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José A. Guerrero

Las mellizas Gavilán. Cap. II

Lucía se despertó temprano como era habitual en ella, antes de salir de la habitación, miró a Camila dormir con mucha parsimonia, sentía un poco de envidia en que ella no pudo conciliar el sueño hasta altas horas de la noche, cuando llegó a divisar la luna a través de la ventana. Había algo en ella que le decía que lo que vivieron el día anterior, se volvería moneda corriente de ahora en más, y en parte, esa sensación le causaba tanto miedo como fascinación. Sin embargo, la preocupación de haber visto a su hermana desmayada luego de que tocara el sauce, o la de haber visto a una «señora» de atuendo elegante y sombrero, que nadie más vio, le causaban una sensación muy desagradable, en la que el miedo se le agolpaba en el corazón.

Cuando miró en la habitación de al lado, vio que sus padres seguían durmiendo en la cama matrimonial, así que se dirigió a la cocina en puntitas de pie para no despertar a nadie. Una vez allí, buscó el paquete de las Oreo que habían abierto en el viaje a Oriente, y miró por la ventanita de la puerta que llevaba al patio trasero, una vez que ignoró los alambres del mosquitero, enfocó su vista en el imponente sauce que en altura superaba el techo de la casa. «Si volvés a lastimar a Cami, te juro que me compro una motosierra», pensó la niña al fulminar con la mirada el grueso tronco del árbol. Fue entonces que con una brisa del viento, las cortinas de hojas caídas susurraron, y en pleno movimiento, logró divisar la silueta de la «señora» que vestía elegantemente con su sombrero negro.

No lo dudó ni por un instante, porque sabía muy bien que si la perdía de vista se iría, así que abrió la puerta, y luego apartó el mosquitero, y finalmente corrió hasta llegar a ella. Cuando ya solo la separaban unos pocos pasos, se detuvo y la miró de hito en hito; al darse cuenta que no parecía un fantasma como los que estaba acostumbrada a ver en los dibujos animados o en las películas que veía, sonrió y dijo:

―Hola, ¿quién sos? ―hizo el amago de querer extender su mano para estrechársela y de ese modo comprobar que era de carne y hueso, pero finalmente se lo pensó mejor, y decidió no hacerlo, porque a una parte de ella le daba miedo saber la verdad.

―Hola, me llamo Celia ―le sonrió y dio unos pasitos hacia ella para acercársele―. Vos te llamás Lucía, ¿no? ―al verla asentir ensanchó su sonrisa.

―Vos sos la señora que vi ayer al lado del auto, ¿no?

―Sí, Lu, era yo… ―asintió, y el moño que había en su sombrero negro, osciló levemente por el movimiento.

―¿Y cómo fue que hiciste para irte sin que te viera nadie? Porque estoy segura que una señora tan viejita como vos no puede salir corriendo tan rápido, ¿no? ―al ver que la anciana no contestaba, creyó que fue muy maleducada al decirle «viejita», y comenzó a farfullar―: Perdón, perdón, perdón, no quise decir que sos…

―No te preocupes, Lu, la verdad no ofende ―suspiró un tanto apesadumbrada, y al ver que la niña se le había quedado mirando sin decir nada más, añadió―: Sí, soy bastante viejita, ya tengo unos cuantos años en mi haber. Y… ¿querés saber otra cosa?

―¿Qué? ―preguntó Lucía sintiendo mucha curiosidad.

―Ya no soy la misma de antes, y tampoco esta casa es como cualquier otra, porque en definitiva tiene sus encantos, y me hago la idea de que ya te diste cuenta, ¿no?

―¿Encantos? ¿Querés decir algo así como encantamientos, o hechizos, o…?

―Magia ―dijo Celia, que en el preciso momento en el que dijo aquello, una brisa sopló con tanta intensidad, que hizo danzar la cortina de hojas caídas del sauce, provocando de ese modo que se oyera un murmullo muy delicado.

―¿Lu? ―Lucía se dio la vuelta al oír la voz de su padre proveniente de la cocina―. ¿Qué hacés que te levantaste tan tempranito? ¿No estás cansada por el viaje?

―No, papi ―dijo con tanto entusiasmo, que al instante en el que se propuso decirle que quería presentarle a Celia, algo en ella le dijo que no lo hiciera porque presentía que la «señora» que vestía un atuendo elegante y un sombrero negro, ya no estaba allí. Y efectivamente, cuando volteó a ver a la anciana con la que hace instantes conversaba, solo se encontró las hojas caídas del sauce, que oscilaban con mucha parsimonia. Aquello la desilusionó bastante, ya que quería que su papá la conociera, así veía de una buena vez quién era esa anciana que vio al día anterior junto al 306 dorado.

―Vení, Lu ―dijo Ricardo abriendo la puerta de aluminio del mosquitero―. Vení que te preparo una rica chocolatada.

