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José A. Guerrero

Relatos de Lutheia: Posada

Luego de un par de horas de viaje ambos permanecieron en silencio. Azthorius se pasó cada segundo mirando los alrededores esperando poder encontrar a su padre, pero no había rastros de él. El viento soplaba incesantemente agitando los arbustos y árboles que había en ambos lados del sendero.

Odvier carraspeó, tosió y escupió a un lado.

―El de la izquierda es Galtropo y el de la derecha es Morgo.

―Son los primeros caballos que veo, porque eso es lo que son, ¿no?

―Por supuesto y cuando lleguemos a Erguiliat de seguro verás muchísimos más.

―¿Erguiliat?

―La Ciudad de Plata se llama así.

―No lo sabía, es que mi padre solo la llamaba Ciudad de Plata.

Odvier detuvo el carro frente a una posada que frecuentaba para tomar los almuerzos cada vez que viajaba al norte o cuando iba de regreso al sur. La fachada era de ladrillos de arcilla y tenía un par de amplios ventanales recubiertos por unas cortinas celestes. Había unas enredaderas que estaban férreamente sujetas a las paredes y sus hojas contactaban los marcos de la puerta de madera de cedro.

―¡Eh! ¡Odvier! ―dijo el hombre corpulento y de tez morena que se encontraba al otro lado de la barra cuando lo vio ingresar―. Llegas más temprano que lo de costumbre, viejo amigo. Tienes suerte, esta mañana recibí carne de la buena.

―Me alegra oír eso ―dejó el barril que cargaba sobre una de las mesas y le puso una mano encima―. Aquí te traje lo que me pediste la vez pasada, Cohargo ―se acercó al posadero, le estrechó la mano y comenzó a enumerar con los dedos―: Pimienta, azúcar, sal marina, nuez moscada, orégano, romero, jengibre y azafrán. También te traje unas raíces que llegaron al puerto de tus tierras.

―Perfecto. Traeré lo de siempre, toma asiento.

―Que sea el doble de lo que siempre me traes.

―¿Estás muy hambriento o es para llevar?

―Ni una cosa ni la otra, traigo a un acompañante.

Cohargo arqueó una ceja cuando finalmente lo vio.

―¿Y ese niño? No me digas que te ha aparecido un hijo perdido.

―No es mi hijo ―le contestó Odvier mientras le ponía una mano en la cabeza y le agitaba los cabellos―. Busca a su padre, hace más de un mes que no lo ve. Se llamaba… ―miró al niño esperando que lo ayudara.

―Falldragath.

―Está claro que no es un nombre rekkaniense ―miró al corpulento posadero―. ¿Proviene de Immirkhan?

―No, doy por descartado que sea de mis tierras. ¿Será de Amunrrath?

―Quizás lo sea.

―Yo no soy de esos lugares que nombraron, viví toda mi vida en un bosque que según lo que me contó mi padre pertenece a tierras que forman parte de Rekkan.

―Bueno, toma asiento tú también. ¿Cómo te llamas?

―Azthorius.

―¿Cómo el mago? ―preguntó Cohargo un tanto desconcertado.

―¿Qué es un mago? ―replicó el niño.

―¡Es cierto! ―dijo Odvier golpeando sus palmas―. Ya entiendo por qué me parecía que tu nombre imponía respeto, se parece al del legendario Azthor Faridast.

―¿Y ese quién es? ―preguntó Azthorius sintiendo mucha curiosidad.

―¿Cómo que quién es? ―Cohargo se sobresaltó―. No puedes no haber oído de él, es una leyenda. Se convirtió en uno de los tantos héroes que salvaron Rekkan cuando ni siquiera el reino era lo que es hoy. También luchó en esa guerra sin precedentes contra el Dios Dormido, cuando era apenas unos años mayor que tú.

―Actualmente es el Maestro del Consejo de los Tres Magos y el líder del Círculo de los Arcanistas ―añadió Odvier―. Tengo entendido que se lo conoce como el Mago del Tiempo o también como el Mago del Silencio…

―¿Por qué se lo llama así? ―preguntó Azthorius.

―Se le dice Mago del Tiempo porque no le afecta el reloj natural de nuestro cuerpo, es el único humano que ha vivido por más de mil años. Imagínate su poder

Odvier carraspeó un poco fastidioso de que lo hayan interrumpido.

―Y también suele decírsele Mago del Silencio porque es el único que puede lanzar sus hechizos sin siquiera pronunciar una sola palabra. Su silencio puede llegar a ser tan letal como el encantamiento más terrible que pueda llegar a lanzar un poderoso hechicero. Nunca sabrás qué te quitó la vida si tienes la desgracia de convertirte en su enemigo.

Azthorius se sentó en la misma mesa que Odvier y se quedó pensando en lo que era un mago. Al cabo de unos minutos el posadero regresó con unas cazuelas humeando rellenas de estofado, un plato de acero repleto de salchichas, una canasta de mimbre llena de hogazas de pan casero horneado esa misma mañana, una bandeja con varias onzas de queso y una botella de cerveza negra junto a tres jarras de madera.

―Mejor carne que esta no podrán encontrar en todo Rekkan ―dijo soltando unas estruendosas carcajadas que resonaron en todo el local―. El mismísimo rey Leoras le compraría a los que me la proveen, pero por suerte y por ahora no se ha enterado.

―Hay algo que no entiendo ―dijo el niño antes de atacar el queso con su cuchillo―. ¿Qué significa exactamente la palabra «mago»?

―Los magos son uno de los tipos de nombre que adquieren los portadores de maná ―dijo Cohargo―. No todos lo tenemos, desde mi punto de vista son unos privilegiados.

―¿Y qué es el maná?

―¿Cómo decirlo? La energía que te permite emplear fuerzas sobrenaturales a las que en la lengua común se la hace llamar magia. Aunque he oído que en el mismo idioma de la magia se la reconoce como ma’ho o incluso magi.

―¿Y cuáles son esas fuerzas sobrenaturales de las que hablas?

―Hay muchas variantes de fuerzas sobrenaturales, por ejemplo hay quienes pueden crear y manipular los elementos. Otros pueden hacerse invisibles o caminar sobre el agua, creo que a eso se le llama magia arcana, pero no estoy seguro.

―¿Entonces yo soy un mago?

Los dos hombres se miraron sin comprenderlo.

―Como ya dije antes… ―le respondió antes de beberse toda la cerveza que le quedaba en su jarra― necesitas ser un portador de maná, pero no basta con eso. Hay muchas personas que sí lo poseen, pero jamás fueron capaces de entender el idioma de la magia, por ende nunca pudieron lanzar ningún hechizo.

―¿Por qué preguntas si eres un mago? ―dijo el anciano.

―Porque sé hacer esto ―levantó su mano derecha y materializó una llama que se quedó bailando sobre su palma abierta.

Odvier y Cohargo quedaron boquiabiertos.

―¿¡Qué carajo!? ―exclamó el posadero―. ¿¡Cómo has hecho eso!?

―Mi papá me enseñó, siempre he podido jugar con el fuego sin quemarme.

Publicado la semana 17. 20/04/2020
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Fantasía , En cualquier momento
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