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Just-a-tornado

Feliz Navidad a todos menos a Dios

Mis uñas están pintadas de rojo sangre, color navideño pero ahora un presagio, cual monstruo dentro del armario que espera la oscuridad para atacar. Porque es la noche de Navidad y el bombón que he cogido de la mesa de los pequeños se ríe de mí desde el bolsillo, él ya sabe lo que va a pasar.

Mientras le ayudan a llegar a la ambulancia con una silla de ruedas, una parte de mi cabeza piensa: "Un entierro no está en mis plan de estudio, no tengo tiempo para esto".

He resuelto el cubo de Rubik 3 veces mientras se queja de que nadie la puede ver en pijama. Como si una tensión de altura de vértigo no fuera más peligrosa de presenciar. Mis dedos necesitan algo que hacer mientras mis pensamientos oscuros corren despavoridos en una carrera a velocidad de la luz en dirección a la necrosis. La solución correcta a su enfermedad no es tan fácil como alinear todos los cuadraditos del mismo color, no hay ningún algoritmo para convencer a su corazón de seguir latiendo.

Llevábamos unos días riendo como si no existieran los doce jinetes del apocalipsis. Bailabamos flamenco, yo le llamaba cada día a las doce justo antes de que empezara la misa para poder introducir un buenos días entre su desayuno y su primer amén de la mañana. Aunque siempre se le olvidaba lo que yo estudiaba, cada vez que se lo recordaba se sentía orgullosa de que yo fuera a ser médico.

Unas fotos subidas de tono en mi movil traducen que el ligoteo por el que miraba tan esperanzada al móvil no es más que una mentira caliente, la desilusión sabe presentarse en forma de regalo envuelto de colores sin tiquet de reembolso. Ahora todos estos detalles cotidianos se vuelven difusos y faltos de un sentido cuando la llama de tu pecho peligra en un vendaval que escupe en certeros intentos de extinguir tu último aliento.

No le digo adiós, en mi cabeza resuena su voz: "Si Dios ha decidido que me tengo que ir, me iré". Este es el momento en el que más odio a ese tal Dios, no entiendo sus decisiones y su voluntad me parece tan repulsiva que entiendo la caída libre de Satán. Pero para odiar a alguien tienes primero que creer en él así que no puedo articular una sola frase, porque las palabras lo harán todo más real. Quizás por eso he escrito esto, para convencerme de que otra cosa ha pasado.

Mi lápiz es un mentiroso desesperado cuando vomita en este papel:

Mi abuela está viva
Mi abuela está viva
Mi abuela está vida
Mi abuela...

Publicado la semana 53. 03/01/2021
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