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José A. Guerrero

Las cenizas de mi vida. Cap. II

Aclaración: Todos los fragmentos de Las cenizas de mi vida forman parte de lo que alguna vez escribió Laynna Rhioren, maestra fundadora del gremio de magos Cenizas de Fénix. De un primer momento tuvo la intención de dejar plasmados con tinta sus conocimientos en una de las ramas de la magia elemental para la que tenía afinidad, sin embargo no pudo evitar escribir sobre gran parte de sus afectos.

 

Al igual que todos los hechizos en líneas generales, sin importar de qué rama provengan, tienen un orden jerárquico que los vuelve sumamente complejos. Como se habrán dado cuenta con el hechizo «encendedor», solo se emplean dos runas, que por más que sean de las compuestas, siguen siendo dos muy sencillas y dóciles. La runa «gol» quizás no tanto, pero la «fyr» la hallaran en muchos hechizos de aquí en adelante, sobre todo en los que tengan que ver con la especialización en elementalismo con fuego que estoy intentando enseñarles. Eso se debe a que la runa «fyr», al igual que muchas de las que fueron descubiertas en la Era Antigua, tiene sus orígenes en la ramificación elemental de la materia, que en este caso sería el fuego. Hay muchas otras runas que tienen un patrón similar al de la runa «fyr», no viene al caso nombrarlas todas, pero un ejemplo rápido podría ser la runa «qua», que tiene ascendencia dentro del elementalismo con agua. No quisiera aburrirlos como me aburrí yo leyendo todo lo que hay que leer para aprender a ser una buena hechicera, así que les dejo la tarea pendiente de investigar sobre las runas que les apetezca. Aunque, dando por sentado que leen mi grimorio porque son o creen ser magos con aptitudes para el elementalismo con fuego, solo puedo decirles que no desesperen, porque con la parva de hechizos que van a encontrar aquí, se les va a saturar la cabeza con la simbología de las runas y la interpretación en la lengua común de la manera que han de ser pronunciadas.

Siguiendo con el nivel de dificultad que estamos transitando y para no desorientarlos demasiado, el siguiente hechizo que me he propuesto enseñarles es uno al que yo llamo «flama viviente». Como su nombre así lo indica, no es ni más ni menos que una flama bastante maleable de un tamaño tres veces superior al fuego que se produce con el hechizo «encendedor», aunque con lo de maleable no me refiero a que podrán moverla a su antojo. Si acabo de decepcionarlos, solo puedo decirles que no se preocupen porque eso lo veremos más adelante, cuando enfatice mis métodos de enseñanza en la creación cinética de la materia, como así le gustaba decir a la célebre elementalista de agua de la Era Antigua: Rashiany Marshelen. Ya me imagino que se estarán preguntando, ¿qué tiene que ver una maestra en la manipulación del agua en todo esto? La respuesta es sencilla, ella fue una de las pioneras en crear figuras hechas enteramente de agua con la particularidad de poder desplazarlas sin que sus cuerpos se deshicieran ante el movimiento. Si por casualidad leyeron o piensan leer alguno de sus grimorios, ya les voy dando aviso que esa annem no era una experta, ni siquiera podía considerársela una maestra en sí. Fue una aprendiza muy entusiasta que estudió todo lo que sus maestros elementalista le enseñaron, y por esa razón llegó a descubrir el método correcto de creación cinética de la materia. Aunque al poco tiempo, sus propios maestros, que antes ignoraban el tema que ella desarrolló, la superaron con creces, dejando su descubrimiento mágico como una pequeñez sin importancia. Me tomé la libertad de nombrar a Rashiany Marshelen porque creo que se lo merecía, es como si el día de mañana alguien leyera y aprendiera algo de mí, y cuando mostrara sus habilidades delante de otras personas nunca me diera el crédito que seguramente me merecía.

Me llena de nostalgia recordar la ocasión en la que aprendí y en la que tiempo después utilicé por primera vez el encantamiento que por el momento centra nuestra atención. Yo todavía seguía en Thir’maho, alojándome en una posada muy humilde, aunque bonita por dónde se la mire, llamada Pinar Dorado; no era casualidad que los muebles de la posada fueran del famosísimo pino dorado que puede hallarse en cualquier parte de Shivalssar. Por esa misma razón, tampoco era casualidad que los dueños del establecimiento fueran una pareja de annems; si supiera el nombre del clan al que pertenecen se los diría, pero la verdad es que no tengo ni la más remota idea. Aprendí mucho del posadero Crishtian Rashul y su esposa Mishanna, él me explicó cómo jugar al poker con la baraja de reyes y reinas, mientras que ella me quiso explicar todos los tipos de comida de las distintas regiones de Lutheia que sabía cocinar. Recuerdo que todavía eran jóvenes y no tenían hijos, pero con todo el tiempo que pasó desde que los vi, me imagino que eso de seguro ya cambió; no me vendría nada mal ir una vez más a Thir’maho a visitarlos. Pasé un largo período en aquella posada, incluso cuando el dinero comenzó a escasear me dieron la posibilidad de seguir hospedándome en el Pinar Dorado solo con la condición de que ayudara a Nashyra a entrar en algún gremio de magos. ¿Quién era Nashyra? Pues… ni más ni menos que la hermana pequeña de Crishtian; solo que lo que a simple vista parecía sencillo en realidad no lo era. Quizás en parte por su edad o quizás en parte porque no tenía muy buenas aptitudes como hechicera arcana, elemental o naturalista, por una cosa o por la otra, ninguno de los representantes de gremios que había en la ciudad y que estaba dispuesto a reclutar nuevos integrantes la quería, aunque a mí me llovieron ofertas por todas partes. No es que me guste alardear, pero… ¿Alguna vez quisieron ser reclutados por los Leones de Bronce? Bueno, yo sí, también se pusieron en contacto conmigo representantes de los ya mencionados Tres Corazones, otros de Nogal Quebrado, Engranajes Oxidados, Rayo Purpúreo y si todavía no los dejé boquiabiertos, solo me queda mencionarles a los que vinieron de parte de Liquen Cristalino, Kraken Jaquelado, Escorpión Gris, y por último Dos Lunas.

