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Just-a-tornado

Lluvia selectiva

Era un miedo callado. Un pavor de ojos sudorosos que se desliza perezoso por tus venas hasta conseguir la anafilaxia. 

Habían entrado por un hueco de la valla, el tamaño perfecto para un perro pequeño o un par de niños pillos. Se dejaron resbalar por las paredes inclinadas de la presa vacía, sus traseros percutieron la base decorada por un par de charcos. Bailaron entre las grietas y entonaron canciones jugando con el eco del lugar.

Cuando empezó a llover solo reían con la nueva banda sonora y no se dieron cuenta de que alrededor suyo no caían gotas. Solo llovía en la presa y el nivel del agua subía con la altura de sus gritos. Cuando trataron de volver a subir por donde habían entrado, el líquido había mojado las paredes. Unas avispas parecían burlarse de ellos desde su nido seco. Su miedo se volvió callado y se concentraron en luchar contra la corriente que les impulsaba hacia las profundidades. Las ardillas intentaron ayudar desde su árbol pero las bellotas afloraron inútiles entre los remolinos. 

En el mismo instante en que las últimas burbujas de sus alientos explotaron en unas palabras finales, la nube solitaria se evaporó. Apareció entonces Dios, el causante de todo y asintió, sabiéndose justo castigador y rebelde con causa a la vez.

Eso les enseñaría a llevar mascarilla la próxima vez.

Publicado la semana 34. 23/08/2020
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I
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