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José A. Guerrero

Relatos de Lutheia: Trennavil

Ni bien ingresó a su habitación se quitó el abrigo empapado y lo dejó tirado en la cama, luego sacó la pequeña caja de cerillas que siempre llevaba consigo y encendió una vela. Se sentó en la silla frente al escritorio, buscó su pipa de entre sus ropas, tomó una bolsa de hierbas que había comprado esa tarde e introdujo una pequeña cantidad en ella, antes de que se consumiera la cerilla la usó para darse fuego. Se recostó sobre el respaldar de la silla y se hizo sonar el cuello, no hallaba explicación para los hechos trágicos que estaban ocurriendo en la ciudad, cada día se presentaba algo diferente.

Sin perder más tiempo sumergió la punta de la pluma en el tintero, abrió un cuaderno buscando una hoja en blanco y comenzó a escribir:

Con el difunto panadero que hayamos en la despensa de su establecimiento, ya van siendo veintisiete las víctimas que hubo en esta ciudad. Por las condiciones que presentaba el cadáver de aquel hombre llamado Victor Krallus, doy por hecho que una bestia ha de ser la responsable de su muerte; tenía la garganta desgarrada, el rostro irreconocible, y en sus extremidades se ausentaba una gran cantidad de carne, dejando expuesto los huesos.

¿Cómo es posible que una bestia haya llegado hasta el corazón de la ciudad sin ser vista en ningún momento? Hay algo que no encaja con esta muerte, las primeras fueron igual de brutales, aunque ocurrieron en las afueras, en espacios abiertos rodeados de naturaleza, es posible que aquellos hombres, mujeres y niños no hayan visto al depredador que les causaría la muerte. Como de costumbre no hubo testigos, según me han dicho otros alguaciles, desde que la sucesión de muertes comenzó en Trennavil, los ciudadanos optan por no salir a las calles una vez que el sol se oculta.

Quien acudió primero a la panadería y descubrió al muerto, fue una joven que por sus conocimientos universitarios ejerce como maestra en la única escuela que hay en la ciudad. Su nombre es Atenia Florean y por lo poco que investigué de ella, es muy retraída y poco sociable. Se rehusaba a conversar conmigo, hasta que la obligué a hacerlo con la amenaza de que la encarcelaría como sospechosa. No dijo nada útil, aunque me dio la sensación de que ocultaba algo.

«Todavía no entiendo cómo es que está ocurriendo esto ―se apartó la pipa de la boca y con cuidado alejó la pluma del cuaderno para no salpicar las hojas, luego se masajeó una de sus sienes―. Debería haber algún testigo, es imposible que estemos ante una bestia invisible. Ayer fue el joven noble de apellido Piper, antes de ayer fue la mucama que trabajaba en El Conejo Audaz. ¿Quién será mañana? ¿Estará muriendo alguien a estas horas? ¿Se estará siguiendo algún patrón determinado? ¿Las veintisiete muertes que hay en Trennavil tendrán algún tipo de conexión entre sí?».

La mano que utilizaba para masajearse la desplazó hacia su rostro y se restregó los ojos con el índice y el pulgar, luego miró con fijeza la luz parpadeante que emitía la vela encendida. Se puso de pie y fue en busca de su abrigo para dejarlo en un perchero, cuando se dispuso a ir al baño alguien llamó a su puerta.

―¿Quién es?

―Eh… disculpe, señor ―dijo la voz de una mujer que se le hizo extrañamente familiar―. Busco al alguacil Sartaraz, el posadero me indicó que ésta era su habitación.

Al abrir la vio envuelta en una capa totalmente empapada. Se había quitado la capucha y su rizado cabello castaño lo tenía húmedo y pegado al rostro.

―¿Quién eres? ―preguntó al ver que confundió su voz con la de Atenia.

―Me llamo Layna y me imagino que usted es el alguacil Sartaraz, ¿no?

―Reuel Sartaraz. ¿Qué puedo hacer por usted?

―Ayudarme.

―¿Cómo se supone que debo hacerlo?

―Escuchándome, sé muy bien que a usted lo llamaron para que resuelva lo que está ocurriendo en la ciudad, es uno de los mejores investigadores de todo el reino y doy fe que va a lograrlo. Estoy segura que todos podremos volver a vivir sin miedo a salir a la calle…

―Me alegra oír que tiene confianza en mí, Layna, pero me temo que estoy cansado, ha sido un día agotador y no creo que pueda seguir platicando con usted…

―Yo sé algo que… ―enmudeció.

―Le prometo que nada de lo que la oiga decir saldrá de mi boca ―ella no pudo contenerse más lo abrazó y rompió en llanto―. Tranquila ―atinó a decir ni bien le palmeó la espalda, dudaba en cómo actuar hasta que se decidió por permitirle ingresar a la habitación―. Siéntese, por favor ―en lugar ponerse a su lado tomó la silla que había junto al escritorio y la ubicó justo frente a ella―. La escucho…

―Sé quiénes son los responsables de la muerte de Mikelson Waight…

―Espere un segundo, por favor ―fue al escritorio y tomó el cuaderno en el que hacía sus anotaciones para comenzar a ojear página por página―. Aquí está, figura como la víctima número veinticuatro. Murió exactamente hace unos cinco días, era un simple obrero que trabajaba en construcciones. ¿Estamos hablando del mismo Mikelson Waight?

―Ese era Miky, todavía no puedo creer que no siga conmigo ―volvió a llorar.

―Tranquila, por favor, necesito oír todo lo que sabe o cree saber.

―Creo haberlo oído hablar de un hombre al que consideraba un maniático, se lo conoce como As de Espadas porque siempre está jugando a las cartas.

―¿Sabe el nombre de ese tal As de Espadas?

―Si no me equivoco era Walter Estermont.

«Ese nombre me suena de algo», pensó mientras lo anotaba en el cuaderno.

―Continúe…

―Miky una vez me contó que le partió una botella en la cabeza a alguien porque le ganó a las cartas, además siempre andaba exigiéndole a todo aquel que veía por ahí que jugara un partido de truco con él.

―Entonces usted cree que Walter Estermont mató a Mikelson Waight.

―No lo creo, lo sé. ¿Quién más querría hacerle lo que le hicieron a mi Miky? Una vez me contó que debió abandonar la taberna Ojo de Buey porque lo estaba acosando.

―Que Walter Estermont sea un loco que molesta a gente para jugar a las cartas, no lo convierte en un asesino en serie. ¿Usted dónde estaba cuando mataron a Mikelson?

―En Ralion.

―¿Por qué estaba allí?

―Porque se presentó la posibilidad de exhibir mis vestidos en una feria, así que no desaproveché mi oportunidad y fui. Kuby me llevó.

―¿Kuby?

―Kuben Auros, alguacil, mi cochero. Estuve fuera de la ciudad por veinte días, llegué a Trennavil esta misma tarde y me enteré lo de… ―no pudo nombrarlo.

―Lamento lo de su esposo…

―No, alguacil, nosotros no éramos… ―desvió la mirada muy avergonzada―. Mi madre siempre me dijo que debería encontrarme un hombre que me valore de verdad, pero Miky para mí era… ―nuevamente se le cortó la voz y lloró.

―¿Desea un vaso de agua?

―Lo que deseo es justicia, él no se merecía algo así ―se puso de pie y caminó a la puerta―. No tengo nada más que decirle. Adiós.

Publicado la semana 18. 27/04/2020
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Fantasía , En cualquier momento
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