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Just-a-tornado

¡Feliz día de muerte!

—Ya ha vuelto a hacerlo. Estoy harta, no quiero ir a su casa y ver que está así, me entran unos escalofríos...

Mi madre detiene un segundo su retahíla para recrearse en el recuerdo que le atormenta y en ese espacio introduzco una excusa y la promesa de que yo me encargaré de eso.

Debería empezar por el principio y explicar lo que pasa. Mi abuelo está ya mayor y con el paso de los años su cerebro se ha deshecho hasta que el líquido de su cabeza le hace cometer extraños crímenes. Les llamo así porque si continúan, matarán a mi madre del estrés. Por eso prefiero ser yo quien acuda a arreglar el estropicio que las manos arrugadas del padre de mi madre han creado. Quizás soy más blando que mi progenitora, pero mantengo la compostura mientras ese lunático recita cantos de un apocalipsis ya pasado.

En cuanto piso el umbral, me doy cuenta de que es algo peor que la última vez. Normalmente solo organiza fiestas de té a las que nadie acude, distribuye las sillas con sus tazas delante como si hubiera ciento y un comensales mientras hace un brindis para celebrar un año más vivo. No solo lo hace en su sumpleaños, sino en días de vacaciones aleatorios, por lo que muchas veces nos vemos atacados por una llamada insistente de teléfono que afirma enfadada que no le hemos felicitado.

Sin embargo, esta vez la casa entera está a oscuras y un olor a incienso ataca mis fosas nasales haciendo que me arrastre hacia la cocina por el mareo. Una vez allí, la sangre que inunda la pila me asusta y caigo al suelo, lleno de polvo excepto por las baldosas decoradas con runas antiguas. Al caerme he salpicado el suelo con ese elixir de vida rojiza y los símbolos empiezan a brillar. Como si lo hubiera sentido, mi abuelo grita mi nombre desde el otro lado de la casa e inconscientemente sigo su voz hasta el salón.

Mi fiesta de té está preparada y me siento en la última silla libre. El resto están ocupadas por gente que no he visto en mi vida. Les llamo así porque la intención del padre de mi madre es devolverles la vida a todos esos cadáveres que ha atado para que se mantengan sentados. Mi abuelo es como un niño, lleva años jugando con la muerte y parece que ha ganando aunque haya perdido la cordura. Parece un descendiente de Frankestein mientras observa con cariño a sus criaturas. Nadie sabe de donde han salido esos doce jinetes que van a ser dados una segunda oportunidad.

Mientras sigue cantando, sus ojos pierden vida y uno de los cuerpos desmadejados me guiña un ojo.

Publicado la semana 25. 17/06/2020
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