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José A. Guerrero

Las mellizas Gavilán. Cap. I

Lucía miraba los trigales en su máximo esplendor, oscilando de un lado a otro con las brisas que soplaban con parsimonia. Era un día espléndido, a ella le hubiese encantado poder bajarse del auto para ir a correr por allí, pero su padre no tenía intenciones de detenerse. Es más, habían pasado cerca de una estación de servicio, y de todos modos prefirió seguir su camino, ya que se explicó al decirles que ya faltaba muy poquito para llegar a Oriente. «¿Vamos a ir en avión, mami?», fue la primera pregunta que hizo, al creer que se dirigían al otro lado del mundo, y no simplemente a una pequeña ciudad que se ubicaba al sur de la provincia de Buenos Aires.

Ricardo, su padre, había comprado una casa que una familia había puesto en venta, ya que necesitaban el dinero de forma imprescindible, por la simple razón de que necesitaban financiar la búsqueda de su hija desaparecida, a la cual la policía había dejado de buscar por cuestiones de presupuesto, y por el largo período que transcurrió desde su desaparición.

Claudia, su madre, se había mostrado un tanto reticente a la idea de que se mudaran de Capital Federal para ir a acabar a un lugar que claramente, en comparación a su forma de vida, les parecía desolado. «¿Por qué no lo pensamos mejor?», le había dicho a su marido en la ocasión en la que éste, cansado de la inseguridad y de la vida estresante que tenía en Capital, decidió tomar la decisión unilateral de que se mudaran.

¿Por qué Oriente? ¿Por qué esa casa? Ricardo no lo tenía del todo claro, simplemente escogió el lugar por ser la primera opción que encontró en los clasificados de «La Nación». Además, había oído sobre la desesperada búsqueda de esa adolescente desaparecida, pero no lo hizo por ella, lo hizo porque al ver la fachada de la casa, recordó la vieja casa de su abuelo en San Isidro.

―¿Cómo está el día, Lu? ―le preguntó Camila, su hermana; que estaba a su izquierda, con la mano apoyada en el vidrio de la ventanilla de su puerta.

―Soleado, Cami… ―le contestó haciendo una mueca mientras veía que sus ojitos ciegos siempre perdidos a su manera, se desviaban ligeramente hacia arriba―. De tu lado hay unos campos verdes, que son… eh…

―Soja ―la asistió su padre al ver que se estaba tardando.

―¿Eso es soja? ―dijo Lucía totalmente azorada por la revelación.

―Por supuesto… ―añadió su padre con desdén―. ¿Qué otra cosa iba a ser, Lu? En esta zona de la provincia está llena de sojeros.

―¿Y por qué cultivan soja, papi? ―preguntó Camila.

―Porque es lo que más les rinde para ganar plata ―suspiró un tanto resignado―. Si tuviera campo lo llenaría de soja para llenarme de guita, pero lo poco que teníamos me lo gasté en la casita en la que vamos a vivir.

―Un poco imprudente… ―dijo Claudia a regañadientes.

―¿Perdón, querida? No te escuché…

―Nada, nada, no me hagas caso ―se dio la vuelta para mirar a las mellizas de diez años y sonrió―. ¿Están listas para conocer nuestro nuevo hogar?

―Yo creo que voy a extrañar mi habitación… ―dijo Camila con un dejo de tristeza en su voz―. Me la acordaba de memoria, ahora seguro que se me va a llenar la cabeza de chichones por cada pared que me vaya a chocar…

―No te vas a chocar ninguna pared, mi amor ―atinó a decir su padre sonriéndole mientras la miraba por el espejo retrovisor―. Vas a ver que te va a encantar. ¡Además tenemos patio! ¿Saben lo que eso significa?

―¿Qué cosa? ―dijeron las mellizas al unísono.

―¡Que vamos a tener un perro! ―exclamó Ricardo soltando una carcajada. Al oír a sus hijas gritar de felicidad y verlas abrazarse, y comenzar a decir cómo deberían llamarlo, o simplemente si preferían un perro grande o chiquito, provocó que ensanchara su sonrisa y volviera a soltar otra carcajada. Pero al mirar de refilón el pétreo e inexpresivo semblante de su esposa, que claramente delataba que no le había gustado en lo más mínimo aquel nuevo anuncio unilateral, se serenó y trató de ser más discreto.

