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José A. Guerrero

Relatos del Nexo: Sala del trono

Cuando oyó lo que el Rey anunció, no pudo quedarse callada.

―Sé lo que le dijiste a Zaira, padre, pero ella es tu hija. ¿Cómo puedes…?

―¿Cómo puedo qué? ―preguntó mirando con severidad a Salma Skyzzin, dado que ésta decidió enmudecer al ver los rostros de reprobación del resto de la corte―. ¿Cómo puedo dejarla ir? ―al verla asentir se mostró dubitativo por la fuerte congoja que sentía desde que se enteró que su heredera se marchó con su amante, que era uno de los acérrimos enemigos de Zindalia―. Porque ella ya eligió, Salma. Hice todo lo que estuvo a mi alcance, la buscamos durante meses ―hizo una mueca muy apesadumbrado―. Tendrías que entenderlo, ella muy erróneamente confió su corazón a un Rojo, y por su deseo de ser feliz a su lado le dio la espalda a su gente. No tengo por qué seguir buscando a alguien que no desea cumplir con su deber como princesa, simplemente deseo que se marche y que jamás regrese, porque si algún día llegara a hacerlo…

―Sería lo mejor que podría pasarnos, padre ―replicó Salma muy molesta.

―Deja de ser tan sentimental como tu hermana, princesa ―dijo Edmund Skyzzin, el hermano menor del Rey―. Tu padre ya ha tomado su decisión, y por más que te pese a ti, para todos los que evocamos una lealtad y un amor incondicional a nuestro reino, estamos plenamente de acuerdo con cualquier tipo de castigo que se pueda llegar a impartir en Zaira si algún día regresa a nuestras tierras.

―Pero se están equivocando ―dijo Salma mirando con los ojos llorosos a su tío y a su padre―. Ella jamás… Zaira jamás… ¡Es imposible que se haya marchado por su cuenta y nos haya dado la espalda de esta manera! Ella ama a su reino y a su gente tanto como nosotros, seguramente fue manipulada por algún tipo de magia demoníaca que saben hacer muy bien los Rojos.

―Yo estoy de acuerdo con la princesa ―dijo un joven Dorado que llevaba una armadura resplandeciente de un color más blanco que la nieve que cayó a principios del invierno―. Se están olvidando de que Zaira era mi prometida…

―Por favor, muchacho, ya supéralo ―dijo Edmund poniendo los ojos en blanco―. Ella se marchó por su cuenta con ese Rojo por el que profesaba un amor que nunca llegó a tener por ti, y lo sabes de sobra. Quizás si le hubieses dedicado más tiempo a ella que a tus amantes, tal vez no se hubiera marchado con el primero que se cruzara en su camino.

―No toleraré que se me trate de esa manera en público siendo yo quien soy ―señaló al Dorado que lo acusó―. Y déjame decirte que no me asusta en lo absoluto que seas el hermano del Rey; reclamo ahora mismo que te retractes de tus palabras.

―¿Acaso eso es una amenaza? ―dijo Edmund con sorna―. Porque por más que lleves esa bonita armadura, sé muy bien que siempre te has escondido detrás de la falda de tu madre cuando solicitaban tu presencia en el campo de batalla.

―¿¡Cómo te atreves…!? ―comenzó a rugir Farbyn Ronssen, que ante semejante acusación dio un paso al frente y desenvainó la espada que le colgaba del cinto.

―Baja esa arma antes de que te lastimes a ti mismo ―dijo Edmund sonriendo con suficiencia, dado que ese joven que era el heredero de uno de los principados más importantes al sur de Zindalia, era alguien a quien detestaba profundamente.

Todos los cortesanos permanecían inmóviles, observando cómo la tensa situación parecía ir complicándose cada vez más con las pisadas que daba Farbyn. De inmediato el Rey miró al capitán de la Guardia Real y le señaló con la cabeza que interviniera.

―No puedo permitir que se amenace a mi hermano de esa manera, muchacho ―dijo Gabriel V Skyzzin desde el trono―. Te pido en buenos términos que bajes tu arma, y todo este incómodo asunto quedará en el olvido.

―Lo haré, Alteza, si su hermano se retracta de sus palabras.

―¿De qué debería retractarme exactamente? ―dijo Edmund soltando una sonora carcajada que retumbó en toda la sala―. Eres un hombre de veinte años que nunca ha combatido en su vida, y que lo único que ha hecho desde que aprendió para qué sirve lo que le cuelga entre la piernas, es fornicar con putas.

―¡Cállate! ―rugió Farbyn totalmente encolerizado.

―Suficiente, Edmund ―dijo el Rey negando con la cabeza―. No hace falta que sigas hiriendo el orgullo del heredero de Mereleia.

―¡Que se retracte, Alteza! ¡Que su hermano se retracte ahora mismo o lo mataré!

―¿Tú me matarás? No me hagas reír. Por más que sepas muy bien que perdí mi mano de la espada en batalla, no se me va a complicar en lo absoluto matarte con la otra.

―¡Quisiera ver que lo intentes, cobarde! ¡Porque lo único que haces es escupir palabras teniendo a tu disposición a todos los guardias del Rey! ¡Y no me vengas a decir que ese rencor que tienes hacia mi persona se deba a esos actos por los que me acusas, porque ambos sabemos muy bien que el odio que me tienes se debe a que mi madre nunca te eligió para que permanezcas en nuestro principado!

―No digas tonterías, muchacho, nunca me interesó la puta de tu madre.

Aquel insulto provocó que Farbyn se precipitara raudamente hacia Edmund para matarlo de una buena vez, pero su espada lo único que encontró fue el acero del arma de Gustav Brank, el líder de la Guardia Real. El heredero de Mereleia no se amilanó en ningún momento, y el odio que sentía fue dirigido hacia quien se interpuso en su camino. Lo único que se oyó durante varios minutos fue el intenso cantar de las espadas. Cuando el agotamiento comenzó a delatarse en los infructuosos ataques de Farbyn, Gustav aprovechó su oportunidad para desarmarlo y luego arremeter contra él un puñetazo tan fuerte que lo dejó tirado en el suelo tomándose la nariz rota.

―¡Esto no se quedará así! ―rugió Farbyn, que ni bien abrió la boca saboreó la sangre que le salía en gran cantidad desde sus fosas nasales―. ¡Les aseguro que Mereleia jamás aceptará que se haya tratado de esta manera a su heredero! ¡Cuando vuelvan a solicitarnos ayuda para acudir con nuestras huestes nos lo pensaremos dos veces!

―Sí, se lo tendrán que pensar dos veces ―dijo Gabriel V mirándolo con desprecio―. Primero porque lo que has hecho hoy fue imperdonable, muchacho, y podría haber consecuencias económicas para Mereleia si se negaran a colaborar. Y segundo porque si no quieres que la familia Ronssen se quede sin nada, será mejor que tú mismo encabeces la vanguardia de cada uno de los focos de conflicto a los que deban acudir.

―No, Alteza, le ruego que…

―Fuera de mi vista… ―dijo el Rey con desdén.

Todos vieron cómo Farbyn dio un paso más para poder suplicarle a Gabriel que cambie de parecer respecto a lo último que dijo, pero su súplica no llegó a concretarse porque Gustav lo tomó de uno de sus brazos y lo sacó de la sala del trono entre forcejeos.

Publicado la semana 6. 03/02/2020
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Fantasía , En cualquier momento
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