Una vez que desayunó en la cocina con su padre, fue a pasear al patio trasero, anhelando volver a ver a Celia, pero no la encontró por ninguna parte. El día anterior estuvo tan asombrada por lo del árbol y lo de la anciana cuando la vio cerca del auto, que se había pasado por alto explorar los alrededores de la casa de principio a fin. Fue en esos momentos en los que se paseaba muy contenta alrededor del imponente sauce llorón, que encontró un pequeño garaje cubierto de hiedra y rodeado de plantas muy altas que evitaban que fuera divisado a la distancia. Observó detenidamente que, allí donde la hiedra aún no había escalado, la pintura era blanca, y tenía la misma textura rugosa que la casa en la que pasó la noche; otra similitud era el tejado descolorido y puede que dañado por el paso del tiempo. Lucía optó por abrir la puerta para explorar un poco de lo que había allí, cuando se dio cuenta que el garaje estaba cerrado con llave. Estaba dispuesta a darse la vuelta para ir de regreso a la casa, y de ese modo decirle a su padre que quería que le abriera para poder conocerlo por dentro, cuando se dio cuenta que entre las plantas había una pequeña criaturita blanca y peluda que estaba observándola. Tendría el tamaño de un conejo; su pelaje era blanco como la nieve, y pomposo como el algodón. Se encontraba de pie sobre sus patas traseras, y tenía una carita redonda sin pelo, y unas manitos y piecitos con la misma característica.

―Hola, pequeñín ―dijo Lucía al acuclillarse para no espantarlo―. ¿Quién sos? ―la respuesta de la tierna criaturita, fue la de comenzar a correr con desesperación por entre las plantas, y la reacción de la niña fue perseguirlo por todas partes. Finalmente lo vio abandonar las plantas y correr hasta la casa, así que le siguió las pisadas, y se sorprendió cuando lo vio ingresar por un ventiluz del sótano que tenía el cristal roto. No se dio por vencida, así que corrió hasta ver a su padre desembalando unas cajas que habían llegado con la mudanza, y le avisó que vio que una criatura se metió por una ventanita rota. Cuando Ricardo llegó al patio trasero y vio el cristal del ventiluz del sótano con un agujero enorme, hizo una mueca por saber que allí debería estar lleno de ratas―. ¿Esa ventana a donde lleva, papi?

―Hay un sótano debajo del pequeño almacén que hay junto a la cocina.

―¿¡Un sótano!? ―exclamó Lucía totalmente azorada por la revelación―. ¡Nunca nos dijiste que la casa tiene un sótano!

―¿Y qué con eso, Lu? ―preguntó Ricardo abriendo muy grande sus ojos.

―¡Que los sótanos están llenos de monstruos! ¡Yo vi uno recién!

―Debería ser una rata… ―replicó su padre con desdén.

―¡Que no! ¡Yo sé cómo son las ratas, papi! ¡Ese monstruito que vi tenía piecitos y manitos, y la cara tampoco tenía pelo! ¡Te juro que era un monstruito, papi!

―Y dale con lo de monstruito, Lu ―dijo Ricardo poniendo los ojos en blanco―, te apuesto lo que quieras a que lo que viste era una rata gorda y fea ―sin mediar más palabra desapareció al cruzar el umbral de la puerta.

Lucía, muy ceñuda al igual que siempre se ponía cuando decía la verdad y no le creían, caminó un tanto meditativa hasta el ventiluz, y allí se acuclilló para intentar ver lo que sea que pudiera llegar a ver a través de la pequeña abertura en la que faltaba un pedazo muy grande del cristal opaco.

―¿Hola? ―dijo con timidez al darse cuenta que no podía ver nada―. ¿Estás por ahí, pequeñín? No quiero que te asustes, quiero que seamos amigos…

―¿De quién querés ser amiga, Lu? ―le preguntó Camila, que apareció junto al alambrado metálico de la puerta de aluminio.

―De un monstruito que vi, Cami ―dijo con una total franqueza mientras seguía pispiando a través del hueco en el que faltaba un pedazo de cristal opaco.

―¿Monstruito? ―repitió Camila, que muy interesada y curiosa como siempre se ponía al oír sobre alguna novedad, cruzó el umbral de la puerta y con mucho cuidado comenzó a caminar en la dirección de la que estaba segura que oyó a su melliza. Lucía, al ver que su hermana se aproximaba a ella con cierto temor por tropezarse con algo, se aproximó a ella con rapidez y la tomó de la mano para guiarla hasta el ventiluz roto.

―Es ahí… ―afirmó la niña al tomar la mano de su hermana ciega, y posarla con mucho cuidado en el borde del cristal quebrado―. Por esta ventanita rota se metió el monstruito blanco del que te estoy hablando, Cami.

―¿Cómo era? ―preguntó sintiendo mucha curiosidad. Una vez que le hicieron una descripción minuciosa, no puedo evitar decir―: Parece re lindo, y es re chiquitito por lo que me contás, Lu. ¿Dónde lo viste?

―Cerca del garaje ―contestó mirando en dirección al mismo.

―¿Tenemos un garaje? ―dijo Camila un tanto sorprendida―. No me lo dijiste.

―Es que ayer pasaron tantas cosas que no me di cuenta de mirar hacia ese lado, porque creí que no había más que plantas, pero cuando me acerqué vi que había unos muros igual de rugosos y blancos que la casa, y un tejadito, también descolorido. ¡Ah! ¡También tenemos un sótano! ―dijo un poco consternada.

―¿Un sótano? ―repitió su melliza un poco preocupada.

―Sí, la ventanita que te estaba mostrando hace un ratito lleva al sótano ―se explicó mientras miraba en esa dirección―. Papi me dijo que está debajo del almacén chiquito que tenemos al lado de la cocina.

