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Humbert Monroe

La brújula de plata.

Sobre la carrera 7ª  se encontraba tirado su manto negro y sobre él una cantidad de objetos anómalos, todos coincidían en un alineado desorden que quizá solo su propietaria comprendía. Algunos de estos eran hormigas de alambre y otras tantas artesanías de insectos que ella misma fabricaba; el resto no lo podría catalogar o describir  bien. Observé algunas figuras nunca antes vistas, como un soldadito de hojalata en miniatura que se le podía dar cuerda y que aún marchaba a un ritmo disparejo. También había  un basquetbolista que su cabeza era un balón que intentaba lanzar fuera de él.

No diré que era una mujer extraña. Me pareció muy normal, su aspecto no era de gitana, no parecía hechicera, no era joven pero tampoco vieja, era de cuerpo delgado y cabello negro natural, su estatura estaría en el promedio de un metro setenta. Vestía Jean,  botines, chaqueta de cuero, gafas oscuras y sombrero. No apuntaba a ser hippie, no era extranjera, es más, su acento era común y corriente. Era como cualquier vendedor de andén que deja sus mercancías sin prisa, para que el transeúnte sea quien curiosee, sin la necesidad de estar al acecho.

Le pregunte por una brújula que parecía estar fabricada  en plata, una miniatura que me llamó la atención por su tamaño y sus acabados. Me pidió demasiado dinero. Sonreí, la cifra me pareció escandalosa. Cuando disponía a marcharme,  me aseguro que el precio era poco para los poderes que este objeto albergaba. Volví a sonreír y pensé que la mujer se encontraba algo loca. Con ganas de retirarme intente moverme, ella pasó como volando por encima del manto y sus mercancías,  tomó fuerte mi brazo. Una vez sujetado,  se acercó a mí para susurrarme al oído que la aguja de dicho aparato  estaba hecha del material de la daga de la dios  Egipcio Min, y que siempre apuntaba a la pasión, que de seguro en cualquier momento  me señalaría un  punto cardinal  de la ciudad hasta llevarme a una mujer, que ansiosa de deseo me complacería en  todo lo que le pidiera.

Sentí un escalofrío,  quise correr, soltarme,  evadirla  entre los transeúntes. Las palabras de esa mujer  me parecieron absurdas y ofensivas para un tipo de mi clase.  Ella depositó la brújula en mi mano, me dijo que hiciera una prueba,  que paseara un poco con la brújula, que comprobara la efectividad de  aquel objeto, que al volver estaría satisfecho y que negociaríamos el valor.

Me encontraba comprometido con esa mujer y maldije la hora cuando me acerque a mirar su esquina. Ya no me interesaba la brújula, no quería comprarla.  Decidí entonces hacer  un pequeño recorrido, regresar pronto, entregar el aparato y  quizá comprar un insecto de alambre u otra tontería, liberarme de la influencia de  la mujer  y nunca más volver a pasar por aquel puesto callejero.

Caminé rumbo  hacia el planetario. Antes  de llegar ingresé al parque, me faltaba el aire,  me senté unos minutos  en una banca,  solo quería que el tiempo pasara rápido.  Estaba sudando, saqué mi pañuelo. Mire la brújula, no sé por qué pero la note con mayor brillo en su interior. La aguja giraba sin parar y de vez en cuando señalaba hacia la Biblioteca Nacional. Me pareció que todo era producto de mi cansancio, o que posiblemente esa  miserable vendedora había colocado alguna sustancia alucinante  y que por eso yo desvariaba.

Retomé el aliento,  pero la curiosidad me venció, no pude resistir y seguí  las indicaciones de la  brújula.  Llegué hasta los escalones de la parte trasera de la biblioteca. Soy un hombre incrédulo, lo reconozco,  por eso dude  de todo lo que estaba sucediendo, lo cierto del caso es que  allí  se encontraba una mujer como de mi edad, muy bien vestida, sostenía un libro en su mano diestra.  La brújula se detuvo,  me pareció que alumbró, me sentí extraño, el mareo continuaba en mí ser.

La mujer me lanzó una mirada indiscreta, me observó de pies a cabeza.  Me preguntó que si fumaba, me invitó a sentarme a su lado. Esa tarde conversamos por largas horas, de libros, viajes, arte y poesía,  luego la invité a  tomar vino  y  a escuchar música amanecimos en un hostal  de la candelaría. Confieso que la amé como a ninguna.

De ese suceso han pasado casi cuarenta  años.   No vivo mal.   He juntado todos los objetos que ya no necesito en mi casa,  ni en mi vida: libros,  juguetes de infancia, discos de vinilo, cucharas de plata, cajitas de madera, porcelanas y todo lo que herede de mis padres;  los tiendo sobre un paño negro.  También aprendí a hacer manillas de hilo, las tejo mientras espero paciente a que alguien se interese por esa brújula.  

 

        

 

Publicado la semana 4. 20/01/2020
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