Las curvas que el auto debía tomar, no eran excesivamente pronunciadas, pero de todos modos aquello provocaba, que al igual que ocurrió desde que nacieron, Lucía se encargara de describirle a Camila, cada uno de los nuevos paisajes que se presentaban. Ambas se sorprendieron cuando inesperadamente la ruta se adentraba por unas colinas con una vegetación frondosa que de seguro tendría más de un siglo de antigüedad, y desembocaba en un puente que atravesaba el río Quequén Salado. Aquel paisaje natural, en el que el sol imponía un manto dorado sobre las aguas azules y tranquilas, embelecó tanto a Lucía, que allí mismo le dijo detalladamente a Camila todo lo que vio, sin perderse ningún detalle de los nidos de las cotorras. Desde aquel punto que atravesaron, todo se volvió mucho más terrenal, y la ruta una línea recta, que acababa rematada con postes de luminaria muy grandes, que por ser de día estaban apagados.

Claudia miraba un tanto deprimida lo chato del terreno, con una angustia muy marcada al no poder ver un solo edificio, como los tantos que acostumbraba a ver en Puerto Madero, donde iba a trabajar como la secretaria de un kinesiólogo. Comenzaba a extrañar su trabajo, y al mismo tiempo comenzaba a hacerse la idea de que padecería la ocurrencia de su marido de ir a acabar a un lugar al que comenzaba a catalogar como un simple pueblucho de mala muerte. Miró de refilón a su marido, y al verlo tan feliz por observar muy contentas a sus hijas, y al mismo tiempo por sentir que había cumplido su propio sueño al haberse propuesto abandonar Capital, no pudo evitar hacer una mueca, para intentar mentalizarse de que todo iba a estar bien, y que Oriente le iba a gustar.

―¿Les gusta? ―comenzó a decir Ricardo mientras paseaba su mirada por las calles desoladas―. ¡Miren, allá! ¡Esa es la escuela!

―¿Es linda? ―le preguntó Camila apoyando ambas manos a la ventanilla.

―Sí ―le contestó Lucía mientras miraba la edificación antigua―. Parece que es muy grande, papi, ¿ahí vamos a terminar la secundaria?

―No ―dijo Ricardo negando con la cabeza mientras cruzaba la mirada con Lucía a través del espejo retrovisor―. La secundaria está en otro edificio, y tengo entendido que está frente a la plaza.

―Están yendo muy rápido ―dijo Claudia totalmente indignada mientras miraba con desdén y angustia todo lo que la rodeaba―. Todavía no sabemos si nos vamos a quedar mucho tiempo en el pueblo…

―Yo leí un cartel en la entrada que decía que era una ciudad ―repuso Lucía mirando un tanto recelosa a su madre.

―¿Esto te parece que es una ciudad, Lu? ―le preguntó su madre dándose la vuelta al no poder creer lo que la oyó decir―. Esto más bien parece un pueblo fantasma…

―Pero el cartel decía que era una ciudad ―insistió Lucía.

―Es porque es una ciudad, Lu ―replicó Ricardo mirando de forma reprobatoria a su esposa, ya que lograba palpar su mal humor―. Solo que en otros tiempos fue mucho más próspera, y parecía que iba a seguir creciendo, o al menos eso me contaron…

―¿Y entonces qué pasó? ―preguntó Camila sin poder entenderlo―. Porque está claro que a mami no le parece que estemos en un lugar muy próspero, ¿no?

―«Menem lo hizo» ―dijo Ricardo con cierta melodía y un poco de sarcasmo―, podría decirse que eso fue lo que pasó, Cami ―suspiró un tanto fastidioso por ver que su esposa tampoco lo acompañó en aquella pequeña humorada que fue dirigida a ella, ya que estaba claro que sus hijas no entendían nada de política, y era muy probable que ni siquiera supieran que estaba hablando de un ex-presidente de la República.

Cuando llegaron a la casa que sería su nuevo hogar, todos se sintieron muy satisfechos al ver su fachada, y al mismo tiempo, por más pequeño que sea, les reconfortaba ver el patio que nunca pudieron tener en Capital. Descendieron del 306 dorado, y fueron a buscar los bolsos que estaban llenitos de ropa; por suerte para todos, la mudanza ya se había llevado adelante unas semanas atrás, y quien se había encargado de ver el descargue de los muebles, fue el mismísimo Ricardo, que tomó la decisión de acompañar a los tipos que contrató. Tuvo una discusión con uno de ellos porque le astillaron un ropero, pero la cosa no pasó a mayores, ya que el jefe de la empresa de mudanzas le iba a hacer un descuento para que pudiera repararlo.

―Por fin en casa… ―dijo Ricardo soltando un suspiro que delataba su cansancio―. ¿Quién quiere conocer su cuarto? ―les preguntó a las niñas, al verlas tan entusiasmadas y felices por estar allí, soltó una carcajada y frunció el ceño al ver esa cara inexpresiva de su esposa, de la cual sabía muy bien que se debía a su disgusto―. Vamos, mi amor, vos también tenés que conocer nuestro cuarto.