―¿Ahí? ―preguntó Camila muy sorprendida―. Pero si ayer me hiciste medir el lugar, y era re chiquito, ¿no? ¿Cómo es que ahí abajo hay un sótano?

―No sé, no tengo ni idea, Cami ―contestó un tanto indignada al ver que la cara de su hermana no parecía estar tan preocupada como hace instantes―. Pero… ¿por qué ponés esa cara? Se supone que un sótano es un lugar lleno de monstruos.

―Pero el monstruito que viste era re bonito ―repuso su melliza.

―Sí, pero igual ―protestó Lucía―. Imaginate si vemos otros que sean horribles, o peor… peligrosos ―se expresó tan asustada, que le temblaban las piernas.

―No seas tan temerosa, Lu ―replicó Camila con una total despreocupación.

―¿Qué no sea tan…? ¿¡Cómo podés decir eso!? ¡Yo no soy temerosa!

―Por supuesto que lo sos ―dijo Camila muy risueña―, ayer no te podías dormir por todo lo que pasó, y la verdad es que no pasó mucho, ¿no? Solo me desmayé y vos viste una «señora» que vestía elegante y tenía un sombrero negro.

―No puedo creer todo lo que estás diciendo ―Lucía estaba totalmente indignada por oír la manera de hablar de su melliza―, ¿¡qué no pasó mucho!? ¡Creí que por poco te ibas a morir luego de que tocaste el sauce y viste todo eso!

―Shhhh… que papá y mamá no se tienen que enterar.

―¡Bien! ―susurró Lucía muy fastidiosa―. Pero no vuelvas a decirme que lo que pasó ayer no fue nada, porque sí que lo fue. Y luego vimos a Celia…

―¿Celia? ―repitió Camila sin poder comprenderla en lo absoluto.

―Ah, sí, volví a verla esta mañana, Cami… ―dijo Lucía sin poder sostenerle la mirada―, supongo que ella no es una persona común y corriente.

―Con eso de que volviste a verla esta mañana ―Camila hizo una mueca―, ¿quiere decir que pudiste hablar con ella?

―Sí, hablamos un ratito, hasta que apareció papi, y ella desapareció.

―Entonces… ―comenzó a decir su melliza con sus ojitos ciegos ligeramente desviados hacia arriba, al igual que siempre le ocurría cuando hablaba―, me estás diciendo que Celia, o sea… esa «señora» que viste ayer al lado del auto, es…

―Sí ―afirmó sin atreverse a mencionar esa palabra―, es eso lo que digo.

―No puedo creer que estamos en una casa embrujada ―repuso con asombro.

―Ella usó la palabra «encanto» ―le murmuró Lucía a su hermana es voz baja cuando oyó que en la cocina estaba su madre dando vueltas―, dijo algo así como que esta casa tiene sus encantos, y que por lo visto nosotras ya nos dimos cuenta de eso.

―Sí ―susurró Camila, que también oía ruidos desde la cocina, y supo perfectamente que su hermana hablaba bajito para que sus padres no la oyeran―, entonces es verdad lo que nos dijo nuestra amiga, ¿eh?

―¿Qué amiga? ―dijo Claudia cuando se asomó al tejido metálico del mosquitero. Al ver que ninguna de sus hijas decía nada, frunció el entrecejo y las miró con desconfianza―. ¿No me van a decir?

―Eh… ―dijo Camila sin saber qué decir.

―No estamos del todo seguras que sea una nena, mami ―comenzó a decir Lucía haciéndose la pensativa―, porque en definitiva era un monstruito y podía ser varoncito.

―¿Monstruito? ―repitió Claudia abriendo muy grande sus ojos.

―Sí, mami, un monstruito ―afirmó Lucía con una gran convicción en la que buscaba convencer a su madre para que le creyera. Al ver que su padre pasó a espaldas de su madre, con mucha audacia añadió―: Papi sabe muy bien de lo que estoy hablando…

―¿Me podés explicar qué está diciendo nuestra hija, mi amor? ―le preguntó Claudia, que al instante se alejó del tejido metálico y caminó hacia la mesa en la que su esposo estaba depositando un baúl viejo que estaba destinado a ir a parar al sótano.

Lucía suspiró al oír el murmullo de las conversaciones de sus padres, y cuando oyó chillar a su madre al decir la palabra «rata», soltó una risita de complicidad con su melliza y la condujo al otro lado del patio trasero, cerca del garaje que permanecía con la puerta cerrada, y totalmente camuflado por la naturaleza.

―Acá no nos van a escuchar, Cami ―le dijo al ponerle una mano en el hombro.

―¿Dónde estamos, Lu? ―preguntó su melliza abriendo las aletas de su nariz cuando inhalaba profundamente para sentir los olores que la rodeaban.

―Cerca del garaje, ¿por? ―miraba de forma recelosa la puerta de aluminio de la cocina, porque quería seguir conversando de Celia con su hermana, y temía que desde allí aparecieran sus padres para volver a interrumpirlas por algo.

―Porque me gustan mucho los olores que hay, ¿a vos no?

―Sí, son ricos ―inhaló profundo para tratar de comprender a su hermana, y sentir el aroma de la humedad, las flores y la tierra, hizo que en cierta forma la entendiera―. Pero volviendo a lo que hablábamos de nuestra «amiga», ¿qué pensás?

