosamente, en un recuerdo donde fuimos realmente felices. Es como si agarraramos un puñado de arena, y lo apretaramos con fuerza para que no se escape. Pero, el viento y la estructura fina de la arena, junto con el tamaño de nuestras manos, lo vuelven una tarea difícil. A lo sumo unos granos quedan en nuestras palmas, y lo que vemos no es más que suciedad que queremos lavar cuanto antes de ellas. Sin embargo, lo más interesante es que constantemente recordamos el momento previo a asear nuestras manos. Levemente, vemos como con tal acto representamos el querer olvidar algo que nos molesta, pero que al mismo tiempo es importante de ser recordado.

Puede que sea el hecho de que nuestra atención se encuentra en otro lugar, siendo prioridad nuestros sueños. Y es irónico como muchos hablan de sus tan añoradas actitudes filosofías con la vida, donde muchos piensan que la realidad misma es un sueño, y otros aceptan laxamente perseguir sus sueños, que hace las veces de soñar despierto. ¿Qué queda de filosófico en todo eso? ¿El haber reflexionado sobre ello, o tener una concepción acabada, lograda, para resolver tal dicotomía?

Ahora bien, no es muy claro todavía el hecho que hayamos generado una “memoria”. Podemos convenir que los humanos la generamos en el momento que comenzamos a realizar promesas. Pues, debíamos recordar qué se nos estaba prometiendo, quién lo hacía, y cuál sería el lapso de tiempo en el que debía cumplirse. De igual manera, quien prometía debía recordar qué estaba prometiendo. Pero, ¿Alguien se acuerda de cuántas promesas cumplieron, y cuántas les hicieron y se volvieron realidad? Lo que salta a los ojos es que cuando alguien no es consecuente con su palabra, lo recordamos más que aquello que nos aseguró que haría. Y ese traidor recordará más el hecho de que perdió la confianza de esa persona, que eso que prometió hacer. Puede que sea trivial el ejemplo que daré, pero nos acerca por mucho a considerar que, si bien tendemos a recordar lo que nos falta, lo que perdimos es tan importante a tener en cuenta que memorizamos todo lo que nos hizo sufrir. ¿Por qué recordamos tan precisamente las tablas de multiplicar?

Dicho esto, ¿Qué sucede con lo que comúnmente llamamos historia? En el caso de rememorar el día de la independencia, de la bandera, de “Las Malvinas”,

¿Viene primero a nuestra memoria lo que ganamos, o más bien lo que perdimos? Y cuando hacemos honor del recuerdo de ciertas personalidades, como San Martín, Manuel Belgrano, Sarmiento, Manuel de Rosas, Favaloro, Néstor Kichner,

¿Qué recordamos de ellos? Que no quepa duda de que cuando hacemos memoria de sus vidas y obras, de repente todo lo doloroso aflora en nuestras pieles, antes que todo aquello que nos haría felices con respecto a lo que recordamos de ellos. Es lamentable que de Néstor se nos venga tan pronto a la mente el día de su muerte, en 2010, el día del censo demográfico nacional. Es penoso, pero parece que es nuestra condición humana la que nos condena a ello. Acto siguiente, ya tenemos emoción suficiente para hablar con valor de aquello que lo hizo digno en su paso por la existencia.

Pero, ¿Por qué llamaríamos perdedores a los que escriben la historia? Bueno, ¿Qué ganaron los que lo hacen? ¿Autoridad, notoriedad, reconocimiento? Es propio del perdedor recopilar todos los sucesos previos a un momento traumático y doloroso en concreto. Cuando leemos qué pasó en la Segunda Guerra Mundial, vemos el contexto previo a que sucediera, para comprender de qué se trató, y así interpretamos sus consecuencias hasta nuestros días. Pero, pareciera que se hace con nostalgia. Se nos repite como un mantra el dicho: La historia la escriben los vencedores. Sin embargo, con respecto al suceso citado, en la guerra misma es el perdedor el que sobrevive y quien recordará lo que pasó con lujo de detalles, no el ganador. La vida está repleta de sufrimiento de tal forma que quien gana es el que deja de padecerlo a manos de otros. Es decir, se les dio una rápida salida, una rápida salida hacia su descanso eterno en paz. Pero, el que tenía el poder de decidir sobre su vida, no pensó que probablemente mantenerlo vivo y resolver sus conflictos por otras vías sería más provechoso, por el hecho que se evitarían tantos problemas acompañados de dolor, resolviendo los que realmente importan. Igual de perdedor es el que comandó a la guerra a sus hombres, teniendo otros modos de resolver esos rompe cabezas. Pero, ¿Qué sucede cuando no queda otra posibilidad más que recurrir a las armas? Bueno, el que muere primero, ganará de seguro, pues quien queda vivo deberá llevar en su memoria la imagen del otro pereciendo, y cargará, junto a eso, el sufrimiento inalienable de nuestra condición de humanos por el simple hecho de vivir en este mundo.

