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El flautista de Hamelín no acababa así

El flautista de Hamelin recorre todas las calles y de entre los recovecos de los adoquines salen los roedores amantes de la música. Los bigotes siguen a las corcheas, las orejas a las redondas y algún que otro Ratatouille se come los silencios para que la melodía sepa mejor. Los labios que besan a la flauta son carnosos y entre sus plieges los suspiros provocan un encantamiento en todos aquellos que prefieren seguir un pentagrama antes de buscar queso.

La comitiva sale de Hamelín y el buen flaustista libra a la amable población de la plaga de ratas que amenazaba a su felicidad. Sin embargo, aquellos que reposan en cojines dorados y duermen en colchones rellenos de guisantes no quieren pagar lo que deben por los servicios de este buen señor. Por eso, nuestro amigo músico vuelve a soplar y en armonía con su rencor, saca a todos los niños de su casa y los lleva al mismo sitio que a las ratas.

Ambos, niños y roedores comparten la vida mientras los padres y los gatos los buscan, cada uno por diferentes motivos. A pesar de que pronto los dos grupos se empezaron a habituar a la cueva que compartían, en unas décadas sonaron los acordes cadenciales de su captor y en la soledad encontraron la trinidad.

No tenía ya sentido volver a su ciudad natal, sus padres estarían muertos ya y sus gatos habrían encontrado la manera de encandilar a los humanos para que les dieran comida a cambio ser adorables. Salieron de la cueva y cegados con la luz del sol de Platón, la rata y el niño más racionales llegaron a un acuerdo que todavía perdura.

Partieron en lados separados, pero aún de vez en cuando un niño pierde una perla al morder una manzana o escalar el árbol más alto por demostrar que no teme a nada. Este pequeño diente se pone debajo de la almohada y entre una sauve melodía que recuerda a una flauta, una rata se desliza entre las sábanas y cambia su tesoro por algo de dinero. Ambas partes quedan contentas.

Estos roedores consiguen los billetes de manera fácil. Los dentistas, afiliados a los trapicheos típicos de un genio diavólico que hace llorar a niños con utensilios de metal, están dispuestos a hacer cualquier clase de negocios. Sin embargo, a partir de una edad los niños podrían darse cuenta de lo que dice la letra de esa tierna melodía que se remonta a lo acaecido en Alemania. Los padres temen que sus hijos puedan averiguar lo imprudentes que fueron perdiendo a sus hijos ante la magia de un flautista. Antes de que un roedor pueda canturreárselo al oído mientras duerme, los adultos les sientan un día y les dicen que son ellos quien hacen aparecer dinero en su cama.

No les hagáis caso, no quieren perder su orgullo. Escuchad atentamente cuando os acostéis con un diente tambaleándose en vuestra boca y dudaréis de si lo que escucháis es el viento contra vuestra persiana o una ratita Beethoven.

Publicado la semana 19. 04/05/2020
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