28
Just-a-tornado

Ladrón infiltrado

Claustrofobia.

No recordaba porqué había entrado pero tampoco se acordaba de como encontrar la entrada. Recordaba unos pinchos brillantes en la entrada y de repente se abrio un agujero a sus pies que le recordo la existencia de la gravedad. Como Alicia, vagabundeaba por un pasadizo extraño siguiendo un conejo. En su caso su intuición, pero ambos parecían decirle que se le acababa el tiempo. Las paredes estaban húmedas y con la luz del móvil solo llegaba a ver el color oscuro de las rugosidades que le rodeaban. Los salientes del túnel por el que estaba pasando en ese momento recordaban a un gotelé que acompañaba al percutor rítmico de las gotas en una esquina lejana. Seguía hacia delante con la determinación de alguien quien tiene claro su destino aunque no tenga muy claros sus razones. 

Por sus venas corría la prisa de quien se sabe forastero en un sitio en el que no debe estar. Tenía que encontrarlo lo antes posible. Sabía que no era muy grande pero las leyendas contaban que estaba bien protegido. Por eso persiguió el cauce de un río subterráneo que olía a limón podrido y buscó el lugar marcado con una equis donde debía empezar a cavar. 

No era su primera incursión en un sitio como este y sabía cuál era el procedimiento. Los túneles acostumbrados no llevaban al núcleo y tendría que abrirse paso por si mismo. Eso implicaba abrir un agujero y despertar todas las alarmas. Casi como si la cueva estuviera viva, se oyó un gemido cuando el primer impacto de la pala colisionó. Trabajó rápido mientras el nivel de agua del pasadizo subía, los mecanismos de defensa del lugar estaban activados. "El fin justifica los medios" se decía a si mismo. Se introdujo en el nuevo agujero justo a tiempo, el líquido ácido llego a su máximo y explotó en una burbuja mortal.

Cuanto más avanzaba más humedad había en el ambiente y empezó a sudar de tal manera que tuvo que desprenderse de la ropa que llevaba puesta. Desnudo, se acercó a su objetivo y empezó a susurrar palabras dulces para tranquilizar el lugar, que recelaba de su presencia. 

Allí estaba, era bello y poderoso. Un objeto pequeño pero con un gran poder ya que era lo que aportaba todo el prestigio y fama del lugar. Se deslizo entra los barrotes blancos que lo guardaban y empezó a cortar los conductos que lo amarraban a su sitio. 
Las palpitaciones eran fuertes pero tras forcejear unos minutos consiguió separarlo. Tenia su botín y sonreía con chulería al saberse más listo que la cueva que lo había contenido. 

Este ladrón no era un ladrón de arma blanca sino de rosas rojas y con sus incursiones buscaba robar lo más preciado de sus víctimas.

No volvió y en la lejanía una cueva con nombre de Marta llora la ausencia de su novio y de su corazón robado.

Publicado la semana 28. 12/07/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
28
Ranking
0 74 0