―A mí nadie me quiere ―me había dicho Nashyra con una carita acongojada.

―Ya encontraremos a alguien ―le dije y nunca estuve tan equivocada.

Efectivamente nadie la quería, ni siquiera los gremios que nacieron en Shivalssar, aunque no tuve que haberme sorprendido por ello, ya que los annems, al igual que los elfos, tienden a buscar la perfección mágica. En pocas palabras, a ninguno de los de esas razas le interesaba reclutar a una niña que apenas era capaz de mantener un objeto pequeño levitando por unos pocos segundos. Tampoco piensen que en aquel entonces yo era capaz de algo mucho más increíble, el hechizo «encendedor» seguía siendo mi máxima proeza, todos los demás que llegué a intentar fallaron rotundamente. Así que si se preguntan por qué razón hubo tanto interés en reclutarme, la respuesta es sencilla, los magos elementalistas no son tantos como los arcanos o los naturalistas. Así que ser una persona capaz de manipular un elemento me volvía una rareza dentro de los portadores de maná. Además era mucho más joven de lo que soy ahora, que estoy dedicando mis primeras palabras a este grimorio que Kamylo Black, mi más reciente aprendiz, me ha pedido que desarrolle para que las futuras generaciones aprendan de mí.

Retomando las lecciones del hechizo «flama viviente», debo destacar que para poder lanzarlo hay que saber muy bien la pronunciación de las cinco runas que lo componen. El orden correcto sería: «fyr» «ell» «toe» «ry» «itt», lo que significa que la interpretación del magi en la lengua común es: «Ashilenra». A diferencia del hechizo «encendedor», «flama viviente» es muy impresionable a simple vista, lo que lo vuelve muy útil a la hora de querer aparentar que uno sabe lo que hace cuando se atraviesa un momento de dificultad y se es capaz de tener fuego en la palma de la mano. Así como a mí me ocurrió en una ocasión, en los tiempos que era inimaginable que una hechicera tan joven y poco estructurada como yo lo era en su momento, tuviera la posibilidad de convertirse en la fundadora y al mismo tiempo primera maestra de un gremio de magos. Recuerdo muy bien que había abandonado Thir’maho con Nashyra como mi joven compañera de viaje en la búsqueda de lo que ella quería: un gremio. Por aquel entonces no tenía ni la más mínima intención de tener uno propio, pero todo tuvo un vuelco inesperado cuando paseando por una aldea de Immirkhan llamada Baltis, nos topamos con un humilde artesano que buscaba desesperadamente un mago. El anciano barbudo trabajaba con cera, bronce y jade, creando todo tipo de artesanías que tenían un valor demasiado bajo para todo el esfuerzo que le dedicaba. La búsqueda de un mago se debía a que el immirkhaniano tenía pensado dejar a su nieto, a quien se le había detectado maná fluyéndole por las venas, en un lugar seguro para evitar que los soldados del Reino de Marfil lo alistaran obligatoriamente en el ejército, como así le ocurría a todos los jóvenes de su edad. Ignorando la realidad de los hechos me atreví a preguntar por qué en Immirkhan los jóvenes debían ser alistados en el ejército. Me explicaron que la razón del reclutamiento obligatorio tenía como principal objetivo ir a combatir a los kurogóns u hombres-dragón, como así prefieren llamarlos prácticamente todos los immirkhanianos con los que hablé por aquel entonces.

Como me imagino que son inteligentes y van siguiendo mi explicación, doy por sentado que comprendieron por qué dije que todo tuvo un vuelco inesperado, sí, me propuse ayudar al artesano llamado Kualu, diciéndole que Zandro, o sea su nieto, vendría conmigo a recorrer el mundo. Supongo que entienden lo que eso significa, Cenizas de Fénix tuvo sus orígenes en aquel entonces, solo que el nombre tardó en llegar. A Nashyra le gustaba hacernos llamar Tres Amigos, mientras que Zandro prefería Tres Unrirs, dado que era la criatura que más le gustaba. Por más que yo fuera la más adulta, siendo todavía muy joven, ellos no dejaban de ser niños, Nashyra sobre todo; Zandro ya casi cumplía la mayoría de edad, además tenía la contextura física de un hombre muy bien formado.

Todavía me acuerdo del crudo invierno que vivimos en ese año, pero claro que teniéndome a mí como líder, no nos hacía falta ningunas hacedoras de fuego para encender una fogata; usaba el hechizo «flama viviente» solo para alardear un poco, ya que el hechizo «encendedor» era bastante insignificante en comparación. Fue muy graciosa la reacción de Zandro cuando se enteró que yo era una maga elementalista de fuego, ni siquiera me preguntó sobre ello cuando nos conocimos, era y sigue siendo demasiado tímido, solo que luego de tantos años de convivencia como amigos y compañeros de gremio, ya se le ha pasado un poco. La cara del muchachito immirkhaniano se torció de una forma tan sorprendente por el asombro, que si hubiese habido cerca alguna de esas cámaras fotográficas creadas por los gnomos para registrar ese preciso instante, no hubiese dudado en sacarle una para inmortalizar ese recuerdo tan pintoresco.

Publicado la semana 41. 05/10/2020
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Fantasía , En cualquier momento
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