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José A. Guerrero

Las mellizas Gavilán. Cap. III

―Que aburrido no poder salir de casa ―le dijo Lucía a su hermana cuando la veía sentada sobre el caminito de piedra que circundaba toda la casa en la que vivían desde hace muy poco tiempo.

―¿Y a dónde querías ir? ―preguntó alzando la cabeza y dirigiendo sus ojitos ciegos al cielo mientras respiraba profundamente por sentir una brisa que sopló e hizo susurrar las hojas del enorme sauce que había en medio del patio.

―No sé, a algún lado.

―Pero si cuando podíamos salir no ibas a ningún lugar y solo querías quedarte leyendo todo lo que escribió Celia.

―Ya sé, Cami, pero no es lo mismo saber que en cualquier momento podías salir de tu casa para ir a los juegos de la plaza o ir caminando al Puente Viejo. Es como si nuestra libertad quedó al otro lado de la reja que pusieron en la entrada. ¡Parece que estuviéramos en una cárcel!

―Que exagerada que sos, Lu, y eso que vinimos a vivir a esta casa que tiene patio, imaginate si siguiéramos viviendo en el departamento.

―¡Me hubiese vuelto loca! ¿Creés que esto va a durar mucho?

―No tengo ni idea, pareciera que sí.

―Yo no estoy tan seguro ―dijo Ricardo cuando pasó caminando cerca de ellas cargando en sus manos una caja que iba a dejar en el garaje―. Yo creo que se están controlando muy bien los contagios, no estamos tan mal como otros países.

―Igual es re loco lo que está pasando, papi, parece el fin del mundo.

―Que exagerada que sos, Lu ―su padre se alejó riendo.

―¿Alguna de mis pichoncitas quiere cocinar? ―preguntó Claudia desde el tejido metálico de la puerta de la cocina.

―¡Yo! ―dijeron las mellizas al mismo tiempo mientras se ponían de pie.

Se pasaron un rato amasando para los ñoquis del almuerzo en ese día 29 y además prepararon una torta de chocolate para la merienda. Cuando terminaron de comer regresaron al patio y se sentaron en el caminito de piedra que había frente al sauce de imponentes dimensiones.

―Me resulta raro que no hayamos vuelto a ver a Celia.

―Lo raro es que podamos verla.

―Es verdad, porque después de todo ella está…

―Sigo aquí y eso es lo que importa ―dijo Celia cuando apareció repentinamente detrás de ambas con su elegante atuendo negro.

―Te extrañamos, ¿dónde te habías metido? ―preguntó Camila.

―Estaba recargando energía, estas apariciones me resultan muy cansadoras aunque no lo crean.

―¿Los fantasmas se cansan? ―Lucía no podía creer lo que oía.

―No me gusta que me llames así.

―Perdón. Es que vos…

―Ya sé que no sigo viva, pero igual me molesta.

―Está bien, no te voy a decir así de nuevo.

―¿Hasta dónde leyeron?

―Nos quedamos en la fundación de Esvargyan ―dijo Lucía frunciendo el ceño―. ¿Es cierto que esos animalitos combatieron a los gigantes?

―No los llames animalitos, son vakuris.

―Pero son animales, ¿no?

―Tienen rasgos animales pero son personas que hablan como nosotras y son muy inteligentes.

―¿Y vos llegaste a verlos cuando estuviste allá? ―preguntó Camila.

―Todo lo que han leído es parte de lo que vi en ese mundo tan lejano.

―¿Creés que si yo pudiera ir tal vez mis ojos…?

―No lo sé, Cami, pero si en esa vez que tocaste a Saubol fuiste capaz de ver parte del valle encantado, me hace sospechar que quizás podrías perder la ceguera.

―Pero no irás a ninguna parte…

―¿Por qué decís eso, Lu? El otro día las dos planificamos que si encontráramos la manera de llegar a Lutheia…

―Es muy peligroso, ya leímos acerca de gran parte de las criaturas que hay en ese valle.

―Que rara que sos, Lu, hasta hace un rato me decías que te sentías en una cárcel porque no podemos ir a los juegos de la plaza, ¿por qué ahora que tal vez encontremos la manera de llegar a otro mundo no querés…?

―Ya dije que es peligroso, ¿te olvidás cuando te desmayaste después de que tocaras el árbol? No quiero que vuelvas a intentarlo porque me da miedo que si te volvés a desmayar tal vez no despiertes nunca más.

―Yo no quiero seguir siendo ciega toda la vida, Lu, si poder perseguir un sueño implica que deba correr un riesgo, no voy a tener miedo.

―¿Por qué sos tan valiente y yo no?

―No es que no seas valiente, Lu ―dijo Celia poniéndole una mano al hombro―. Cuando uno quiere demasiado a alguien desea que no corra ningún peligro, es normal lo que sentís.

―Entiendo… ―hizo una mueca y suspiró―. ¿Y ahora qué? ¿Otro día aburrido?

―No puedo negar que es triste lo que está pasando ―Celia le sonrió―, pero al menos podés estar mucho tiempo rodeada de tu familia, yo ya no tengo esa posibilidad por si no te diste cuenta. Escúchenme bien, niñas, no desaprovechen cada oportunidad que tengan de poder reír al lado de sus padres, porque no los tendrán a su lado toda la vida. Si de algo les servirá la cuarentena es de aprender a tomar más conciencia que antes, que lo que verdaderamente importa son los lazos que las unen a las personas que quieren.

―¿Alguna quiere jugar a las cartas? ―preguntó Ricardo asomándose al tejido metálico de la puerta de la cocina.

―¡Yo! ―gritaron ambas y se marcharon a toda prisa.

Publicado la semana 39. 21/09/2020
Etiquetas
Fantasía , En cualquier momento
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