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Humbert Monroe

Réplicas

El primer movimiento fue suave, casi apenas perceptible, creo que en el edificio nadie más lo sintió, pero algo me decía que vendrían réplicas más fuertes. Me quité la pijama, me puse la ropa de correr y me prepare para salir.

Antes de abandonar la habitación, observé a mi mujer, dormir tranquila, con medio cuerpo por fuera de las cobijas, entonces regresé hasta el armario, tomé su bolso, saqué todo el dinero, las tarjetas bancarias y me retiré.

Apliqué doble llave a la cerradura de la puerta.  No quise bajar por el ascensor,  descendí los siete pisos por las escaleras. Me dirigí hasta el parque del conjunto, hacía frío y me senté en la parte baja de la estructura metálica de un pasamano.

Pensé en mi mujer y en lo mucho que me disgustaba ella y su familia. Sus odiosos padres se dedicaban siempre a vaticinar el fin de nuestro matrimonio. Mis cuñados, en cada reunión, alardeaban de sus educadas y files esposas.  Pero lo peor de toda la estirpe,  era  su hermana menor, la trotamundos bilingüe, la de los viajes espaciales, la vanguardista non plus ultra.

Realmente no era su familia lo que entristecía mis días junto a mi mujer, ellos  se podían ir al carajo con todas sus extravagancias, lo que realmente me  frustraba era su trato compasivo hacia mí, no creer en mi talento y verme como un niño desprovisto de habilidades era la peor de las humillaciones que podía sentir. También me acosaba la ansiedad por demostrar a todos, que yo no era un fracasado, que si bien no tenía trabajo, esperaba que alguna editorial publicara pronto mi novela, que mis escritos no eran de pacotilla como aseguraban en tono burlesco y que en mí, existía un potencial subvalorado.

Llevaba dos años y medio en la tarea de dar conocer mi obra a las editoriales, había recibido muchos correos de respuesta, pero todos se centraban en  decirme que me felicitaban por mi trabajo, el cual les resultaba interesante, pero que ellos en el momento buscaban algo diferente, que estuviera acorde con el mercado actual.  Casi siempre se despedían invitándome a continuar escribiendo y  fingiendo un cínico interés,  me aseguraban que sí más adelante tenía un próximo trabajo, no dudara en enviarlo, quizá con una propuesta refrescada y contundente, tendría oportunidad de publicar con ellos, que no perdiera la fe.

Así pasé más de una hora y media reflexionando acerca de mi conveniente matrimonio, la crítica familiar y la posibilidad de conseguir un trabajo o mejor divorciarme quizá,  si no lograba publicar  pronto. Enviudar era otra posibilidad  de vivir sin hacer algo diferente a escribir.  Pero mi mujer gozaba de excelente salud y yo no contaba con el suficiente valor como para provocarle un accidente que pareciera una muerte común y sencilla.  

Un nuevo sacudón se pronunció más enérgico que el anterior,  me emocioné, abandoné todo pensamiento y estuve atento para ver como mi sueño se hacía realidad. El vigilante desertó de la portería y se dirigió hasta el parque para comentarme el suceso.  Lo vi afanoso al tratar de sintonizar emisoras en su radio, inútil  manipulaba los botones  pero no encontraba  alguna que le  brindaran datos sobre el epicentro y los grados en la escala Richter. Tuve que mentirle, negué que hubiera sentido aquel movimiento y de inmediato fingí un dolor de muela pasando la mano por mi pómulo derecho, le dije que había salido de mi apartamento  porque la molestia era intensa y no me dejaba dormir.

La madrugada transcurría con la fe puesta en que en el tercer intento de sismo fuera definitivo y arrasador, que borrara el edifico y el resto de las torres donde vivían, mis suegros y cuñados.  El día me sorprendió en vigilia, algunos vecinos madrugadores, salieron al parque a hacer sus rutinas de ejercicios, aparenté ejercitarme también y los saludé enérgicamente.

A las siete de la mañana, vencido por el cansancio y con la esperanza rota al intuir que ya no habría más réplicas, decidí regresar al apartamento, esta vez subí por el ascensor. Mi mujer se encontraba en la cocina y al verme me dijo: “te vez agotado, no deberías sobre esforzarte con tanto deporte”.  Sonreí y le dije: no es nada. Entré en la habitación y regresé el dinero y las tarjetas al bolso, luego escuché su voz cuando me anunció que el desayuno estaba listo.

Al pasar al comedor,  los huevos recién preparados se veían esponjosos, el pan y el chocolate expedían un aroma agradable, me pasó un jugo de naranja y me dijo: “te amo cielo” a lo que respondí: Yo te amo más.

 

Publicado la semana 35. 28/08/2020
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