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Just-a-tornado

Había una vez un barquito chiquitito...

Tengo arena en el dobladillo de mis bolsillos. Se esconde entre los hilos de las costuras y ataca mis uñas cuando mi guardia está baja. La sacudo pero los granos no se van, soy solo una mano que busca a tientas un recuerdo encerrado entre los granos de una playa.

Era una bahía azul y verde, con sus árboles flotantes y su aliento de sal. Entre los diamantes que se sacuden en sus aguas, se asoman los peores y mejores momentos de mi vida. Entre el tejido de mi sudadera se esconde la mejor y peor versión de mi misma.

Yo vine en un barquito chiquitito que no sabía navegar. Yo tampoco sabía nadar, pero zozobré entre la oscuridad de un naufragio en el que la luna solo iluminaban mis lágrimas.

La ola vuelve a besar la orilla con fruición, esperando que de su amor nazca algo más que retroceso. De esa pasión desmedida y no correspondida crecí y puse mis brazos salados alrededor de la isla que me salvaba. En una isla todo es playa y para pisar suelo duro tienes que escalar a lo alto de los árboles. Allí dormía, cabeza abajo como mi nueva vida y con la única compañía de una estrellas que parecían deletrear mi muerte en código morse.

Sin embargo, toda la situación parecía un sueño y yo jugaba al escondite con los recuerdos de mi familia. La gracia es que cuando los encontraba, la única que perdía era yo. Cuando soñaba iba con los ojos abiertos y, solo cuando roncaba, se rompía ese silencio que tanto me dañaba los tímpanos.

Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel barquito no volvió. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y mi cabeza no volvió. Fue entonces cuando empecé a oirlo, un loro que me hablaba acerca de un tesoro enterrado. Seguir una voz es complicado cuando se esconde entre el verde techo de las palmeras y calla si te acercas.

Me guió hasta un mapa sin llegar a ver su plumaje y mientras el viejo pergamino mudaba de piel encima mío, entre sus escamas serpenteaban palabras negras sobre blanco que proyectaron una película llena de color. La salida a todos mis problemas estaba en un largo camino por la playa. La recuperación de mi preciada libertad y la vuelta a la sociedad empezaba dando pasos en dirección al mar.

Si continuaba siempre recto al amanecer, conseguiría llegar a mi destino. Empecé mi largo paseo y cuando las olas lamían mis rodillas me acordé de que yo era un barquito chiquitito que no sabía navegar. Metí las manos en mis bolsillos y la arena me atacó. En seguida estaba haciendo el muerto para poder flotar. Mi preciada isla se perdía entre la distancia y la arena de mis bolsillos se mojaba.

Maldito pajarraco.

Publicado la semana 21. 23/05/2020
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Había una vez un barquito chiquitito
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