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Humbert Monroe

Cábala

A las diez de la noche comenzó la trasmisión del sorteo y la prole, reunida en el billar del barrio, prestaba fiel atención a la pantalla.  El presentador anunciaba con postizo entusiasmo, el sorteo acumulado  de la gran lotería billonaria. La primera balota salió a flote con el número 03.

Roberto había sellado su billete como cada sábado. Se encontraba acostado en la cama de la pensión, con la radio apoyada en su pecho. El ventilador giraba a medio ritmo produciendo un sonido metálico y  parejo. Roberto llevaba tres días sin ir a la obra, había tenido una molestia en el pecho que no le dejaba respirar, el jueves lo habían llevado de urgencia al médico sus compañeros en la camioneta del capataz. Fue atendido como era de esperarse pero solo le recetaron un sobre de aspirinetas y un electrocardiograma que le tomarían a la semana siguiente.

La segunda balota fue el 09, como el número de pastillas que le quedaban en el sobre. La lotería era la razón principal que tenía  Roberto para seguir con vida, o quizá la única. Muchos hombres se dedicaban a estudiar cada sorteo y desarrollaban complicados sistemas nemotécnicos, llenaban libros enteros con estadísticas y posibles combinaciones cabalísticas que permitieran una aproximación exacta al premio mayor. Roberto tenía su propio método basado en múltiples recuerdos de su vida.

El 08 continúo a serie de números. Tal como había imaginado Roberto, y coincidía con los años que tenía de estar viviendo en la ciudad desde que había llegado desplazado de su pueblo. Cada sorteo producía esa especie de euforia transformada en locura colectiva, que llenaba de esperanza momentánea a miles de apostadores que confiaban en la suerte.

El tubo de aire absorbió la esfera marcada con el 24. Roberto sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo,  la cábala seguía sus predicciones,  24 eran justo  los años que cumpliría su hijo, si la violencia no se lo hubiera arrebatado. Roberto, por unos segundos  imaginó que para este tiempo Andrés estaría hecho todo  un hombre y de seguro ya le hubiese dado nietos sanos y fuertes como toda su descendencia familiar. Eso le hizo doler de nuevo su pecho y sentir aquellas molestas pulsaciones en su corazón.

Ya eran cuatro los números que Roberto había predicho para ese sorteo. En esa semana, al conversar con el grupo de obreros, lo había anunciado y algunos anotaron la mitad de la cifra y combinaron con otros números cada cual, a su modo, con sus propios pronósticos y cálculos como mejor les parecía.

Roberto se levantó afligido, con el objetivo de ir a vaciar su vejiga, subió el volumen a su radio  para seguir escuchando el sorteo. En ese orden podría seguir el número 05 y luego el 58 y entonces, si esto sucedía, desearía morir de alegría ante las piruetas que el destino le brindaba. Solo aspiraba que alguno de sus amigos, no hubiera anotado la cábala que el ofreció desde el lunes anterior, necesitaba el premio para él solo, que ninguno se beneficiara de sus cálculos, que nadie más disfrutara de esa fortuna.

Cinco días faltaban para su cumpleaños número cincuenta y ocho, mientras se encontraba en el sanitario, le pareció escuchar que anunciaron el número 05., corrió entusiasmado, pero sus ilusiones se desvanecieron al comprobar que el número era el 25 y no el 05 como él creía. Apagó la radio, su habitación se llenó de oscuridad y frustración. No quería saber más de cálculos, de sorteos, ni de apuestas.

Imaginó la ciudad entera después del sortero. La tristeza impregnada en los rostros de los apostadores. Luego vendría la maldita esperanza, renaciendo como un analgésico para la derrota. Nuevos cálculos aparecerían en los cuadernos, velas y sahumerios se ofrecerían a deidades paganas, riegos y baños de la suerte ofertados en cada esquina. Se prometió abandonar todo ese mundillo, no volver a ser parte de esas ilusiones y seguir una vida sin ambiciones. Luego dijo: “un sorteo más y abandonaré todo”.  

 

 

Publicado la semana 42. 18/10/2020
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