―¿Qué pienso con qué, Lu? ―repuso ella sin poder captar su idea.

―Con que si debemos decirles a papá y a mamá sobre Celia, y sobre lo que viste cuando tocaste el sauce; porque todo esto que estamos viviendo puede llegar a ponerse un poco peligroso, ¿no te parece?

―¿Peligroso? Creo que estás exagerando, Lu ―dijo la niña ciega un tanto risueña―, no tenés que ser tan miedosa, ¿sabés? Lo del árbol ya no va a volver a pasar, porque te dije que no lo iba a volver a tocar, ¿sí? Ahora, lo de Celia, hmmm… yo pienso que no, porque si nuestra «amiga» no quiere mostrarse delante de nuestros padres, debe ser por algo que quizás debamos respetar, ¿no te parece?

―Tal vez tenés razón, Cami… ―Lucía suspiró un poco intranquila, porque todavía no podía creer que de Capital, hayan ido a parar a una casa encantada.

―Vamos, tranqui, hermanita ―repuso Camila poniéndole una mano al hombro―, hacé de cuenta que todo lo que estamos viviendo es el comienzo de una aventura.

―Sos demasiado optimista, Cami ―dijo un poco atemorizada.

―Y vos sos demasiado pesimista, Lu ―replicó su melliza poniéndole una mano en cada mejilla―. Vamos, che, abrí los ojos, que vos sos la única de las dos que puede ver. Vinimos a parar a un lugar mágico, un lugar al que jamás hubiésemos imaginado que llegaríamos. Estamos rodeadas de naturaleza, vos sos la única de las dos que pudo hablar con nuestra nueva «amiga», y yo soy la única de las dos que pudo ver algo al tocar el tronco del sauce. ¿No entendés, Lu? ¡Pude ver algo! Jamás, en toda mi vida, y vos lo sabés bien, tuve la suerte de ver la luz del sol, pero ayer todo eso cambió, ¿no te das cuenta?

―Creo que tenés razón, Cami, pero de todas formas me da un poco de cosita que no le digamos nada a mami y a papi.

―¿Y qué esperás que hagan? Lo más probable es que nos ignoren y nos traten de tontas, como ya te pasó a vos con ese monstruito que viste, Lu, papá está empecinado en decir que no es ni más ni menos que una rata.

―Sí, Cami, cuando tenés razón, tenés razón.

―Obvio que sí, hermanita ―bostezó y se llevó una mano a la boca―. ¿Ahora que se supone que vamos a hacer, Lu?

―¿Qué querés decir? ―repuso al no poder comprenderla.

―Nada, solo pregunto, Lu ―puso el ceño fruncido mientras pensaba―. ¿Qué tal si nos metemos en el sótano para intentar encontrar al monstruito?

―¿¡Estás loca!? ―exclamó Lucía un tanto indignada.

―Vamos, che, no seas tan miedosa ―replicó con desdén―, se supone que es un monstruito chiquitito, además de temeroso, ¿qué nos puede llegar a hacer?

―Puede ser peligroso, Cami ―dijo su melliza un tanto dubitativa mientras meditaba la propuesta de su hermana―, ¿y si en el sótano hay arañas?

―Oh, qué dilema ―dijo con sorna al hacerse la idea de que su hermana heredó la misma personalidad asustadiza de su madre con lo que tienen que ver con arácnidos. Se le acercó levemente y movió los dedos de la mano como si fueran las patitas de una araña, y comenzó a escalarle los brazos y la espalda a su hermana. Soltó una carcajada cuando la oyó chillar y replicarle que era una idiota por el enfado que siempre le provocaba que se le burlara de la fobia que le tenía a algunos bichos―. Vamos, no tenés que ponerte así, Lu, era un chiste, ¿por qué no te relajás un poquito?

―Tus chistes no tienen gracia, Camila ―repuso muy molesta mientras la fulminaba con la mirada―. Además, puede ser muy peligroso que nos metamos en el sótano.

―Hace un ratito me dijiste que se llega desde el almacén chiquito que hay al lado de la cocina, ¿no? ―preguntó la niña ciega ante una ocurrencia que llegó a tener.

―Sí, ¿por qué? ―al verla sonreír negó con la cabeza y le apuntó con el dedo, pese a que sabía muy bien que no podían verla―. ¡Ni se te vaya a ocurrir!

―¿Qué cosa? ―dijo muy traviesa―. No sé de qué me estás hablando, Lu.

―No te hagás la boluda ―replicó muy fastidiosa al ver esa carita de inocentona―, porque sé muy bien las ideas que se te están pasando por la cabeza.

―En verdad, hermanita, no estoy llegando a entenderte… ―dijo con sorna.

―¡Basta! ¡Porque te juro que si llegas a ir al sótano le digo todo a mamá y a papá!

―No te van a creer, Lu ―repuso Camila con una tranquilidad absoluta―, van a decir que tenés mucha imaginación, por las largas horas que te pasás viendo esos anime desde el celular. Vamos, che, abrí los ojos, tontita, esta casa está encantada, y sé muy bien que lo sabés de sobra, ahora solo nos queda a nosotras seguir buscando esa magia.

