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José A. Guerrero

Relatos del Nexo: Ritualista

La Roja observaba desde su cabaña en lo alto de la colina, el atardecer que iba aconteciendo en aquel territorio que pertenecía al Imperio Dalaryn. En su vaso de zinc salían unos hilillos de vapor que eran emanados del té caliente que bebía de forma moderada mientras pensaba en la familia que alguna vez tuvo en las Tierras del Caos.

Golpearon su puerta y despertó de su estado de ensimismamiento. Dudó en ir a abrir o escapar por la parte trasera de la cabaña, dado que no supo quién la estaba llamando. Cuando escuchó la voz de una niña pidiéndole ayuda se decidió a abrir. Lo que se encontró fue un hombre adulto sosteniendo en brazos a un niño que tenía una flecha clavada en el vientre.

―¡Ayuda, por favor! ―gritó la niña con los ojos llorosos―. Mi hermano…

―Déjalo recostado en el suelo ―le dijo la mujer al hombre que cargaba al moribundo que no debería tener más de diez años―. Espérenme, ya regreso… ―salió apresuradamente de la cabaña y fue directo al corral en el que criaba gallinas, tomó al primer pollo que estuvo a su alcance, y regresó con los desconocidos.

―¿Qué vas a hacer con eso? ―le preguntó el hombre de barba enmarañada.

―Salvar al muchacho ―respondió la Roja mientras desenfundaba un puñal que siempre llevaba colgando del cinturón, para finalmente cortarle la cabeza al pollo. No se desconcentró en ningún momento pese a los gritos de terror de la niña, así que pronunció unas palabras que ninguno de los presentes llegó a comprender, y la mano ensangrentada con la que sostenía el cuerpo del animal decapitado, comenzó a emanar un humo purpúreo, a tal punto que se perdió de vista de todos―. Quítale la flecha…

Cuando el hombre le hizo caso, todos vieron cómo un reguero de sangre salió despedido con gran potencia, sumado a que oyeron unos claros quejidos de dolor. La Roja no tardó ni un segundo en apoyar su palma humeante sobre la profunda herida que el joven tenía en el vientre. Ese humo purpúreo comenzó a cicatrizar lentamente la herida que sin lugar a dudas era letal, y quien estaba siendo curado poco a poco perdió el conocimiento luego de expresar su dolor en un último grito.

―¿Mi hermano se murió? ―preguntó la niña ni bien el humo se disipó.

―Vivirá, solo tiene que descansar.

―¿Y será un niño normal? ―preguntó el hombre―. ¿O acaso tendrá problemas?

―Será un niño común y corriente, solo necesita un tiempo de reposo para recobrar fuerzas. Está claro que perdió mucha sangre.

Con los ojos llorosos por sentir mucha felicidad, la niña envolvió en sus brazos a la Roja que había quedado de rodillas cuando actuó por última vez para sanar a su hermano.

―Gracias…

―En verdad muchas gracias ―dijo el hombre rompiendo en llanto mientras le acariciaba la frente a su hijo―. Te debo mi vida, Roja.

―No me lo agradezcas todavía, hazlo cuando el muchacho se recupere ―le acarició los rubios cabellos a la niña y le sonrió―. Te prometo que tu hermano estará bien, pronto podrá volver a jugar contigo.

―Y pensar que la gente del pueblo dice que eres una mala persona por ser una bruja ―dijo la niña sonriendo de tal forma, que dejó al descubierto los huecos en donde le faltaban unos dientes de leche―. Nunca estuvieron tan equivocados.

―No soy una mala persona, tampoco soy una bruja…

―¿Y cómo se llama lo que hiciste? ―preguntó el hombre―. ¿No fue brujería?

―La brujería está ligada a un tipo de encantamientos que son perjudiciales para las personas, y ese tipo de encantamientos no los conozco para serles sincera. Lo que yo hice es algo que acostumbran a hacer los ritualistas, especialmente los que provenimos de las Tierras del Caos. Ya todo el pueblo sabe cuáles son mis cualidades, por eso mismo ustedes me trajeron al muchacho, ¿me equivoco?

―Jamás creí que podrías salvarlo, es solo que ella… ―miró a su hija.

―Yo confiaba en ti ―volvió a sonreírle.

―Gracias ―dijo la Roja guiñándole un ojo―. Yo les diría que se lleven al muchacho para que no tome frío, seguramente esté sensible por la falta de sangre. Lo mejor que pueden hacer es envolverlo en muchas mantas y ponerlo junto a una chimenea, este invierno es verdaderamente crudo en comparación al anterior.

Vio cómo el padre alzó a su hijo y le asintió con la cabeza antes de retirarse, y luego cómo la niña se fue despidiéndose agitando su mano. La ritualista volvió a mirar el horizonte, donde el cielo se había teñido de varios colores cálidos a medida que el sol se ocultaba. Hizo una mueca volviendo a pensar en su familia, y luego regresó a su cabaña.

Publicado la semana 10. 02/03/2020
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Fantasía , En cualquier momento
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