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Humbert Monroe

La ventana

Hasta el andén, justo enfrente de la casa, llegó Miguel Andrés, con la bandeja llena de tintos y aromáticas que le ofreció  al grupo que allí se encontraba.  Los jóvenes rechazaron la oferta, pues en ese momento consumían una botella de aguardiente que disfrutaban entusiasmados. Las bromas se decían de manera muy queda, casi a modo de secreto al oído y se evitaba  al máximo soltar carcajadas que llamaran la atención.  Julián aseguraba, que la potencia del oído de la difunta era capaz de atravesar la ultratumba y que en menos de nada  llegaría el chisme hasta el infierno.

Eduardo, a pesar de que odiaba a la señora Sandra, sentía cierta nostalgia por la muerte, hasta hace uno días había sido su mayor enemiga. Recordó las múltiples palizas que le hizo ganar, cuando lo veía después del colegio, en la tienda del barrio, jugando en la máquina tragamonedas, y lo aventaba con su  mamá, quien salía en su búsqueda, trayéndolo en un gran carnaval de palazos.

Fueron varias las veces que arruinó sus planes, como la vez que Eduardo se interesó por la hija de doña Mercedes. Sandra le  contó a su vecina que ella misma lo había visto  dejando rosas pegadas con cinta en la ventana de niña.

Pero Eduardo, no era el único perjudicado por el poder corrosivo de la lengua de la finada, muchas niñas resultaron embarazadas de la noche a la mañana sin tan siquiera haber tenido relaciones. De todos comentaba y nunca se le conoció que hablara bien de alguien, excepto de Sandra Milena y Miguel Andrés, sus hijos, quienes para ella, eran los únicos que se habían criado con buenos modales en aquel barrio.

Doña Sandra era delgada, de piel blanca y con ojos grandes y visión 20/20, también había sido dotada con unas orejas bien pronunciadas, que utilizaba de manera efectiva para escuchar todo cuanto debía y no debía. Muchos aseguraban que eran pocas las horas de sueño que ella concebía, pues la curiosidad de saber lo que ocurría en la calle no la dejaba dormir tranquila.

En la sala de la casa, junto al féretro se encontraba doña Fabiola, conversando a lengua suelta con otras dos señoras. Los muchachos aseguraban que  desde ya Fabiola, sería el remplazo de Sandra. Unos pocos familiares lejanos, habían llegado desde diferentes puntos de la ciudad para asistir a la velación y posterior entierro. El velatorio con las escasas personas parecía más bien una charla de domingo, solo sus hijos y el esposo estaban verdaderamente acongojados, el resto de personas, sentían  una especie de alivio, que se percibía en sus rostros. Eduardo encendió un cigarrillo y recibió un trago de aguardiente que le ofreció flaco García.  Este  le sugirió en un tono muy suave, que ahora que la vieja estaba muerta, podía pretender a la hija, que de seguro la suegra no estaría para hablar mal de él. Todos se echaron a reír. Eduardo observó desde la calle a Sandra Milena, quien le pareció una réplica exacta de lo que fue en vida su madre.

La lluvia comenzaba a caer en esa noche de noviembre. Los chicos tenían la excusa perfecta para tomar aguardiente un lunes, sin que fueran tildados de vagos. Dos coronas llegaron en el transcurso de la noche. En la sala nadie rezaba, ni se interesaban  por temas que tuvieran que ver con Sandra.  Eduardo arrojó la colilla,  recibió el último trago y se despido de todos los muchachos.  Observó el orificio en la ventana, justo por donde había entrado la bala perdida para encontrar la humanidad de Sandra, que pese al sonido de los disparos, sentía la necesidad de no perderse detalle de lo que sucedía afuera de su casa.

“Bien merecido” susurro Eduardo, mientras sonreía al descender por la calle. 

  

    

Publicado la semana 44. 30/10/2020
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