―¿Vos decís que nos metamos en el sótano? ―meditó con timidez.

―¿Y a dónde más podemos ir? ―ladeó la cabeza y frunció el entrecejo al recordar lo que conversaron hace un rato―. Sino le decimos a papi que nos abra el garaje, ¿no?

―Sí, eso también se lo tendríamos que pedir ―Lucía suspiró un tanto fastidiosa, porque sabía muy bien que su hermana la estaba arrastrado a esa aventura que ella, por miedo a las arañas que podría encontrar en el sótano, estaba dispuesta a dejar de lado―, pero la verdad es que quisiera volver a ver al monstruito, tal vez sea amigable…

―Esa es la hermanita que quiero tener a mi lado, ¿vamos?

―Obvio que vamos… ―la tomó de la muñeca y la guió por todo el patio trasero, hasta el caminito de piedra que rodea la casa, y desde allí caminaron hasta llegar a la puerta de aluminio de la cocina, donde se encontraron a sus padres conversando mientras estaban sentados en la mesa, y con unos mates de por medio.

―¿Qué van a hacer mis pichoncitas? ―dijo Claudia ni bien le cebaba un mate a su marido, y metía su mano en la bandeja de palmeritas que había ido a comprar a la panadería que estaba a una considerable distancia de donde ellos vivían.

―Íbamos al só… ―comenzó a decir Lucía, que inmediatamente sintió que su melliza le pellizcaba a la mano, y allí mismo chilló―. ¡Ay!

―Íbamos a jugar en el almacén ―dijo Camila sonriendo al igual que siempre sonreía cuando iba a cometer una travesura―, así que vamos a estar acá al ladito, ma.

Ignorando la conversación que siguieron teniendo sus padres ni bien ellas ingresaron al pequeño almacén ubicado junto a la cocina, se propusieron buscar la trampilla que las condujera al sótano. Debieron tomarse su tiempo para encontrarla y no hacer ruido, porque Ricardo y Claudia podían llegar a aparecer si llamaban su atención. Lucía que era la única de las dos hermanas que tenía la capacidad de ver, no pudo divisar la trampilla que estaba debajo de un tapizado, por el contrario, Camila sí logró encontrar su ubicación por llegar a tocar con la mano las argollas que les permitía levantar las dos puertas que ocultaban la escalera que las llevaba al sótano. Entre las dos mellizas hicieron su mejor esfuerzo para abrir la trampilla sin que hicieran demasiado ruido, lo lograron con cierto tiempo de tardanza, porque la madera que componía las compuertas eran macizas, y sus bisagras estaban un tanto atiborradas de óxido.

―¿Qué ves, Lu? ―le preguntó Camila con un susurro.

―Hay cajas ―contestó a secas mientras aguzaba la vista para observar a través de las partículas de polvo que flotaban en el aire y se hacían visibles gracias a los haces de luz solar que se filtraban desde los ventiluces; especialmente el que tenía el cristal roto―, hmmm, creo que solo hay cajas, y… me parece que por ahí veo un libro enorme.

―¿Un libro? ¿Qué tipo de libro?

―No sé, Cami… ―dijo Lucía mostrándose un tanto dubitativa al pensar que tenía que bajar una pequeña escalera para meterse allí.

―Bueno ―le puso una mano al hombro para inspirarle un poco de seguridad, ya que se dio cuenta que la oyó algo indecisa―, bajá, dale, no pierdas tiempo.

―Pero está un poco oscuro, y estoy viendo telarañas en un rincón, y…

―¿Y qué? ―preguntó al percatarse que se quedó en silencio.

―El monstruito está ahí, Cami, está parado sobre una caja, y nos está mirando…

―¿En serio? ¿Y cómo es? ―preguntó muy entusiasmada.

―No sé, pomposo, parece un conejo, mitad rata, eh… y… ¿mitad mono?

―¿¡Mono!? ¿¡Es un monito!? ¡No me lo puedo creer!

―Shhhh… no, Cami, no es un monito, pero tiene piecitos y manitos como las nuestras ―volvió a quedarse en silencio cuando lo vio alzar una mano para gesticular como si estuviera saludándola―. Creo que nos…

―¿Nos qué? ―se apresuró a decir Camila un tanto irritada por sus silencios.

―Creo que nos está saludando, Cami ―estaba anonadada por lo que veía.

―Ay, qué tierno ―dijo muy sonriente y entusiasmada―, dale, Lu, bajá…

―Pero… ―se volvió a mostrar dubitativa, y comenzó a oponer resistencia a los brazos de su melliza, que la aproximaban cada vez más a la escalera.

―¡Bajá! ―gritó Camila, que por impacientarse tanto, se dio cuenta que había hablado tan fuerte, que atrajo la atención de sus padres, los cuales se pusieron de pie y fueron a ver a qué se debió ese grito por parte de una de sus hijas.

―¿Qué está pasando acá? ―dijo Ricardo ni bien cruzó el umbral de la puerta.

―¡Salgan ahora mismo de ahí! ―chilló Claudia cuando las vio tan cerca de la escalera que conducía al sótano―. ¡No pueden entrar ahí! ¡Su padre me dijo que se había metido una rata por el ventiluz roto! ¡Así que vayan al baño y lávense las manos!

―Pero si ni siquiera nos metimos, mami ―protestó Camila.

