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José A. Guerrero

Relatos del Nexo: Gladiadores

Las gradas estaban repletas de Dorados que clamaban por ver sangre y muerte en la arena. En uno de los palcos principales dentro del Coliseo, el Rey observaba junto a sus hijas y su hermano, a los gladiadores que se presentarían ese día. Todos estaban de pie formando una línea mientras sostenían sus armas, el único que se mantenía rezagado, dado que lo consideraban un esclavo que moriría a manos de los gladiadores, era un Rojo de cabellos negros que miraba con un profundo resentimiento a todos los que lo observaban.

Uno de los Dorados que presentaba a los gladiadores que querían cortarle la cabeza al Rojo para entregársela como regalo al rey de Zindalia, alzó la voz para nombrar al último de ellos, y así darse la vuelta para señalar al esclavo que debían atacar. Todos contemplaron cómo un gladiador que mediría más de dos metros y que tenía un porte físico muy representativo de los nimbalus, cayó tomándose la garganta cuando el Rojo se la abrió con un ágil movimiento en el que eludió un hachazo que sin duda le hubiera partido el cráneo por la mitad. Los gladiadores se miraron totalmente consternados al creer que no había forma de que derrotaran a uno de los suyos de esa manera. Ante el desconcierto y la adrenalina de la batalla, uno de ellos que provenía del Imperio Dalaryn, se precipitó hacia el esclavo, y pereció de la misma forma que lo hizo el nimbalu. El siguiente en caer fue un kerennita, seguido de un trahonnita, y finalmente lo hizo un sujeto que había huido de Arlass, y que por su destreza con las armas se había ofrecido voluntariamente como gladiador en las Tierras del Caos. Los Dorados en las gradas abucheaban cada una de las victorias del Rojo, a quien querían ver sin cabeza por ese ferviente odio que existe desde antaño entre las dos facciones que son descendientes de los Sabios.

Cuando ya no hubo más gladiadores que ofrecieran un combate singular al esclavo, el Rey miró con indignación a quien era el encargado del Coliseo, éste se quedó sin habla ante la pregunta del principal monarca de Zindalia, así que dirigió su mirada a los Dorados que se hallaban sujetando unas cadenas, y les indicó que soltaran a dos bestias que sin lugar a dudas se harían un festín con el Rojo para el deleite de todos los espectadores. Desde unas fosas que se mantenían ocultas por unas trampillas, salieron de entre la arena dos panteras de gran tamaño que provenían de las Tierras de la Niebla. El esclavo se mostró algo nervioso ante el nuevo desafío que debía superar si es que deseaba continuar con vida, y ni bien vio que una de las bestias negras se abalanzaba hacia él, se dedicó a defenderse lo mejor que pudo. Finalmente logró herirlas de tal forma, que ya no pudieron moverse con la misma velocidad que antes, así que desistieron de seguir atacándolo.

Totalmente exhausto y con la sangre de sus adversarios salpicándole el rostro y todo el torso desnudo, el Rojo cayó al suelo para tomarse un respiro, sabiendo que ningún otro peligro lo acechaba de momento. El rey Gabriel V miraba con odio tanto al presentador del Coliseo como al esclavo que permanecía descansando con los brazos estirados sobre la arena y con una respiración totalmente acelerada. Quien ya no pudo tolerar más la humillación de que tanto sus gladiadores como sus bestias hayan sido vencidas por un solo hombre, rugió órdenes a los guardias para que desarmaran al esclavo y lo pusieran de rodillas para que él mismo pudiera decapitarlo sin problema alguno.

―Realmente lo siento, Alteza… ―dijo el presentador del Coliseo muy nervioso por cuál sería la respuesta del monarca―. Yo mismo le traeré la cabeza del Rojo.

―No quiero que lo maten así nada más ―dijo fulminando con la mirada al esclavo―. Se ha ganado mis respetos como gladiador, y creo que se merece ser vendido a algún buen adiestrador para que siga siéndonos de entretenimiento, ¿no te parece?

―Si así lo ordena, Alteza, así se hará…

Los Dorados más adinerados que había en los palcos hicieron sus pujas para tratar de llevarse al Rojo, pero quien finalmente lo hizo fue un hombre completamente desconocido para la nobleza.

Cuando el Rojo fue escoltado a una de las celdas en las que mantenían prisioneros a todos los esclavos que estaban destinados a ser llevados a la arena, se dio cuenta que él fue el único que quedó con vida en ese día. Quien lo compró apareció fugazmente para anunciarle que tenía visitas, y allí mismo retirarse.

―¿Cómo te llamas? ―le preguntó una mujer bellísima que iba ataviada con esos típicos vestidos de verano que usaban las Doradas de un status social elevado.

―Veriuz Safaro ―contestó a secas mientras la miraba fijamente.

―Se nota que eres muy diestro con las armas, ¿eh? Es un placer conocerte.

―Yo no puedo decir lo mismo.

―No esperaba que lo hicieras, debe ser un poco triste estar lejos de tu reino y de las personas que te aman, ¿no?

―Las personas que me aman murieron a manos de los tuyos.

―Lo siento…

―¿Lo sientes? ―repitió escupiendo una carcajada―. ¿En serio?

―Yo no soy lo que todos esperan de mí, Veriuz, ese odio que los míos sienten hacia los tuyos, no es algo con lo que me sienta identificada, ¿sabes? Es por eso que sí, realmente lamento que hayas perdido a los Rojos que te aman.

―¿Quién eres?

―Quien te compró…

―Creí que quien me compró era ese viejo…

―Ese viejo trabaja para mí, yo le di el dinero para que pujara bien alto por ti. No estaba dispuesta a perder a alguien tan valioso como tú.

―¿Qué es lo que deseas de mí?

―Por ahora nada, pero en un futuro ya veremos…

―Así que seré un juguete para ti, ¿eh? Te divertirás viéndome en la arena, ¿no?

―Sí, tendré que verte en cada combate que tengas, porque mi padre ansía verte morir a como dé lugar, y te aseguro que estará presente todos los días en su palco. Pero tienes mi palabra que llegado el momento, si me eres leal, te ganarás tu libertad…

―La palabra de una Dorada no vale de nada.

―La palabra de una princesa sí.

Publicado la semana 4. 20/01/2020
Etiquetas
Fantasía , En cualquier momento
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