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José A. Guerrero

Los secretos del lapislázuli

―¿Cómo te inspirás para escribir, abu? ―le preguntó Lourdes desde el sótano en el que se encontraba acuclillada observando con la luz que se filtraba de una ventanita, todos esos manuscritos que componían grandes carpetas llenas de páginas amarillentas.

―Cada uno tiene sus mañas, ¿sabés? A mí particularmente, Lu, me gusta leer a otros autores desde muy tempranito y cuando ya más o menos le agarré el ritmo a lo que leí, recién ahí me propongo crear mi propia historia.

―Ah, claro, claro ―dijo asintiendo con la cabeza mientras mantenía enfocada su visión en esas palabras tipeadas con máquina de escribir―. Pero… no entiendo por qué nada de lo que está acá no fue publicado como tus otras novelas.

―Porque estos manuscritos no son para publicarse ―dijo Celia haciendo una mueca mientras se ponía de pie y ya habiendo dejado lo último que escribió hace un par de semanas donde se había propuesto dejarlo, subió las escaleras que llevaban a un pequeño almacén que estaba anexado a la cocina.

―¿Cómo que no son para…? ―al darse cuenta que había quedado hablando sola se levantó raudamente y habiendo agarrado una de las carpetas que más le interesó, siguió a su abuela sin tomarse la molestia de cerrar las puertas de la trampilla del suelo―. ¿Es un chiste? ―dijo cuando finalmente la alcanzó en el living-comedor―. ¡Todo esto que está escrito es increíble! ¡Jamás leí algo parecido! ¿Por qué no lo querés publicar?

―A veces, Lu, hay historias que son mejor dejarlas guardadas en un sótano porque puede que te causen dolor de alguna manera.

―¿Dolor? ¿Qué querés decir? ―al ver que Celia no pensaba responderle ya que acababa de salir por la puerta de la entrada que daba a un modesto porche, le siguió las pisadas―. Dale, abu, decime, no me dejes con la intriga…

―Ya te dije, hay historias que causan dolor, ¿qué parte no entendés?

―Lo decís por el abuelo, ¿no? ―cuando la vio que se detuvo y que la miró con unos ojos llenos de nostalgia no pudo evitar decir―: Perdón, no quise…

―No te preocupes y sí, diste en el clavo, ¿sabés? Todas esas historias que vos estás leyendo tan contenta las hice pensando en tu abuelo y muchas de ellas las viví en carne propia ―cuando vio que su nieta frunció el ceño al no poder comprenderla, añadió―: No te lo tomes tan literal, che, solo decía que en muchas cosas me inspiré tanto en las vivencias que tuve, que me dejé llevar.

―Mirá, abu, yo sé que sos una escritora muy prestigiosa y todo eso, ¿sí? Pero lo que tenés guardado en el sótano es increíble, no podés no llevárselo a tu editor.

―Sí que te gusta insistir, ¿eh? En eso te parecés a tu abuelo.

―¿En serio? ―dijo sonriendo al ver que también la hizo sonreír―. ¿Cómo era él?

―Como un príncipe… ―contestó e inmediatamente se arrepintió.

―Esperá, esperá, esperá, por acá leí que había un príncipe, no me digas que… ―enmudeció―. Hay un personaje en esta historia que sos vos, ¿me equivoco? ―al ver que le desvió la mirada y que al instante agarró la regadera de acero que había llenado con agua de la canilla para continuar caminando a la par de las plantas del jardín, la siguió sin dudarlo―. No lo puedo creer, con todos los cuentos que me hiciste de Lutheia y que ahora me digas que hay un personaje que está basado en vos… ―hizo una mueca al ver que Celia no se detenía y seguía caminando por el caminito de piedra que rodeaba la casa hasta llegar al patio trasero―. ¿No te molesta si te pregunto cuál es?

―Si tanto te interesa tenés mi permiso para leerte hasta la última página, pero te apuesto lo que quieras a que no lo vas a descubrir.

―¿Por qué lo decís?

―Porque los personajes que uno se inventa por lo general están exagerados, sería muy aburrido si leyeras de uno que se parece a esta vieja.

―No digas boludeces, abu, vos sos la persona más interesante que conozco y te juro, no, te prometo que cuando sea más grande voy a ser como vos…

―¿Ah, sí? ¿Querés ser escritora?

―Obvio que sí, pero no estoy segura si voy a ser tan buena como vos. No te lo quise decir antes porque me daba cosita, pero… con todos esos cuentos que me hiciste cuando era chiquita, digamos que intenté crear una historia.

―¿En serio? Qué interesante, Lu, no sabés lo feliz que me hace que de alguna forma me haya convertido en parte de tu inspiración. ¿Quién iba a decir que tendría una nieta que quiere seguir mis pasos? ―se detuvo frente al imponente sauce que había en el medio del patio, lo miró sintiendo una extraña mezcla de sensaciones e inmediatamente se miró la pulsera de plata en la que había engastado un lapislázuli de gran tamaño. Dejó la regadera en el suelo para poder quitársela de la muñeca y le sostuvo una mano a su nieta para poder ponérsela―. Si verdaderamente querés ser una escritora, puede que esta pulserita que guarda unos cuantos secretos te dé un poco de inspiración.

Publicado la semana 14. 30/03/2020
Etiquetas
Fantasía , En cualquier momento
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