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Just-a-tornado

Psicoanalisis Madame Miriam

El sendero delante mío se marea entre el cielo de musgo y las setas esparcidas. Son como las migas de Hansel y Gretel y me pregunto si seguir la dirección que indican me llevará a mi anhelado cuento de hadas o directa a la panza de la bruja.

Ser una bruja no es otra cosa que ser fea e inteligente cuando una cara bonita es lo único que la gente quiere de ti. Por lo tanto, bruja se nace pero no se hace y a pesar de ello hay miles de libros para aprender hechizos. En cada Halloween menos de un tercio de niñas se disfrazan de brujas y las verrugas se encarecen en los chinos mientras los vestidos de princesa se desgarran entre las manos que luchan en las rebajas. 

En el bosque todo parece tranquilo pero silencioso como un gas venenoso se filtra a mi lado un pequeño zorro que se limita a seguirme. No va lo suficientemente cerca como para que pueda tocarlo pero mantiene mi velocidad para que siempre esté a punto de rozarme los talones. Siento su aliento y presencia a la vez como si fuera algo más que un animalito salvaje que mi inerperada presencia ha conseguido domesticar. ¿Es él mi amigo o es mi escolta que se asegure de que llego a la guarida del jefe? Los zorros tienen esa forma de mirar que heredaron de los gatos que te hace pensar que saben algo que tú no sabes y que es precisamente en esa ignorancia en la que radica su superioridad.

El bosque profundo me empieza a dar un abrazo que parece reconfortante al principio, luego incómodo y finalmente se convierte en una serpiente que necesita romper un par de mis huesos para que le quepa por la boca. Pero el bosque no tiene demasiada hambre y justo cuando ya iba a darme la vuelta jurando que la salida tendría que estar hacia el otro sentido, un claro se abrió entre mis pies.

Di gracias a Descartes en voz alta mientras el zorro parecía negar con la cabeza, los animales inteligentes no confían en la filosofía. Dentro de esa clava de pelo verde infiltró sus raíces una casa con las paredes acolchadas como las de las habitaciones de los manicomios. Si está acolchada hacia fuera quiere decir que está protegiendo al resto del mundo para que no se haga daño golpeándose con sus paredes.

¿Como de peligrosa tiene que ser una casa para que todo el resto del mundo explorado y sin explorar corra peligro en su presencia?

Como yo no formo parte del mundo en sí, avanzo a través del hueco donde debería haber una puerta. Como ya no la hay supongo que lo espeluznante de dentro habrá escapado ya o quizás fue así como entró.

Mi zorro, si así puedo llamarlo dada su tendencia a la independencia, se queda fuera del umbral y esta vez asiente, como si hubiera cumplido ya su cometido. Dentro no hay otra cosa que una mesa grande infestada de un juego de Monopoly a medias sin sus jugadores. La mayoría está en números rojos mientras una persona acumula billetes suficientes como para empapelar la propia casa.

Sonrío, a lo mejor el interior de esta indomable casa no es tan diferente al resto del mundo que yo conozco.

Dentro de la casa sí que una puerta y algo me dice que de intentar ir por otro lado quizás el zorro no sería tan amistoso, y con amistoso me refiero a indiferente. Justo delante de la puerta hay una taza rota. ¿Quién huyó de forma tan apurada que olvidó hidratarse? Fue la Bestia que lanzó al hijo de su empleada, la taza, al suelo en un ataque de furia porque su amor no llegaba o el sombrerero al ver que se le había pasado la hora del té por mirar demasiado el Instagram. Realmente la respuesta no me importa solo me incomoda y una gota de hielo me resbala por las vértebras cuando cojo la manivela. 

Al otro lado no hay otra cosa que el mar, el único acontecimiento predecible de toda esta aventura. Con una sonrisa me elevo entre las olas mientras persigo el eje de abscisas como el mismísimo rey de las judías y las narices gigantes. Hago un cículo con mi compás para volver al principio.

¿A que eso no te lo esperabas?

Publicado la semana 9. 24/02/2020
Etiquetas
Poltergeist , En el bar
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