¿Por qué nos acordamos con orgullo los que dejaron la vida por nosotros en conflictos que ellos mismos no provocaron? ¿Somos conscientes que la cadena del dolor es simplemente eso, una cadena, compuesta por hierros en forma de trenza, que una pinza lo suficientemente fuerte puede cortarla? ¿Podemos dimensionar lo estúpidos que somos por hacer el esfuerzo de recordar a los caídos en Malvinas con felicidad, pensando que hacemos honor a sus memorias? No solo recordamos porque sufrimos, sino que también nos da placer martirizarnos con ello. Puede que también recordemos por el anhelo de que podría caber la posibilidad de volver en el tiempo y resolver las cosas de otra forma. Pero, ya es un hecho que sucedieron, y eso es más doloroso aún. Nos vemos impotentes por no poder modificar el derrotero de la historia, tal cual la conocemos. Imaginemos que es posible. ¿Todo quedará igual si cambiamos algo? ¿Nosotros existiríamos? De ser así, ¿Seguirían existiendo nuestros seres queridos?

Es evidente que habrá un precio a pagar, una libra de carne que deberemos dejar, si decidimos cambiar algo, o, así mismo, si aceptamos lo sucedido y seguir con nuestras vidas. Curiosamente, junto con nuestras memorias, nuestra imaginación articula sus estructuras, dándoles formas diferentes. Así, seguir el curso de nuestras vidas concibiendo el pasado de otra manera nos da la posibilidad de reconciliarnos con nuestros viejos cuervos o fantasmas, pero no evita que sigamos sufriendo. De esta manera, los viajes en el tiempo hacia el pasado tomarían simplemente la forma de un proceso cerebral, sin necesidad de que la ciencia interfiera. Pues, por un camino, por el otro, no podemos escapar de nuestra condición humana.

Vistas así las cosas, podríamos decir que los vivos somos todos perdedores. Por ello se hace gala de un Cristo vencedor de la muerte, para tornar las cosas de que con esperanzas vivir felizmente en un más allá. Así, todos ganaríamos: Comportándonos bien todos triunfaríamos. Pero, ¿Qué sucede si nos suicidamos? A Dios no le gusta que sus hijos sean tramposos y quieran escapar del dolor que el mismo creó para nosotros, por eso nos condenaría en el Infierno. Entonces, ¿En qué quedamos? ¿Gano si muero, pero no puedo matarme? Claro, pues la redención vive siempre por la mano de otro, llámesele como se le llame. Sacando ese planteo de lado, ¿En qué posición quedaría el suicida?

Es un hecho que a cada momento damos un paso hacia lo inevitable, nuestra muerte. Nos suicidamos con un montón de cosas que no necesariamente nos reducen a quitarnos la vida para siempre. Somos perdedores desde el momento en  que  nuestra  existencia  se  posó  en  el  vientre  de  nuestra  madre.  Pero, ¿Entonces deberíamos quedarnos quietos a esperar a que la vida pase delante de nuestros ojos? No lo creo. Dentro de la tragedia, como decía, hay cierto gozo que no podemos desperdiciar experimentar. Todo momento es valioso, dependiendo como se lo vea. Hay cierto orgullo en vivir que no deja de lado el hecho de nuestro constante sufrir. Es obvio que después de la tormenta sale el Sol, pero nuestra humanidad está relegada a vivir en una tormenta eterna. Por ello, es propio del perdedor aprender a sobrevivir entre tantos truenos y lágrimas de nubes. Vivir, lo hace cualquiera, lo que vale es saber cómo vivir.

Publicado la semana 1. 01/01/2020
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