―Sin decir ni «a», ¿me escucharon? Vayan al baño a lavarse las manos, y no me hagan enojar, porque les juro que las obligo a darse una ducha ahora mismo…

―¡No! ―dijeron las mellizas, que se dirigieron fuera de la pequeña habitación que cumplía una única función como almacén de alimentos por estar anexada a la cocina.

―Vos también, Ricardo… ―dijo Claudia fulminando con la mirada a su marido, al cual veía bastante curioso por todo lo que estaba observando desde las puertas abiertas―. Salí de ahí, que tenemos que llamar a un exterminador.

―¿Exterminador? ―repitió antes de soltar una carcajada por lo gracioso que encontró aquel comentario―. ¿Vos te escuchás lo que decís, Claudia? ¿Sabés lo que nos va a llegar a cobrar un exterminador por matar una rata?

―¿Y qué proponés? Porque me niego a convivir con ratas, y te voy avisando que si esa es tu idea de que así será nuestra vida de ahora en adelante, te juro que me llevo a las nenas y me mudo con mi madre a Bahía Blanca.

―¿Qué te mudas con…? No digas eso ni en joda, Claudia, quedate tranquila que lo voy a resolver.

―Lucía te dijo que vio una ―replicó Claudia negando con la cabeza―, pero me imagino que tenemos el sótano infestado. Así que cerrá esas puertas, y en un ratito nomás, te vas a buscar un buen exterminador, ¿entendiste?

―Está bien… ―dijo Ricardo totalmente resignado para no tener que discutir.

―Pero, papi, el monstruito se va a morir ―dijo Lucía totalmente indignada por lo que acababa de oír junto a su melliza, desde el umbral de la puerta.

―¿Ya se lavaron las manos? ―preguntó Claudia con el ceño fruncido.

―No, pero… ―comenzó a decir Lucía antes de ser interrumpida por su madre.

―¡Vayan a lavarse las manos o las meto en la bañera con agua fría!

Las mellizas un poco fastidiosas con la actitud autoritaria de su madre, se dieron la vuelta y se dirigieron al baño, cuando oyeron a sus espaldas las palabras de esta última, diciendo algo así como: «¿Te das cuenta que siempre me hacés quedar como la mala de la película? No, no quiero que digas nada, Ricardo. Cerrá esas puertas y andá a buscar un exterminador, ¿me entendiste?».

―¿Por qué mami se pondrá tan mala a veces? ―preguntó Camila un poco fastidiosa, porque temía que ese exterminador que iban a ir a buscar, se encargara de matar por accidente al monstruito del que le habló Lucía.

―Es por los bichos, ¿no te acordás la vez que estuvimos en San Isidro?

―¿Decís de cuando fuimos a pasar un finde a la casa del abuelito de papi?

―Sí, ¿no te acordás que te conté que se subió a un sillón de un salto?

―¿Cómo me voy a olvidar de eso? ―dijo Camila un poco fastidiosa―. Me acuerdo que ese mismo día, yo pensé que vos, cuando me quedé dormida en una cama, me estabas haciendo cosquillas en la pierna, y al final mami me despertó a los gritos, cuando vio que tenía una tarántula caminándome cerca de la rodilla.

Lucía se estremeció ante aquel comentario.

―Ufff… que feo pensar en eso, Cami ―dijo sintiendo un poco de asco y temor ante la idea de encontrarse con una situación similar en la casa a la que acababan de mudarse―. ¿No estás un poco aburrida?

―Me intriga el monstruito… ―dijo la niña ciega haciendo una mueca.

―A mí también, pero mientras mami esté dando vueltas en la cocina, no vamos a poder volver a acercarnos al sótano. ¿Crees que el monstruito se va a morir?

―¿Lo decís por lo del exterminador?

―Sí… ―dijo un poco afligida ante la idea de que eso llegara a ocurrir.

―No, Lu, quedate tranquila ―le palmeó un hombro y sonrió―. Vos misma viste que papi no fue capaz de decir que lo vio, así que de seguro se escapó por ese lugarcito roto que mami dijo que tenía la ventanita.

―¿Decís que se va a salvar?

―Yo te apuesto lo que quieras que sí ―le sonrió para inspirarle confianza.

―¿Sí? ―al verla asentir, también asintió, y aquello pareció convencerla que así iba a ser―. Bien, entonces voy a intentar pensar en otra cosa, hmmm… ¿hacemos algo?

―¿Cómo qué? ―preguntó Camila poniendo el ceño fruncido al pensar.

―Jugar a algo, Cami, lo que sea, ¿no te parece?

―Bueno, empezá eligiendo vos… ―luego de que se pasaran un rato largo jugando con muñecas y escuchando música de Disney de una playlist que habían puesto YouTube, recibieron la noticia por parte de su madre de que iría a caminar un rato para distenderse, ya que pensar en arañas y ratas, o en las discusiones que venía teniendo con su marido con una mayor frecuencia, le ponía los pelos de punta.

―Papi debe estar por venir en un ratito ―les dijo Claudia mientras las miraba desde el umbral de la puerta de la entrada―. Pórtense bien, ¿sí? ―al ver que las caritas sonrientes de las mellizas le asintieron, sonrió y cerró la puerta con llave.

