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Humbert Monroe

La Venus simple

Quince con tercera. Cuando la punta del tacón hizo contacto con el asfalto gris, de inmediato todas las luces de la calle se encendieron. Fue una luminosa y rara bienvenida que le ofrecieron las fotoceldas en aquel atardecer.

Al bajar del taxi, no pudo evitar que la ropa interior coqueteara por unos segundos con los transeúntes que por allí pasaban.

Avanzó sintiendo como si el comercio se iluminara con cada paso firme que daba. “Soy el sol crepuscular que deambula por la calle, Todos me miran, hombres y mujeres por igual”.  Pensó y Sonrió.

La brisa cómplice, desplegaba de forma suave su liso cabello, impidiendo por segundos que reposara en la punta de su cintura. Su ascenso despertaba lujuria en hombres recatados y vulgares que por allí descendían, cortos de creatividad, pobres de mente. Mientras bajaban,  ella subía en contravía de su propia vida. El semáforo peatonal intentó detenerla, miro de soslayo un ostentoso traje de novia en una iluminada vitrina de un almacén.

El vestido que ella lucia era blanco al igual que sus altos zapatos de tacón, aunque muy corto; pensó que jamás una mujer del común se casaría con un vestido tan escaso de tela, maduró la idea de que los maniquís deberían lucir modelos que rompieran con lo tradicional y modelar vestidos para clientas como ella. Repasó sus pensamientos y concluyó que nunca llegaría al altar. No le importó.

El concierto de bocinas y piropos la saturaron. Se concentró de nuevo en el propósito de su vista al centro de la ciudad. Se anticipó al semáforo sin esperar el cronometrado cambio. La indisciplina siempre la caracterizó. Nada ni nadie podía arruinar el espectáculo de su avance por la descolorida calle tercera. Apartó miradas lascivas de pervertidos de turno, prefirió detallar la publicidad poco creativa del comercio.

Todo parecía estar petrificado para ella, la sensación la acompañó desde su niñez hasta hoy, locales memorizados por años de similares recorridos: ropa, calzado, papelerías y demás elementos de lo cotidianamente urbano, todo como hace dos décadas.

Los vendedores arrogantes de objetos baratos e inútiles, impedían el libre transitar. Imaginó como sería su mandato si fuese alcaldesa, cambiaría todo. Sus planes de gobierno serían destinados a convertir la ciudad en una obra de arte. Una ciudad bella,  demolería todo. Sonrió nuevamente.

Continuó su recorrido, aproximándose a su destino, no sin antes enfrentar los inquisidores ojos de las secretarias mojigatas, que por esa hora salían de sus trabajos. Las miradas de aquellas mujeres reflejaban un cansancio en sus vidas, agotadas de sus ocho horas de rutinario trabajo. Fastidiadas por los abusos de sus jefes. Desmotivadas por sus sueldos, sin ánimos de vivir. Pero corroídas por la envidia que despierta la juventud airosa como la que ella promovía.

Se olvidó de sus pensamientos y del mundo entero. Llegó a su objetivo, la papelería donde compró acuarelas, pinceles y un marco de óleo. Quería pintar su vida, colorear su mundo como la luz. Desdibujar el paisaje ya vivido, crearlo a su modo, transformarlo todo desde su óptica.

Dentro de su ser la corroía una angustia, sentía la privación de no poder manifestar la parte bella que existía en su interior. Esta miseria solo la podía expresar con un arte diferente al que realizaba en las noches de su rutinario trabajo. Quería ser admirada como artista.

Desde niña sintió gran atracción por la pintura, la respetó a tal punto de considérala la más bella de las artes existentes en su mundo. Su estreches de cultura la marginaba de estos escenarios, asqueada de sus entorno donde solo fue objeto de deseo, decidió hacer algo por una vez en su vida que no tuviese que ver con su cuerpo, sino con su mente.

Pretendió olvidarse del show, de la música estridente, de la pasarela, de las miradas desorbitadas de los clientes, para dedicarse a pintar cuadros donde los colores salieran de la paleta y no del strober y las luces. Ansiaba pintar nubes frescas para no sentir el asfixiante humo blanco, con olor a chicle de fresa que parece salir del averno y no del eléctrico cañón.

Regresó a la pensión con sus compras, encendió la desteñida luz y pronto alistó los materiales para trabajar en su obra. Miro a través de la ventana pero el mortecino paisaje no le brindó inspiración alguna. Quería pintar un cuadro de fina expresión donde se pudiera entender ese encuentro divino con la luz, donde todo fuera claro, transparente, donde no hubiese espacio para la oscuridad.

Suspiró en ese mundo de sombras donde la inspiración se troza por los agrestes pensamientos corroídos. Decidió cubrir la tela con acuarela blanca, a medida que pasaban las horas combinaba colores mientras consumía medianas copas de ron que mantenían el ánimo encendido y no permitían que abandonara su labor.

Cuando el día rayaba y las luces artificiales se evaporaban de las calles, se percató que había pintado un autorretrato demasiado blanquecino. Resolvió entonces que el maquillaje que adornó por años su juvenil rostro debería estar en su obra, el  brillante labial junto con la negra pestañina de sus ojos, le dieron una nefasta combinación a la pálida figura allí plasmada.

Al finalizar la tarde el cuadro estaba terminado y la figura de la mujer que había plasmado en la tela se llenó de vida gracias al tono carmesí que su autora esparció en sus últimas pinceladas. Su cuerpo falto del tinte de vida se desplomó sobre baldosín de su cuarto.

Publicado la semana 6. 03/02/2020
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