―Cuidado con el caminito, Cami… ―dijo Claudia un tanto preocupada mientras observaba la vereda y la entrada de cemento que tenía la casa―, está elevado el suelo. Lu, encargate de que tu hermana sepa bien dónde tiene que pisar.

―Sí, mami… ―dijo Lucía, que inmediatamente tomó de la mano a Camila y ambas, muy entusiasmadas, emprendieron el trote para explorar el sitio que estaba destinado a ser su nuevo hogar.

―Me gusta el olor ―dijo Camila mientras se detenía junto a uno de los canteros en los que había un montón de plantas de las que no conocía su aroma―. ¿A vos no, Lu?

―Sí, es muy lindo, es como… ―Tierra húmeda, plantas y flores ―se apresuró a decir Camila muy sonriente al tocar la rugosidad de la pared―. ¿De qué color es la pared, Lu?

―Blanca… ―contestó sonriente mientras igual que su hermana, tocaba la rugosidad de la pared; al ver un caracol tomó la mano de su hermana y le dijo―. Sentí lo que hay acá, Cami… ―ensanchó su sonrisa cuando le vio la cara de sorpresa.

―Es un caracol, ¿no? ―preguntó mientras lo palpaba, al instante arrugó la nariz cuando sin haberlo querido, tocó el orificio húmedo en el que se encontraba durmiendo el pobre insecto―. ¡Ay! Qué asco, lo toqué…

―Más asquerosa es la mamá de Martita ―dijo Lucía arrugando la nariz al recordar lo que estaba a punto de decir―, que se hace sopas con los pobres caracolitos.

―¿Y el techo? ―preguntó Camila mientras dejaba al pobre caracol al que le perturbaron el sueño dentro de un cantero que todavía tenía la tierra húmeda por los chubascos aislados que hubo por la mañana―. ¿Cómo es?

―Tiene tejas, eh… ―retrocedió un poco y regresó al caminito de entrada a la casa para poder ver con más claridad―. Supongo que antes eran rojas, pero ahora están un poco descoloridas; seguro que fue por la lluvia y el sol, ¿no?

―Supongo que sí ―dijo Camila, que inhalo muy profundo y sonrió de la forma más tierna e inocente con que puede hacerlo una niña de diez años―, me encanta el olor, Lu. ¡Me encanta! ¡Me encanta! ¡Me encanta!

―Me alegra que te guste, Cami ―dijo Ricardo soltando una carcajada, que ni bien las oyó tan contentas, abrió la ventana y se asomó para verles las caritas sonrientes―. Todo lo que hago es por ustedes, y sé que por ahí es un poco triste el desarraigo, seguro que van a extrañar a su compañeritos de escuela, pero tienen que saber que acá en Oriente van a hacer muchos amigos…

―¡Y te estás olvidando lo más importante, papi! ―dijo Lucía.

―¿Qué cosa? ―repuso Ricardo sin poder comprenderla.

―¡Que vamos a tener un perro! ―gritaron las mellizas al unísono.

―Ah, sí, sí, el perro, por supuesto, je ―dijo Ricardo un tanto incómodo, ya que ni bien había ingresado a la casa llevando bolsos, acompañado de su esposa, lo primero que hicieron fue discutir porque una vez más había tomado una decisión unilateral―. ¿Todavía no entraron a conocer su pieza? Porque les aseguro que les va a gustar muchísimo…

―Ahora vamos, papi ―dijo Lucía mientras seguía observando la parte frontal patio, el cual tenía ese caminito elevado de cemento que inicia en la entrada, y circunda toda la casa hasta la parte trasera―. Todavía estamos explorando el lugar…

―A mí me encanta, papi ―volvió a decir Camila dirigiendo su rostro al sitio del que estaba segura que había una ventana, porque su intuición le dijo que desde aquel lugar había salido la voz de su padre―. ¿No escuchás los pajaritos? ¡Este lugar es mágico!

―¿Todavía no estuvieron en el patio trasero? ―preguntó Ricardo―. Porque estoy seguro que les va a encantar…

―¿Qué hay allá? ―preguntó Camila sin poder contener la curiosidad.

―Decile a tu hermana que te lleve y te describa lo que vea… ―le contestó ensanchando su sonrisa mientras se rascaba la barba. De repente oyó un grito muy agudo por parte de su esposa, que seguramente provenía del living.

―¿Por qué grita mami, pa? ―preguntó Lucía.