―¿Estás pensando en lo mismo que yo, Cami? ―preguntó Lucía.

―Obvio, Lu… ―ensanchó su sonrisa y la tomó de la muñeca, para comenzar a guiarla, tal y como se había memorizado la geografía del living-comedor en el que estaban, y fueron a la cocina. Lucía debió advertirle que la puerta que pensaba atravesar, no estaba tan a su derecha, así que cuando logró sobrepasarla palmeándola con mucho cuidado, se adentraron en la cocina, y segundos más tarde en el pequeño almacén―. Ya que estabas pensando en venir, esta vez te vas a animar a bajar, ¿no?

―Hmmm… por ahí tendría que mirar desde arriba ―meditó en voz alta un tanto dubitativa―, creo que podría encontrar al monstruito sin tener que bajar…

―Bueno, está bien ―asintió Camila un poco fastidiosa―, si lo ves no hace falta que bajes, pero si no lo ves, me tenés que prometer que te vas a meter en el sótano, ¿sí?

―Hmmm… ―dijo mostrándose un tanto reticente.

―¡Lucía! ―le espetó su melliza mucho más molesta que antes.

―¡Está bien! ¡Está bien! ―esta vez fue Lucía quien se mostró fastidiosa. Ignoró la sonrisa de su hermana, y dirigió su mirada a las puertas de la trampilla que había en el suelo. Comenzó a jalar de los aros de hierro para abrirlas, y al mismo tiempo añadió―. Si no lo puedo ver, yo… ¡AAAAAAAAH! ―gritó por el susto que le causó ver tan repentinamente a Celia, que se hallaba de pie, observándolas a ambas con una sonrisa.

―Perdóname, Lu, no quise asustarte ―ensanchó una sonrisa y posó su mirada en la niña ciega, y acto seguido añadió―: Que bueno verte, vos eras Camila, ¿no?

―Sí ―dijo con cierta timidez; tenía el rostro dirigido a ese resplandor blanquecino que solamente ella, con su no videncia, podía percibir dentro del sótano―. Y por la manera con la que le hablás a mi hermana, me doy cuenta que vos sos Celia, ¿no?

―¡Que susto me diste! ―gritó Lucía, que todavía se tomaba el pecho por sentirse los latidos tan aceleradas―. ¡No vuelvas a aparecerte así!

―Perdón, Lu, no quise… ―dijo la anciana.

―Por mí aparecete todas las veces que quieras, je ―dijo Camila muy risueña―, y si lo hacés dándole un susto a mi hermanita, mejor todavía ―sonrió muy pícara.

―Que graciosa que sos, Cami ―dijo Lucía fingiendo que le había causado un poco de risa su comentario―, mirá como me río…

―Pero che, no se peleen ―dijo Celia mirándolas con mala cara―, solo vine para hablar un ratito con ustedes, porque veo que sus papis salieron, y la verdad es que me da cosita que las dejen acá solitas. Me pareció que era un momento ideal para conocernos.

―¿Qué te gustaría saber de nosotras?

―Bueno, básicamente qué tal les parece mi casita. Es bonita, ¿no?

―En comparación a donde vivíamos antes ―dijo Lucía meditándolo con mucha tranquilidad―, la verdad es que es preciosa. Ahora nos toca preguntar a nosotras, porque está claro que vos no sos una persona igual a nosotras, ¿me equivoco?

―Bueno, si hablás de mi condición actual, está claro que no lo soy.

―Sí, de eso mismo hablaba, porque me doy cuenta que si te podés aparecer en cualquier sitio en cualquier momento, como ahora en el sótano, quiere decir que…

―Sos un fantasma ―terminó Camila con una sonrisa de oreja a oreja.

―No me gusta ese término, prefiero que digan que soy un espíritu libre.

―¿Cómo que libre? ―repitió Lucía.

―Sabiendo las cosas que yo sé por lo que soy hoy, bueno… podría decir que soy libre hasta cierto punto, y la verdad que no me quejo, che.

―¿Te nos apareces solo a nosotras para asustarnos? ―preguntó Camila un tanto pensativa―. Porque nuestros papás nunca te vieron, ¿no?

―Nunca me gustaría asustar a nadie, esa es la verdad. Pero por ustedes siento lo mismo que sentí por mi nieta cuando tenía su edad. Las quiero porque veo que son unas niñas muy buenas, que se portan bien y que ayudan mucho a sus papis, por más que sé de buena fe que les gusta hacerlos renegar de vez en cuando, ¿eh?

―No nos gusta hacerlos renegar ―acotó Lucía con el ceño fruncido―, ellos se enojan por cualquier cosa ―hizo una mueca cuando escuchó la risa de la anciana―. No es gracioso, tengo razón, pero no cambiemos de tema tan rápido, ¿qué te pasó? ¿Por qué sos un fantas… un espíritu libre?

―Porque la vida es así, supongo. Yo era muy saludable, incluso hacía ejercicio y me cuidaba en las comidas, pero me enfermé igual que muchas personas, y bueno… no pude sobreponerme a esa enfermedad, como algunas personas sí logran hacerlo.

―Pero que yo sepa, las personas que se mueren se van al cielo, ¿vos por qué no…?

―No lo sé, Cami, sencillamente no lo sé. Cuando me quedé dormidita en el hospital, abrí los ojos y me encontraba frente a Saubol.

