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Humbert Monroe

Toque de queda, Toque de parranda.

Su negocio había sobrevivido a las leyes marciales de tantos gobernadores civiles y militares enviados desde la capital, pero nunca había visto un toque de queda tan abrumador, cómo el que había provocado el Fraile.

El maldito espanto se había ganado a pulso su título, pues había espantado a toda su clientela. Don Simón renegaba, esa noche de Junio, en plenas festividades, viendo lo desolada que estaba su cantina y la calle de tolerancia de aquel pueblo, hasta las  únicas cinco  prostitutas que se habían atrevido a venir a la ciudad, habían ya huido. A los jornaleros recién les habían pagado por su trabajo en las fincas de sorgo y algodón, pensaba en todo el dinero que se le estaba escapando desde que iniciaron las terribles apariciones del Fraile.

Tantas malditas calles, y tenía que venir a fregar por esta, maldita sea mi suerte.

Empezó a gritar Don Simón.

Es que precisamente el Fraile debe aparecer en esta calle en especial.

Don Simón casi fallece de infarto, creía estar solo en la cantina y la sorpresa de la otra voz lo aterró. La voz pertenecía al único cliente que le quedaba a don Simón, el profesor Arango.

El profesor Arango había llegado hace cuatro meses al pueblo a ocupar el puesto de profesor de matemáticas del colegio de varones de Armero, pero desde su arribo al pueblo, no había abandonado una sola vez su puesto en la cantina. Don Simón estaba molesto y estuvo a punto de echarlo a patadas de la cantina, cuando cayó en cuenta que borracho y todo, pero el profesor era la persona más culta y estudiada que conocía, don Simón se acercó al profesor:

Profesor, por favor,  casi me mata del susto, ¿se quedó acá a dormir? , cómo no me di cuenta.

El profesor aún estaba confundido, llevaba la barba de varios días y las lagañas de semanas en los ojos. Don Simón fue tras la barra por una botella de aguardiente destapada, agarró una copa y le sirvió al profesor su primer trago.

Profesor, ¿qué sabe usted de ese tal Fraile?

El profesor de un jalón bebió el trago, se tomó unos segundos para reaccionar.

Don Simón, yo en la capital  trabajé en el colegio de varones, que es de curas, allá escuché sobre el Fraile. Él es uno de nosotros

¿Uno de nosotros?

Si, o bueno en lo que se puede convertir uno de nosotros. Hace muchos años, tal como comienzan estas historias, y en la época que sea más adecuada, el Fraile era en vida un cura al que le gustaba la buena vida, el aguardiente, las señoritas, y por supuesto el juego, dicen que una noche se sentó a su mesa el mismo diablo quien le apostó una mina de oro, contra sus hábitos y sus artículos sagrados, por supuesto el diablo ganó y el cura fue condenado a vagar con un hábito maldito, por haber permitido que el diablo se hiciera a los artículos sagrados.

Cuando don Simón se dio cuenta el profesor Arango ya casi había  acabado con la botella de aguardiente y empezó a luchar para retirarla de su alcance.

Si, una muy buena historia, pero lo que me interesa es saber cómo se le ahuyenta.

Después de apoderarse de la botella de aguardiente el profesor volvió a hablar.

Pues de la única manera cómo se negocia con alguien así, con trago y juego.

Era media noche, el profesor Arango no sabía si catalogar a don Simón cómo un completo valiente o cómo un desesperado comerciante necesitado de volver a afianzar a su clientela. Los dos caminaban por la desierta calle, el profesor Arango con la promesa de licor gratis y don Simón decidido a espantar al fraile.

¿Cómo lo hallamos profesor?

Él nos encontrará.

Aunque sabía que de nada servía, el profesor aferraba en una mano un escapulario y en la otra la eterna botella de aguardiente, don Simón llevaba en sus manos un bulto, cuando en un callejón sintieron un ruido de pasos acelerados y los dos hombres vieron una sombra avanzar hacia ellos, y entonces lo vieron.

Don Simón extendió en la acera el hábito purpura que había sustraído de la casa cural, ya tan solo con eso debía esperar la condenación, frente a los dos hombres, la alargada figura del Fraile se erguía calmada y callada cómo observando  con curiosidad a los dos hombres, aunque observar era una palabra imprecisa, si el espectro tenía rostro era imposible  saberlo, pues la larga y oscura túnica le cubría toda la figura, a excepción de sus huesudas y pálidas manos.

El trato es el siguiente don. Le apuesto este hábito consagrado contra que abandone Armero, a los dados.

El Fraile recogió los dados para arrancar

Eran casi las dos de las mañana, las cosas no habían ido bien para don Simón ya había perdido el hábito purpura, el cinto dorado del señor cura, las hostias consagradas y 4 botellas de aguardiente, y de alguna manera el cantinero sentía que el Fraile estaba muy entusiasmado, así que decidió hacer su última movida.

Mire don, va a estar verraco ganarle, ya me di cuenta de eso, pero necesito que se vaya, ¿que anda buscando? ¿qué se necesita para que eso ocurra?

El profesor estaba ansioso, llevaba una hora con la garganta seca, la botella que había sustraído debió ser puesta en prenda de garantía y se perdió, don Simón estaba frustrado, el Fraile se acercó un poco más y un aire frio se sintió alrededor de los hombres, por primera vez don Simón sintió el escalofrío y el terror de la muerte cercana, el Fraile se encorvó y un susurró en el oído de don Simón la respuesta.

¿Y por qué ahora quiere que yo juegue contra él?

Hombre, profesor, es que él ahora quiere jugar naipes y yo de eso no sé, usted es matemáticos, debe saber más de eso.

El profesor miró con curiosidad al espectro, algo no cuadraba en esto.

Profesor mire que va a apostar una mina de oro cerca de aquí, cómo le vamos a rechazar eso. Mire profe que podemos ampliar la cantina, tener más cantinas.

El profesor decidió jugar y don Simón sacó la baraja.

Don Simón al día siguiente, en la noche  abrió la cantina, estaba feliz,  todo el día había estado recorriendo las plantaciones, convenciendo de varias maneras a los jornaleros que acudieran a su negocio, se necesitó una semana para comprobar que el Fraile había dejado de merodear por el pueblo, para que todo volviera a la normalidad y para que los trabajadores de las fincas volvieran a gastar a final de semana su paga, las prostitutas también regresaron, y el cura desde el pulpito volvió a atacar la vida licenciosa de la gente de la calle de la tolerancia, aunque usando un hábito desgastado.

Una noche la cantina de Don Simón  estaba a reventar, era la una de la mañana, en la rocola sonaba música de  los  melódicos, entonces uno de los ebrios se acercó a la barra y le preguntó a Don Simón  por el profesor Arango. Don Simón dudó mucho al responder, pero al fin con una inmensa alegría contestó

¿El querido profesor? Ese se fue de farra, encontró un buen amigo de juerga, ambos la deben de estar pasando de miedo.

Así fue cómo desde entonces ni el Fraile, ni el profesor Arango fueron vueltos a ver en el pueblo. 

 

Publicado la semana 5. 27/01/2020
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