―Seguro que se encontró una araña por ahí, ya saben cómo es ella, je ―Ricardo puso los ojos en blanco al oír un nuevo grito de horror―. Ya voy, querida… ―volvió a posar su mirada en las niñas y les dedicó una sonrisa―. Vayan a explorar, pásenlo lindo, je ―una vez más se oyó el grito agudo de Claudia―. Estoy yendo, mi amor…

Lucía tomó de la mano a Camila y, al igual que siempre hacían con esa complicidad que caracterizaba a las dos hermanitas, comenzaron a ir al trote, sabiendo que no había ningún obstáculo que pudiera significar un problema para una no vidente.

―Oh… ―dijo Lucía con una cara de asombro en el que sus ojos celestes se abrían al máximo de sus posibilidades; aminoró tanto la marcha, que su hermana, al ir detrás de ella, se la llevó por delante y ambas cayeron al suelo―. ¡Ay!

―¡Ay! ―también dijo Camila mientras se tomaba la rodilla―. ¿Por qué te frenaste de golpe? ―bufó un tanto fastidiosa, porque era la primera vez que les ocurría algo así.

―Perdón, Cami, es que me quedé mirando el árbol ―hizo una pausa mientras ayudaba a su hermana a ponerse de pie―. ¡Es enorme! ―y efectivamente era así, debería ser un sauce llorón que tendría varios siglos de antigüedad, y su copa, constituida por una esplendorosa cortina de hojas verdes y esbeltas, superaba ampliamente el tejado descolorido de la casa.

―¿Tan grande es? ―preguntó la niña ciega mientras era guiada por su hermana para llegar al grueso tronco del longevo árbol, el cual tenía unas grandes raíces emergiendo en el suelo, y acaparando gran parte del patio trasero.

―Tené cuidado acá, Cami, hay un desnivel ―al ver que posó sus pies sobre la tierra húmeda, sonrió y añadió―: Bien, vas bien, pero acá hay unas raíces altas, así que tené cuidadito, ¿eh?

―¿Esto de acá decís? ―le dijo su hermana mientras pisaba firme para tratar de inspirarse valor a ella misma―. Son enormes, ¿no?

―Ya te dije que es gigante el…

―¡Ay! ―la interrumpió dando un saltito hacia atrás―. ¿Eso que mierda fue?

―Hojas, Cami, no es ningún bicho, no te asuste. Solo son hojas de sauce…

―Se siente raro estar acá ―dijo un tanto reflexiva mientras seguían ascendiendo por entre las raíces para llegar al tronco.

―¿Raro? ¿En qué sentido?

―No sé, es como si algo no fuera normal, ¿me entendés?

―No, la verdad es que no te entiendo, hermanita ―la sostuvo cuando la vio trastabillar con una raíz―. Cuidadito, ¿eh? Pero no te preocupes, Cami, ya casi llegamos…

Una vez que estuvieron frente al tronco, Lucía tomó la mano de su hermana, y la imprimió sobre la rugosidad del mismo. Fue entonces que mirando sonriente a su hermana, se asombró al verla anonadada, como si en verdad estuviera viendo algo. Pero Camila no era la única que estaba totalmente estupefacta, Lucía quedó boquiabierta cuando vio que el iris blancuzco de los ojitos de su hermana, adquirieron tantos colores como los que tendría cualquier arcoíris.

―¿Estás bien, Cami? ―le preguntó Lucía mientras se llevaba ambas manos a la boca y volvía a posarle una mano al hombro a su melliza. Al ver que no contestaba, y que el iris de sus ojos seguía teniendo muchos colores, se asustó, e inmediatamente la abrazó para intentar hacerla reaccionar―. ¡Cami! ¡Por fa, respondé!

―Ay… ―fue lo primero que atinó a decir la niña ciega cuando dejó de tocar el tronco del árbol―. ¿Cómo es que…? ¿Vos también lo viste, Lu?

―¿Ver qué? ―preguntó totalmente desconcertada.

―¡El río y el árbol sonriente! ―exclamó soltando una carcajada por darse cuenta que por primera vez en toda su vida, había podido ver, y estaba plenamente segura de que no fue un sueño de los tantos que tuvo, en los que se despertaba creyendo que podía ver, cuando aquello era algo imposible.

―¿Río? ―repitió Lucía mirando a su hermana sin poder comprender nada en lo absoluto―. ¿Dijiste árbol sonriente? ―al verla asentir con una sonrisa, añadió―: No, Cami, no vi absolutamente nada de lo que decís, pero sí vi algo muy raro…

―¿Qué puede ser más raro de que yo haya tenido una especie de visión muy rara?

―Que cuando te hice tocar el tronco del sauce, tus ojos…

―¿Qué le pasó a mis ojos, Lu?

