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Humbert Monroe

El gran Bruno

De la quinta de los Rodríguez, salía corriendo hasta el  portón de rejas  de la casa, con la piel oscura, el pelo lustroso, la musculatura robusta y la mirada desafiante.

Siempre estaba al acecho para intimidar a cualquier transeúnte que cruzara por allí. Recuerdo que a niños y adultos nos emboscó, algunos sobresaltados por el terror que producía, soltábamos paquetes o gritábamos, el enseñaba sus filosos colmillos y  derramaba babaza  con sus enérgicos ladridos.  

Fueron varios los que intentaron envenenarlo, pero el maldito jamás probaba nada de lo que le arrojaban a la verja. Llegó a marcar su territorio a tal punto que nadie de los que lo sabíamos de su existencia, pasábamos por la acera de los Rodríguez.

Debo confesar que me causaba terror. Siempre fui un niño cobarde y esa bestia era gigante. También dejé caer bolsas, rompiendo huevos y frascos de mermelada. Pero le perdí el miedo es día que papá me envió por cigarrillos al supermercado. Ese fue un maldito día, pero no lo dije yo, lo dijo mamá y mis tías, para mí el día no fue tan malo, solo incumplí la promesa que les hice a todos antes de salir  de casa. No miré hacia arriba y hacia abajo, antes de cruzar la avenida y salí corriendo.  El resto fue llanto de familiares, amigos y vecinos.

Pero nada es tan malo como se cree, disfruto de mi nueva condición. Ahora puedo entrar a la casa de los Rodríguez,  atravieso sus muros, como quien cruza una cascada cristalina. El gran Bruno, intenta ladrar a mi sombra pero huye despavorido cuando empiezo a soltar mis carcajadas.       

Publicado la semana 37. 12/09/2020
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