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José A. Guerrero

Relatos de Lutheia: Fauno

Mientras comenzaba a despertar de su siesta bajo la sombra de un arce, se tomó la cabeza al sentir un fuerte mareo que se sumaba a ese dolor punzante en uno de sus ojos que llevaba padeciendo hace varias horas. Se puso de pie y agarró la flauta que le había regalado una de las niñas de la aldea que había oído muchas historias por parte de su abuela acerca de los faunos y su facilidad de tocar instrumentos musicales.

Alzó la vista para mirar el cielo gris que delataba que la lluvia comenzaría en pocos minutos, así que pensó que sería mejor ir a visitar alguna taberna que lo alojara temporalmente mientras tocaba un poco de música para entretener a la gente. Salió de entre la espesura y caminó hacia el sendero pedregoso que conducía a Mialser, la aldea que llevaba frecuentando hace más de una semana.

Sus pezuñas iban dejando un rastro a medida que avanzaba por las calles de tierra. Cuando estuvo frente a la puerta del establecimiento en el que pensaba refugiarse de la lluvia, se sorprendió al ver acercarse a un grupo de leñadores con sus hachas.

―Lárgate a menos que quieras que te matemos.

―¿Qué? ¿No me reconocen? Soy Daaren, vengo aquí a menudo ―miró al sujeto que acababa de hablarle―. ¿Tú no te llamabas Ralf? Bebimos juntos el otro día.

―Me da igual quién seas, ya no eres bienvenido en Mialser.

―¿Por qué? No he hecho nada malo.

―Pero lo harás, matarás y violarás.

―¿De qué hablas? Yo no pienso…

―¡Lárgate de una puta vez!

Al ver que uno de ellos comenzó a acercarse con la intención de matarlo con su hacha, dio media vuelta y comenzó a correr en dirección a la densa espesura en la que hace unas horas estuvo descansando. Con los ojos llorosos por no entender nada de lo que estaba ocurriendo, llegó hasta un pequeño río en el cual se arrodilló para poder saciar su sed. Cuando su rostro se reflejó en el agua lo comprendió todo, ese ojo que llevaba horas doliéndole había mutado y pronto él también lo haría.

Oyó las voces de los leñadores que gritaron cuando lo divisaron a la distancia, así que se puso de pie y regresó corriendo a la espesura para alejarse lo más que podía de allí. La tortuosa persecución acabó cuando lo acorralaron en un precipicio y vio cómo las filosas hachas se le acercaban cada vez más. No dudó en saltar.

Publicado la semana 20. 11/05/2020
Etiquetas
Fantasía , En cualquier momento
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