―Dejaron de ser blancos, se volvieron multicolores, como si fueran un arcoíris.

―¿Decís que eso pasó cuando toqué el sauce? ―repitió Camila mientras meditaba en voz alta, y sorpresivamente se propuso volver a repetir la misma acción―. Entonces…

―¡No! ―dijo su melliza, que la tomó de la muñeca y evitó que tocara el tronco.

―¿Qué hacés, Lu? Dejame, quiero volver a ver el río…

―¡No hay ningún río, Cami! ¡Me estás asustando!

―¡Te digo que hay un río! ¡Y también un árbol sonriente! ―protestó la niña ciega, que inmediatamente quiso tocar el tronco por la fuerza, y allí mismo comenzó a forcejear con su hermana, que seguía asustada por todo lo que acababan de vivir―. ¡Soltame, Lu!

―¡No! ¡No quiero que vuelvas a tocar el árbol! ¡No quiero que te pase nada malo!

―No me va a pasar nada malo, no seas tan miedosa, esto que acabo de vivir fue único, ¿no me entendés, Lu? ¡Vi colores! ¡Estaba la luz del sol que se reflejaba sobre las aguas tranquilas del río! ¡Y había un árbol sonriente, que tenía ojos verdes que brillaban como si se trataran de dos soles! ¡Fue increíble, Lu! Vamos, soltame, quiero volver a ver todo eso…

―No quiero que te pase nada malo, Cami ―repuso Lucía muy angustiada―, por favor, vayamos a otro lado, éste lugar no me parece que sea del todo seguro.

―No digas tonterías, hermanita, y ya va siendo hora de que dejes de ser tan asustadiza, por fa, dejame volver a tocar el árbol…

―Bueno, está bien, Cami, solo una vez más, y que sea un ratito chiquito, ¿eh? Porque si te tardas te juro que te tacleo ―hizo una mueca.

―Está bien, Lu, te lo prometo por mi meñique ―una vez que hicieron el típico ritual en el que ambas se tomaban de sus meñiques, sonrieron e inmediatamente, la niña ciega volvió a tocar el tronco con mucha delicadeza.

Una vez más, Lucía contempló fijamente cómo el iris de los ojos ciegos de su hermana, volvieron a ser multicolores. Los segundos pasaban, y ella comenzó a hacerle preguntas, mientras que Camila le respondía exactamente con cada uno de los detalles que estaba observando. Estaba tan feliz de que su hermana pudiera ver, que perdió el miedo, y antes de lo que se esperaba, estaba llorando por darse cuenta de que era verdaderamente mágico lo que estaba ocurriendo. Pero todas esas lágrimas de felicidad cambiaron cuando vio que su hermana palideció, dejó de tocar el sauce, y sus ojos volvieron a enceguecerse.

―¿Cami? ¿Estás bien? ―preguntó muy preocupada por verla tambalearse como si estuviera mareada―. ¡Cami! ―exclamó muy asustada cuando debió atraparla, al ver que comenzaba a desmayarse―. ¡Papá! ¡Mamá! ―gritó desesperada, y éstos finalmente aparecieron en el patio trasero por una de las puertas de la cocina.

―¿Qué pasó? ¿¡Qué pasó!? ―preguntaba Claudia un tanto histérica cuando vio que Lucía sostenía en brazos a su hermana desde lo alto de la maraña de raíces que había en la parte más próxima al tronco del imponente sauce.

―¡Se desmayó, mami! ―gritó Lucía con los ojos llorosos por estar asustada.

―Tranquilas, seguro que se le bajó la presión ―dijo Ricardo, que tomó en brazos a su hija, y comenzó a ir de regreso a la puerta de la cocina, para conducirlas directamente a una de los dormitorios, donde finalmente depositó a su hija en una cama―. Eh, mi amor, ¿estás bien? ―le preguntó con una sonrisa cuando la vio comenzar a despertarse.

―Sí, papi… ―dijo Camila―, solo se me bajó la presión, je.

―Traele los chocolates que había en el auto, Clau ―dijo Ricardo mirando de soslayo a su mujer―. ¿Por qué tenés esa cara? ―le preguntó al verla con los ojos llorosos―. Solo se le bajó la presión…

―Perdón, me asusté ―dijo la madre de la familia, que se acercó a Camila, le dio un besito en la frente y se propuso salir de la casa para ir a buscar los chocolates que le mencionó su marido―. Ahora vuelvo…

―Yo tengo que seguir descargando los bolsos del auto ―anunció Ricardo, que también le dio un beso en la frente a su hijita, y comenzó a retirarse.

