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Humbert Monroe

Pasos

Arrojó su tapabocas al suelo y lo maldijo. La madrugada lo sorprendió fatigado y sin fuerzas para seguir caminando. Faltaban apenas unas pocas cuadras para llegar a su emporio comercial. Entre el frío, la neblina y el desfallecimiento de sus energías, una sensación de desdicha taladraba su pecho.

Tomó aire. El paisaje le parecía nefasto. De vez en cuando observaba algunos habitantes de calle, famélicos, con rostros de cadáver, que se burlaban de él al pasar, pero, como en muchas ocasiones, los ignoró.  Dos pasos más y de nuevo el agotamiento lo obligó a detenerse, las pulsaciones de su corazón continuaban con mayor violencia.

Recordó entonces su vida de niño y las duras labores por las que había tenido que pasar en la finca de sus abuelos. En su juventud se empleó como cargador de mercados en la plaza del pueblo. A la ciudad llegó en sus plenos veinte años, allí se desempeñó como lustrabotas, para luego convertirse en bodeguero de un mayorista, que luego de unos años de trabajo, lo delegó como administrador de un punto de víveres y abarrotes.

Así fueron sus inicios en el negocio del abastecimiento de comestibles, hasta que fue independiente, amasó la fortuna y la fama del mejor hombre de negocios de la ciudad, ganándose el respeto y la admiración de muchos.

Dejó la soberbia a un lado, se dio vuelta y regresó a recoger su tapabocas, pero notó que este empezaba a hundirse sobre el asfalto y a su paso una gran cavidad circular en la tierra intentaba devorar todo a su alrededor. Pensó en huir, pero sus pies eran como bases de concreto que el cráter absorbía.

En ese momento de angustia que producía el vacío y la profundidad, recordó que se encontraba hospitalizado en la unidad de cuidados intensivos de la clínica. De seguro sus familiares habrían dado la orden para desconectarlo de todo aparato que lo mantuviera con vida.

Publicado la semana 47. 21/11/2020
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