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José A. Guerrero

Relatos del Nexo: Desconocido

Zaira salió al acantilado en la plenitud de esa triste noche en la que sabía que había perdido a Veriuz, por ninguna razón pensaba quedarse a esperar en la seguridad del pasadizo a que amaneciera, no tenía del todo claro si esos Dorados encontrarían la trampilla que conducía a la escalera por la que ella huyó. Con lágrimas en los ojos avanzó con mucho cuidado por un terreno rocoso que la llevara a la playa más cercana, lo cual le permitiría guiarse de mejor manera para llegar a Kerennalia cuanto antes. No estaba del todo segura si esa era la decisión más acertada que significara que su hijo no correría peligro, pero no veía razonable la decisión de ir más al sur, en busca de alguna aldea de menor tamaño para refugiarse de los Dorados que merodeaban las Tierras del Ocaso.

Cuando finalmente alcanzó la playa, muy a la distancia divisó las luces de los braceros y las antorchas que estaban encendidas en las inmediaciones de la ciudad portuaria a la que se dirigía. De momento solo oía el rompimiento de las olas, cuando muy a su pesar oyó los ladridos de un montón de perros salvajes que salieron desde la espesura y poco a poco comenzaron a rodearla. Zaira hizo lo posible por llegar al agua para buscar salvarse de las feroces mordeduras de los animales, pero tropezó y cayó. Logró evitar que su hijo recibiera el impacto, e inmediatamente lo protegió con su cuerpo cuando los perros comenzaron a morderla. Con los ojos cerrados lloraba y gritaba por el dolor de las heridas que poco a poco iba a recibiendo, cuando sorpresivamente oyó a alguien que gritó en un idioma que le resultó desconocido, y acto seguido también escuchó el llanto de los perros asustados que salieron corriendo en dirección a la espesura por la que habían llegado.

―¿Estás bien? ―le preguntó un desconocido mientras ella hacía su mejor esfuerzo para reincorporarse.

―Un poco dolorida, pero estoy entera gracias a ti… ―su hijo lloraba desconsoladamente, cuando lo alzó de la arena para tratar de calmarlo, miró a su salvador y quedó boquiabierta―. ¿Quién eres? ―dijo totalmente azorada, dado que el acento que utilizaba delataba que era un forastero.

―Mi nombre es Mirkay, y por lo que veo tú eres una Dorada, ¿eh?

―Sí, pero tú… ¿qué se supone que eres?

―Soy un Noztro de las Tierras de la Niebla. Supongo que es natural que te sorprendas por ver a alguien de piel violácea y con una cabeza astada, ¿no? Los de mi pueblo no tienden a viajar a este lado del Nexo.

―Creí que los Noztros no eran más que una raza de cuentos de hadas.

―Pues… está claro que eso no es así. ¿Cómo te llamas?

―Zaira Sky… ―se lo pensó dos veces y dijo―: Zaira Safaro ―quiso extender una mano para estrecharla con la de Mirkay, pero sintió un fuerte dolor en el brazo, que claramente se traslució en su rostro cuando se quejó.

―Siéntate, por favor…

Cuando le hizo caso al Noztro, Zaira vio cómo posó sus manos en sus pies, y acto seguido pronunciaba unas palabras en un lenguaje que ella no comprendía, provocando que un resplandor la iluminara completamente, lo que al mismo tiempo le otorgó un manto de calor y alivio en cada una de las heridas por mordeduras que una a una fueron sanando.

―No sabía que los que son como tú podían hacer eso…

―No todos pueden ―ladeó la cabeza y al ver a la distancia la ciudad portuaria de Kerennalia hizo una mueca―. Te diriges hacia aquel sitio, ¿no?

―Sí, pensaba tomarme un barco que me lleve al otro lado del mar del Crepúsculo. Una vez me contaron que hay un lugar llamado Arlass, que está gobernado únicamente por mujeres, las cuales son muy generosas con cualquier otra que las visite.

―Es cierto, parece un buen sitio para alguien como tú. Además no creo que allí se imparta la pena de muerte a los Hijos del Pecado.

Zaira abrió grande los ojos al no poder comprender cómo lo supo, así que se puso de pie raudamente sin dejar de aferrarse a su bebé en ningún momento.

―No te me acerques… ―dijo con desconfianza.

―Tranquila, no vine a llevarme a tu niño, pero sí he venido a conocerlo, porque… por más que no lo creas, este encuentro que tuvimos en la playa, estaba predestinado por los Dioses Antiguos que crearon el Nexo y permitieron que la vida se propague en todos los continentes habidos y por haber de nuestro mundo.

―No estoy llegando a comprenderte, ¿de qué hablas?

―De que ese niño que llevas en brazos, está destinado a realizar grandes proezas cuando crezca. Es alguien que cambiará la historia tal y como se la conoce, para siempre…

Publicado la semana 8. 17/02/2020
Etiquetas
Fantasía , En cualquier momento
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