15
José A. Guerrero

Relatos de Lutheia: Niño

Se aproximó a la ventana ni bien se levantó y corrió las cortinas. Observó cómo el viento agitaba las ramas de los árboles teñidos de dorado por la intensa luz solar. A su mente arribó el recuerdo de qué día era, la noche anterior estaba tan ansioso de que llegara que ya lo había olvidado.

―¿Papá? ¿Estás ahí?

No hubo respuesta. Sabiendo que estaba solo se dirigió al baño y luego la cocina para prepararse el desayuno. Tomó una sartén de hierro, rompió un par de huevos, fue a la chimenea y acomodó la leña. Una vez que lo hizo alistó su mente y utilizó sus propias manos para lanzar una diminuta llamarada que persistió por varios segundos.

No paró de sonreír desde que salió de la habitación hasta que se sirvió el par de huevos fritos con lo que quedaba del pan casero. Ese día era su décimo cumpleaños. Al igual que cada mañana tenía el hábito de desayunar solo, muy rara vez su padre lo acompañaba ya que salía de cacería ni bien despuntaba el alba. En lugar de quedarse a esperarlo como siempre hacía, salió en su búsqueda. Tenía la esperanza de poder conocer el mundo y hablar con otros niños, dado que había vivido toda su vida en esa cabaña junto a su padre sin estar en contacto con nadie más.

Se aventuró entre los sauces, nogales y arces y mientras se habría camino no paraba de llamar a los gritos a su padre, solo que no hubo respuesta. Lo único que oía era el susurro del viento y el cantar de las aves. Llegó a los límites que le habían indicado que jamás debía sobrepasar o de lo contrario lo castigarían y no lo dejarían salir a jugar por el bosque. El viento que soplaba hacia el sur llevó hasta él un olor a quemado muy intenso. Sin dudarlo siguió avanzando. Continuó corriendo y eludiendo árboles, tenía un mal presentimiento y se estaba asustando. Unas rocas se interponían en su camino pero en lugar de esquivarlas las saltó, mientras que los arbustos se volvían una constante a su alrededor.

Ya casi llegaba a donde pretendía, el olor se había intensificado. Tras pasar un viejo roble se quedó impactado al ver que la tierra y los árboles de un pequeño claro justo frente a sus ojos estaban carbonizados. No comprendía qué pudo haber ocurrido allí, jamás había visto algo parecido desde que tenía uso de razón. El incendio debió haberse sofocado hace varios minutos, porque de los pocos árboles incinerados salían unos hilos de humo. Sin prever algún peligro inminente, avanzó por la zona carbonizada sintiendo una profunda curiosidad como nunca antes había sentido.

Al caminar encontró los restos de un arco no solo quemados, sino que también estaban partidos en dos. No podía reconocer si era el de su padre, pero algo le hacía pensar que sí lo era. La desesperación se apoderó de él, empezó a correr mirando en todas las direcciones posibles para intentar encontrarlo mientras lo llamaba a los gritos. No hubo respuesta. El viento había dejado de soplar y las aves de cantar, solo se oía su voz. El angustioso momento hizo que tropezara y cayera de rodillas sobre el hollín, manchándose las manos y los pantalones. En medio del llanto se dio cuenta que quizás estaba equivocado, así que al secarse las lágrimas se ensució las mejillas y luego regresó a la densa arboleda rumbo a su cabaña.

Cuando llegó volvió a llamarlo y al no haber respuesta cayó sobre sus rodillas y lloró desconsoladamente. El viento sopló y jugó con su cabello castaño rojizo, tenía los ojos irritados y ya no sabía qué creer. Esperó toda la tarde a que regresara, pero eso no ocurrió. En solo un par de horas se había organizado un pequeño circuito de exploración en el que pensaba registrar las adyacencias sin descanso. Creía que quizás estuviera herido en alguna parte e incapacitado para poder regresar.

Desde el tercer día en el que inició la búsqueda se prometió no volver a llorar hasta encontrarlo. Aun así su suerte no iba a cambiar, pasaría otra semana viviendo en soledad.

Publicado la semana 15. 06/04/2020
Etiquetas
Fantasía , En cualquier momento
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
15
Ranking
3 108 0