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Bacterias en busca y captura

Por cada una de nuestras células, tenemos una bacteria. Somos más bacterias que otra cosa y aún así, no nos tratamos entre nosotros ni como personas ni como microorganismos.

Creemos que controlamos lo que pensamos, que aceptamos las convicciones de nuestros ancestros sin replanteárnoslas o nos rebelamos contra el sistema por decisión nuestra. Pensamos que nos enfadamos con nuestros amigos y nos enamoramos solos, pero no es así. Aquella mala decisión que tomamos hace poco fue culpa de una actibacteria de nuestro brazo izquierdo. Que relacionemos el acohol con fiesta y diversión es por una proteobacteria que se salta las reuniones de alcólicos anónimos. Nuestra forma de vivir, nuestras ganas de llorar cuando todo sale mal, nuestra manera de follar y nuestra manera de hacer el amor las deciden ellas.

La frase "Somos lo que comemos" es cierta, las bacterias que componen nuestro cuerpo nos piden ciertos alimentos, que a su vez conllevan a su proliferación y el círculo se cierra. Es una serpiente que se muerde la cola, desarrolla un gusto por su veneno y acaba envenenada con sus propios colmillos aunque no haya marcas en su herida. Mis bacterias piden rojo y me muerdo la lengua, que ya no quiere pasear por tu piel. No dejo salir las palabras y con ellas alimento a mis sedientas bacterias. Quieren adjetivos duros, verbos en pasado y condicionales en negativo. Tienen antojos de embarazada tan instintivos que mi ciclo de sueño se rompe para buscar una pared que contemplar hasta que mis ojos se prenden con el fuego del amanecer.

Lo que quiero decir es que estos minúsculos tiranos son la respuesta a dos de las grandes preguntas filosóficas de la historia. El alma existe y se llama microbiota, somos como nuestras bacterias son y si te caigo mal, en realidad las odias a ellas. Si crees que me amas en realidad te atraen las curvas de mis sinuosas bacterias que demandan una degustación de tus microorganismos.

La segunda respuesta de qué es el amor tiene la misma respuesta y a su vez responde a por qué nos enamoramos. Hay una variedad de hongo de la selva tropical brasileña que ejerce un control mental sobre las hormigas que infecta tan grande que les convierte en zombies. Les obliga a subir a un arbol y, ancladas al nervio de una hoja, morir de desnutrición para servirle de plataforma para una expansión de sus esporas más eficaz. Eso es el amor, una bacteria que controla nuestro cerebro. Somos zombies de rosas y besos, se nos olvida el pensar y haríamos lo que fuera por nuestro querido honguito.

Las bacterias de mi cuerpo están en modo melancólico y a ellas les culpo por buscar poesía deprimente en tumblr y sobrevivir a base de chocolate y polvo. Me gusta como sabe el colacao a cucharadas porque borra el sabor de tus besos y las partículas que me hacen toser sacan los cadáveres de mariposas que jamás llegaron a crecer. Ellas mataron a los gusanos en plena metamorfosis y las sacaron de su bola de seda, pero ellas son las capullas. Desenterraron el hacha de guerra contra tus bacterias y ahora mi corazón no da volteretas al oir el tuyo vibrar. Yo solo obedezco órdenes.

Me es más fácil gritarle a un punto de mi piel y preguntarle a la bacteria escondida detrás de mi peca por qué hace lo que hace, por qué hago lo que hago. Quiero pensar que es ese microorganismo procariota de pequeños micrómetros el culpable de que todo sea gris y todo parezca poco. Me es más fácil responsabilizarle de que te haya alejado de mí.

Porque si yo tengo la culpa...

Publicado la semana 18. 27/04/2020
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