―Pero, papi… ―dijo Lucía, todavía muy asustada de todo lo que vivieron al lado de ese sauce. Al sentir que los dedos de la mano de su hermana le atenazaron la muñeca, se quedó callada, pero al instante dijo―. A ella… ―al sentir que Camila volvió a apretarla con fuerza en señal de que hiciera silencio, volvió a quedarse callada.

―¿A ella qué? ―preguntó Ricardo desde el umbral de la puerta.

―Nada, papi, solo se le bajó la presión… ―dijo Lucía, que miraba fijamente la sonrisa que acababa de esbozar su melliza. Una vez que vio que se retiró, no pudo evitar preguntarle―. ¿Por qué no me dejaste que le dijera la verdad?

―Porque lo ibas a estropear todo, Lu, no tenemos que preocuparlos, entendé…

―Pero lo del árbol, me asusté, Cami, no vuelvas a tocarlo, ¿sí?

―Yo también me asusté un poquito, Lu ―suspiró y se tomó la frente, la cual la tenía perlada de sudor―. Él me dijo que algo así podía pasar…

―¿Él? ―repitió Lucía totalmente desconcertada―. ¿Quién?

―El árbol sonriente, Lu, sabe hablar…

―¿Cómo que sabe hablar, Cami? No entiendo nada. ¿Por qué te reís? En serio te digo que no entiendo por qué vos pudiste ver todo eso cuando tocaste el tronco, y yo no pude ver nada… Además, tus ojos, dejaron de ser blancos, se volvieron multicolores.

―Yo tampoco entiendo nada, Lu… ―repuso Camila, que al haber oído pisadas aproximándose al dormitorio en el que ellas se encontraban, hizo silencio. ―Acá les traje unos chocolatitos, pero no se coman todos ―dijo Claudia mientras les entregaba a sus hijas dos tabletas grandes de Milka rellenas con dulce de leche. Le puso una mano en la cabeza a Camila, y después sonrió al verla sonreír un segundo antes de que le diera una mordida a los chocolates―. ¿Segura que estás bien?

―Sí, mami… ―contestó ni bien tragó y volvió a probar otro bocado.

―Bueno, sigo ayudando a papi a bajar los bolsos ―dijo mientras se apartó de ellas, y bajo el umbral de la puerta añadió―: No te levantes en un buen rato, ¿sí?

―Está bien, ma, pero no te asustes, fue una pavada lo que pasó…

―Sí, tenés razón ―hizo una mueca y sonrió―. Ahora vuelvo, cualquier cosa que necesiten algo, peguen el grito, ¿sí?

―Sí, mami ―dijeron las mellizas al unísono.

Las dos se mantuvieron pensativas en la habitación, sin decirse absolutamente nada, mientras oían el canturreo de los benteveos y gorriones que andaban dando vueltas en el patio, o incluso una pequeña discusión que estaban teniendo sus padres cuando todavía seguían descargando el último par de bolsos que quedaba en el 306.

―¿Qué más te dijo el árbol sonriente, Cami? ―fue lo que finalmente se atrevió a preguntar, ya que había perdido el miedo, y el bichito de la curiosidad le había picado.

―Que no le dijera a nadie lo que acababa de ver, pero con vos no tengo secretos, Lu, así que le dije que te contaría todo, y que no me importaba si se enojaba. Entonces después me dijo que ya era momento de que regresara, porque había pasado demasiado tiempo haciendo algo que es muy cansador…

―¿Qué cosa? ―la tomó de la mano un poco intranquila―. Porque si ese árbol sonriente te hizo que acabaras así porque me contaste lo que viste, tal vez sería mejor que no hablemos más de todo eso, ¿no?

―No me importa que se enoje, Lu, por primera vez en toda mi vida pude ver un paisaje hermosísimo, y no me pienso quedar calladita porque el árbol sonriente se llegue a enojar ―le palmeó la mano que sentía que le estaban apretando con fuerza, y sonrió―. Ya, tontita, no seas tan asustadiza, no va a pasarme nada malo de nuevo, ¿sí?

―¿Me prometés que no lo vas a volver a tocar?

―Hmmm…

―Cami, por favor, decime eso, así me quedo más tranquila, ¿sí?

―Hmmm…

―Bien, si no me querés decir que no lo vas a volver a tocar, te juro que voy y le digo todo a papá y a mamá, ¿me entendiste?

―No, Lu, por fa, no les digas nada, te juro que no voy a volver a tocar el sauce, ¿sí?

―¿Me lo prometés por tu meñique?

―Claro, por mi meñique ―suspiró un poco disconforme por lo que acababa de prometer, ya que tenía un deseo feroz de volver a tocar el tronco del imponente sauce que era más alto que el techo de la antigua vivienda en la que vivirían de ahora en más.