―¿Saubol? ―dijeron las mellizas al mismo tiempo.

―El árbol sonriente, como así te escuché que lo nombraste, Cami.

―¿Vos estuviste en ese lugar que yo tuve la posibilidad de ver?

―Claro que sí, yo viví en ese lugar durante varios años, hasta que tuve que regresar porque las cosas se pusieron muy peligrosas. No sé si no lo han notado, pero en todas estas cajas polvorientas que hay por acá, hay un montón de hojas de las que yo escribí cosas muy interesantes, de las que me hago la idea que puede que les guste saber.

―¿Escribiste tus aventuras?

―Sí, una parte son cosas que viví y aprendí allá, en Lutheia.

―¿Lutheia? ―volvieron a repetir las niñas totalmente estupefactas.

―Así se llama ese lugar tan bonito. Tiene una larga historia, que se remonta a los tiempos en los que Tionne decidió darle vida a nuestra raza.

―¿Quién es Tionne? ―preguntaron las mellizas una vez más al unísono.

―La Diosa del Agua. Ella fue la que le dio vida a los océanos de todos los planetas que existen, a los ríos, lagos y glaciares. Hay muchos dioses más que son sus hermanos y sus padres, pero para eso van a tener para investigar un largo rato mientras leen.

―Qué raro que me resulta todo lo que decís, Celia… ―dijo Lucía mientras le quitaba el polvo con la palma de la mano, a una caja que estaba sellada con cinta de embalar―. Vamos a tener algo para hacer en el verano por lo que veo, Cami.

―Eso parece ―dijo la niña ciega dirigiendo su mirada hacia el resplandor blanquecino con el que sabía que estaba identificado el espíritu de Celia―. ¿Qué hay de tu nieta? ¿Ella es como nosotras?

―¿Qué querés decir? ―preguntó Celia al no poder comprenderla.

―Que si ella puede verte como nosotras.

―Lamentablemente, cuando yo morí, nunca más regresó a mi casa. Así que no podría decirte si puede verme o no.

―¿Y el monstruito que vimos, Celia? ―preguntó Lucía con el ceño fruncido―. ¿Es un amiguito tuyo que viene de Lutheia?

―Hay una puerta que se mantiene abierta y que conecta a Saubol entre nuestro mundo y Lutheia. Seguramente se las arregló para venir a parar acá.

―Interesante… ―dijo Camila haciendo una mueca mientras analizaba el abanico de posibilidades que se le estaba presentando.

―¿Qué es interesante? ―preguntó Lucía mirándola con desconfianza.

―Nada, nada… ―se apresuró a decir con una pícara sonrisa.

―Espero que no estés pensando nada raro ―dijo Lucía entrecerrando sus ojos.

―¿Yo? ¿Cuándo se me ocurre hacer cosas raras a mí, hermanita?

―No te hagas la…

―Ya volví, chiquillas ―le oyeron decir a Ricardo cuando abrió la puerta de entrada.

Lucía se puso muy nerviosa y le pidió a su hermana que saliera del sótano lo antes posible, estuvo a punto de cerrar la trampilla cuando ambas estuvieron fuera, pero su padre llegó primero y las vio al borde del sótano.

―Hola, papi ―dijeron las mellizas ni bien lo oyeron en el umbral de la puerta.

―Su madre ya les dijo que salieran de ahí, che, se nota que voy a tener que ponerle un candado a esa trampilla porque no se dan cuenta que se pueden caer y lastimar por la escalera. Bueno, salgan de ahí, porque si su madre las ve las va a castigar.

―¿Eso quiere decir que vos no nos vas a castigar, papi? ―preguntó Camila.

―No, pero no le vayan a decir a su madre que las vi ahí, porque si no se va a enojar conmigo y a ustedes las va a castigar muy feo, ¿entendido?

―Claro que sí, pa ―dijo Lucía con una sonrisa de oreja a oreja.

―Somos una tumba ―asintió Camila alzando un pulgar y sonriendo.

―¿Encontraron al monstruito? ―preguntó Ricardo sonriendo por las expresiones que había en las pícaras caras de sus hijas.

―No ―dijo Lucía analizando qué poder decirle―, pero nos dimos cuenta que esas cajas son pesadas, seguro que están llenas de libros, ¿no?

―Habrá que ver, habrá que ver…

―¿No las podés sacar ahora, papi?

―Son muchas, les saco una o dos y las revisamos, así pongo las trampas para ratas. Porque si no su madre me va a volver loco conque tengo que llamar a un exterminador.

Con un esfuerzo muy grande, Ricardo logró sacar un par de cajas polvorientas del fondo del sótano, para dejarlas en el suelo del pequeño almacén. Lucía fue en busca de un cuchillo para romper la cinta de embalar, y después empezó a ojear cada una de las hojas amarillentas que estaban escritas a máquina.

En lo que restó del día, Lucía se la pasó leyendo en voz alta, para que su hermana se enterara de cada una de las historias que Celia había plasmado en papel. Lo que no sabían era que todo lo que estaban viviendo era parte de algo mucho más grande.

Publicado la semana 2. 06/01/2020
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https://www.youtube.com/watch?v=RL977y-0Dyk&t=992s , Fantasía , En cualquier momento
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