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José A. Guerrero

Relatos de Lutheia: Furianegra

―¿Quién será el primero? ―preguntó Tibern―. Es una clase obligatoria, deben hacerlo o le diré a mi padre que les descuente dinero de la miseria que ganan.

El silencio que antes predominaba se había convertido en un fuerte murmullo, el fastidio que sentían era muy grande.

―¿Por qué no lo monta usted, mi señor? ―dijo un mozo de cuadra.

―Yo ya sé montar y me niego a darles una demostración. ¿Quién es el valiente que lo intentará? Es solo un caballo, no tienen por qué temerle.

―Ese es el peor de todos, mi señor ―dijo alguien más―. Nadie ha podido permanecer encima de él por más de dos segundos, lo juro, yo vi al último jinete que salió volando al montarlo. Podría elegir otro caballo si piensa que lo de hoy será una lección para quienes nunca han cabalgado.

―No, de ninguna manera. Será este corcel y no van a poder negarse, sé muy bien quiénes no saben montar, lo elegiré a dedo y si no acceden a subirse a él les juro que pierden el trabajo que les brinda mi familia. Incluso haré esto más interesante para que vean que soy alguien que los aprecia y estima en demasía, quien logre montarlo y permanecer sin caer por más de cinco minutos se quedará con él.

―¡Yo lo haré! ―gritó Bairon saltando por arriba de la cerca.

―Por fin tenemos al primer voluntario. Mucha suerte…

Bairon tomó las riendas y de inmediato el corcel soltó un fuerte relincho y se puso inquieto, así que lo acarició para que no estuviera tan nervioso.

―¡Si ya te hiciste encima, chico, ve a cambiarte! ―nadie lo acompañó en la risa.

Ya habiéndose preparado mentalmente, puso uno de sus pies en los estribos y de un raudo salto lo montó. Estaba muy nervioso, sabía que Furianegra no se dejaría domar tan fácilmente. El corcel volvió a relinchar, pero esta vez levantó sus dos patas delanteras exponiendo el brillo azabache de su majestuoso cuerpo. Todos se sorprendieron que Bairon no cayera, dado que hizo presión con sus pies en los estribos, se sostuvo con fuerza de una mano con las riendas y con la otra sujetó el cuerno de la silla.

Furianegra apoyó sus patas en el suelo muy molesto, relinchó nuevamente y comenzó a trasladarse con mucha rapidez dando vueltas en círculos a la par de la valla de madera. Todos los peones que permanecían sentados o colgados de la misma debieron moverse. «Lo lograré, lo lograré, lo lograré», se repetía en su cabeza mientras hundía sus dedos en la espesa y larga crin. Ya habían pasado más de cinco minutos entre todas las vueltas que dio en el corral, las caricias que le dio surtieron efecto y lograron anestesiar al animal. Todos los peones alrededor del corral festejaban y aplaudían la gran capacidad de cabalgar que tuvo el jinete de quince años. El único que se mantenía callado y con una cara de pocos amigos era Tibern.

Bairon se apeó del caballo con una sonrisa y vio cómo el joven noble ingresó al corral con mucho fastidio pretendiendo acabar lo que había empezado. Sujetó a Furianegra de las riendas y comenzó a apartarlo de quien lo había domado.

―¿Adónde te lo llevas? ―preguntó Bairon.

―Al establo y dirígete a mí diciéndome «mi señor» o te corto la lengua.

―¿Por qué? Gané la apuesta lo que significa que es mío.

―¿Tuyo? Eres un simple peón ―soltó una carcajada―. Jamás tendrás el oro para pagar semejante corcel, no me hagas reír y vuelve a tu trabajo.

Bairon corrió delante de él y le cortó el paso. Al ver que estaban desafiando su autoridad, la mirada de Tibern se ensombreció, soltó las riendas con las que tiraba del caballo y desenvainó su espada buscando amedrentarlo.

―¡Apártate!

―¡No! ―rugió desafiándolo con su mirada seria.

Tibern se acercó unos pasos y le apoyó la filosa hoja de acero en la mejilla, no hizo ningún movimiento brusco, simplemente le rozó la piel y un punto escarlata emergió trazando una línea.

―¡Detente! ―todos voltearon a verlo y se apartaron para cederle el paso cuando se aproximó al corral e ingresó por la puerta―. ¿Qué crees que estás haciendo?

―Él ha osado desafiarme, padre, no me cedió el paso.

―¿Y pensabas quitarle la vida por eso?

―No, es solo que estaba dando las lecciones de cabalgar hasta que…

―Perdiste la apuesta ―acotó Bairon.

―¡Cállate! ―rugió Tibern―. No te atrevas a hablarle.

―¿Qué apuesta? Explícate, muchacho.

―No es nada, padre.

―Tú mejor cállate ―miró a Bairon―. Háblame de esa apuesta.

―Consistía en que quien montara a Furianegra por más de cinco minutos se lo quedaría, mi señor. Yo lo hice. El caballo es mío.

―¿Furianegra? Qué original ―le dirigió una mirada fulminante a su hijo―. Si las cosas son así, ¿qué más da? Te felicito por haber ganado, chico, ve a hacer que te suturen el corte en la mejilla ―volvió a mirar a su hijo―. Tú sígueme en silencio.

Publicado la semana 33. 10/08/2020
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Fantasía , En cualquier momento
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