―¿Qué se están prometiendo, bonitas? ―preguntó Ricardo ni bien apareció en la puerta de la habitación en la que ellas se encontraban, cargando los bolsos que contenían gran parte de sus mudas de ropa.

―Nada… ―dijeron las mellizas sonriendo con timidez.

―Hmmm… está bien, no me molesta que tengan secretos entre ustedes, pero al menos tienen que prometerme que conoceré a ese novio que me están ocultando, ¿eh?

―¿Novio? ―repitió Lucía, que estaba tan consternada por todo lo que vivieron hace un rato junto al sauce, que no podía captar la humorada de su padre.

―¡No tenemos ningún novio! ―dijo Camila llevándose las manos a la cara porque le causaba un poco de vergüenza hablar de eso.

―Ah, perdón, es que creí… ―dijo Ricardo sobreactuando para parecer gracioso―. Perdón, no las quise molestar, je ―les sonrió y se tomó la nuca―. Creo que mamá no está de humor para cocinar nada, todavía está matando arañas en la cocina ―se expresó muy risueño y acabó de soltar una risotada cuando oyó a su esposa chillar y dar pisotones―. ¿Qué les parece si vamos a comprar algo al mercadito de en frente? Puede que tengan algunos sanguches en la heladera, ¿no?

―Sino compramos fiambre y lo hacemos nosotros, papi ―dijo Camila.

―Hmmm… sí, también está esa opción, je ―soltó otra carcajada al oír los chillidos de Claudia provenientes desde la cocina―. Su mamá tiene para rato con las witsi-witsi, je ―volvió a posar sus ojos en Camila, y al ver que se estaba sentando para reincorporarse, dijo―: ¿Segura que estás bien? Porque si no voy solo, ¿eh?

―No, papi ―negó con la cabeza y ayudada por Lucía, que le dio la mano, se puso de pie de un salto y añadió―: ya estoy requete bien…

Una vez que abandonaron la habitación que compartirían las mellizas, salieron por el living-comedor hasta la puerta de entrada, y desde allí aparecieron en un modesto porche, que desembocaba en ese caminito de piedra medianamente elevado que si simplemente lo seguían de forma recta, las guiaba directo a la vereda. Ricardo encabezaba la marcha; había sacado su celular para contestar un whatsapp, mientras que Lucía y Camila, tomadas de la mano caminaban en silencio con la mirada perdida en todo lo que había a su alrededor. Fue entonces que ambas sintieron la presencia de una anciana de cabello encanecido, que vestía con elegancia, y que las miraba fijamente desde el lado de la vereda en el que estaba estacionado el 306 dorado.

―¿La estás viendo? ―le preguntó Lucía a Camila totalmente anonadada, ya que la observaba mirar en esa dirección―. ¿Ves a la señora?

―Veo un resplandor blanco, Lu… ―le contestó su hermana.

―¿Qué les pasa? ―les preguntó Ricardo desde mitad de la calle.

―Hay una señora ahí, pa… ―comenzó a decir Lucía, que al señalar en la dirección en la que estaba el auto, se dio cuenta que no había nadie.

―¿Una señora? ―repitió Ricardo, que posó sus ojos hacia allí, y al no ver a nadie, comenzó a sobreactuar para seguirle el juego―. ¿Era un fantasma?

―No lo sabemos… ―dijo Camila con total tranquilidad.

―¡Había una señora ahí! ―volvió a decir Lucía totalmente indignada mientras señalaba el 306―. ¡No tengo ni idea si era un fantasma, pero ahí había alguien, pa!

―¿Estás segura? ―preguntó Ricardo, que al ver con los ojos llorosos a su hija, comenzó a caminar hacia ella y a mirar siempre en la misma dirección que le indicaban.

―Sí ―contestó Lucía a regañadientes―. Además, Camila… ―cuando recibió un codazo de su hermana prefirió hacer silencio.

―¿Camila qué? ―preguntó su padre mientras terminaba de acercárseles.

―Nada, pa, no dije nada… ―masculló Lucía un poco intranquila.

―No te asustes, Lu ―dijo Ricardo al verlas quietitas en el caminito de piedra―, seguro que fue una sensación, porque a mí también me pasa a veces.

―¿En serio, pa? ―preguntó Camila―. ¿Ves gente donde no había nadie?

―Eh… no, no quise decir eso, solo son sensaciones, Cami ―volvió a posar sus ojos en Lucía y le puso una mano en el hombro―. Vamos, Lu, tranqui, es como yo te digo, seguro que tuviste la sensación de ver a alguien y antes de que te dieras cuenta, te percataste que ahí no había nadie, ¿entendés lo que te digo?

