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Humbert Monroe

Un café

Lo había citado muy temprano en la oficina, casi dos horas antes de que llegara el resto del personal. Hamilton presentía que esa sería su última reunión en aquella empresa. Cuando la gerente solicitaba entrevista privada con algún empleado en horas extras, corría el rumor de que se trataba de un eminente despido.

Recordó los dos últimos años desde su llegada y sintió que el tiempo no había transcurrido. Todo se resumía en eventos, campañas, indicadores de rendimiento, salas de junta, cuadros de honor para el trabajador del mes, advertencias para el resto de personal y, por supuesto, despidos. La constante humillación de la gerente era una cruz con la que cargaban todos, su personalidad hacía entender que los despreciaba sin importar que fuesen antiguos o nuevos en la compañía.

Ingresó a la sala de juntas, aprovechó que la cafetera se encontraba allí y puso a hervir agua. Prepararía  un café  para él y uno especial para ella. La gerente era ese tipo de mujer con la que él fantaseaba, inteligente,  elegante, alta, ojos claros, y su fragancia Dolce & Gabbana Light. Pero  sobre todo, lo que más le impactaba de ella, era la forma como maltrataba a las personas. Esa era su mayor fetiche, sentirse humillado y a la vez un don nadie, por una mujer así. Soñaba sus más oscuras fantasías, siendo azotado por ella, mientras lamia sus tacones de cuero. La adoraba en silencio, pero no podía perdonar que lo fuese a despedir, que lo privase de su presencia, que los separara de esa esclavitud imaginaria  de la cual él era adicto.

Todo ese trance fue interrumpido al llegar ella, justo para cuando el agua hervía en la cafetera. Hamilton pidió que se sentara mientras él terminaba de preparar el café. Sirvió las bebidas humeantes y se alistó  para disfrutar  de lo que sería la última de sus reprimendas, la definitiva. Pensó que de seguro iniciaría con algún reclamo en las ventas o las estrategias de mercadeo en la competencia, que de seguro estarían mejor que las de la compañía. Tomaron el primer sorbo de café y contrario a lo que Hamilton esperaba, su jefa, la gran gerente, la mujer de hierro y que se creía sin sentimientos, comenzó a llorar, mientras le pedía perdón y le decía que era el único empleado con el que podía contar y le confesaba que según los resultados de los últimos exámenes médicos, padecía de un cuadro de estrés y  que tendría que ausentarse un tiempo por salud.

Luego de esa pequeña muestra de debilidad se reincorporó, bebió otro tanto de café y le dio una orden que expresaba que en su interior  existía un sentimiento hacia él y lo encargo por quince días para remplazarla mientras duraba su ausencia.  Hamilton confundido ante la actitud de quien fuera hasta ahora la más tirana de sus jefes, pensó que se trataba de una broma, pero la mujer seguía dando indicaciones de las funciones que debía asumir, de las responsabilidades con la junta directiva y de los clientes y proveedores a quien llamar, de las cuentas bancarias, del manejo del personal, de las reuniones y otras tantas tareas. También entregó la clave del computador, el teléfono empresarial, las llaves y el registro de la caja fuerte y  le entregó una lista de  explicaciones que él no quiso repasar.

Hamilton se encontraba disperso y solo pensaba en cómo evitar que ella tomara más de aquel café especial que él le había preparado, pero era demasiado tarde, ella  había consumido más de media taza. Perturbado por la situación, Hamilton, decidió sacar del bolsillo de su chaqueta, un pequeño frasco de vidrio el cual vació su sobre su taza y la bebió de un solo sorbo.  La mujer lo observó atónita y comprendió que nunca volverían a compartir un café.   

Publicado la semana 40. 03/10/2020
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