―Hmmm, sí ―dijo a regañadientes, ya que se mostraba totalmente recelosa a la explicación que acababan de darle, porque estaba segura que vio a una señora muy elegante cerca del auto. Y además tenía la certeza de que su hermana vio un resplandor blanco en la misma dirección en la que estaba la anciana―. Te entiendo, pa…

―¿Vamos? ―repuso Ricardo, que al ver que las dos asintieron sonrientes, las tomó de la mano y juntos atravesaron la verja de material, donde se detuvieron en el fin del caminito elevado, ya que había un escalón.

Una vez que Camila superó los obstáculos que significaban el escalón de la verja y los cordones de la calle, finalmente llegaron al mercadito, por el cual ingresaron y saludaron a una cajera gorda con unos lentes con semejante cantidad de aumento, que sencillamente parecían culos de botella. Ricardo tomó un canasto y observó cómo Lucía conducía a Camila por las diferentes góndolas, hasta que se toparon con una heladera en la que había preparados unos sanguches de milanesa de ternera, que a simple vista causaban que a uno se le hiciera agua la boca. Y a Ricardo le ocurrió aquello, así que se relamió y tomó cuatro sanguches y dos saches, uno de mostaza y el otro de mayonesa. Luego fue por la bebida, así que se agarró una Quilmes de litro y medio para compartir con Claudia luego de semejante viajecito, y una Levité de pomelo para las niñas.

―Así que vos sos el porteño, ¿eh? ―dijo la cajera ni bien lo tuvo al lado y comenzó a pasarle la maquinita laser a los códigos de barra―. Ya sé que no es de mi incumbencia, pero me intriga saber cómo es que desde tan lejos viniste a parar acá.

―Me gusta la paz ―le contestó Ricardo dedicándole una sonrisa amigable―, y en Capital salís de tu casa sin saber si vas a volver ―volvió a posar su mirada en sus hijas, que estaban conversando sobre algún audiolibro que habían escuchado durante el viaje, y asintió al darse cuenta que tomó la decisión correcta―. Eso no es lo que quiero para mi familia, mucho menos para mí ―al ver que todos los productos que acaba de comprar se los pusieron en unas bolsas grandes de papel madera, sonrió―. ¿Con eso te basta?

―Por supuesto, campeón ―lo miró por arriba de sus lentes y le sonrió, ya que le gustó su apariencia―. Soy Mónica, cualquier cosa que necesites, cruzate…

Cuando volvieron a cruzar la calle para llegar a la casa que Ricardo había comprado hace poco menos de tres semanas, Camila se detuvo un instante al sentir ese mismo resplandor blanco que sintió en el sitio en el que estaba la anciana que Lucía vio antes. Su hermana se preocupó y miró en la misma dirección en la que ella miraba, pero sintió un gran alivio al darse cuenta que no había ningún fantasma.

―¿Qué pasa, Cami? ―le preguntó Lucía, que no dejó de tomarla de la mano en ningún momento desde que abandonaron el mercadito y cruzaron la calle.

―Nada… ―le contestó dedicándole una sonrisa; hizo una pausa de unos segundos e inmediatamente dirigió su rostro en el sentido que consideraba que estaba su hermana―. ¿Estás segura que viste a una señora?

―Sí ―murmuró Lucía, que todavía no podía dejar de recordar el atuendo elegante que le vio ostentar a la «señora», y que incluía un sombrero negro.

―Es raro todo lo que pasa cerca de la casa, ¿no? ―le susurró Camila para que su papá, que ya se encontraba en el porche, no las oyera.

―Raro es poco ―dijo Lucía, que en parte estaba asustada, y, por todo lo que le oyó decir a su hermana que vio cuando tocó el sauce, también se encontraba bastante maravillada―. ¿Crees que la casa está embrujada, Cami?

―No, Lu ―dijo la niña ciega dedicándole una sonrisa―, la casa está encantada.

―¿Qué diferencia hay? ―replicó su hermana un poco fastidiosa.

―Que hay magia en todas partes, ¿no te parece?

―¿Por qué no vienen, chiquillas? ―dijo Ricardo, que hacía su mejor esfuerzo por guardarse el celular en el bolsillo, ya que tenía las manos ocupadas por los víveres que compró―. A papi le está entrando un hambre increíble…

Las mellizas aceleraron el paso por el caminito de piedra, llegaron al porche y cruzaron corriendo el umbral de la puerta antes de que su padre la cerrara con llave.

Publicado la semana 1. 30/12/2019
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https://www.youtube.com/watch?v=RL977y-0Dyk , Fantasía , Siempre en cualquier lugar, a cualquier hora
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