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Humbert Monroe

Adultez

Cuando Edwin cumplió dieciocho años, me invitó de cómplice a su primera faena como hombre.  Esa tarde llegamos temprano al establecimiento, en la portería, un gordo robusto y mal mirado, nos exigió la cedula.   Busqué en mi billetera y exhibí el documento con orgullo, como si se tratara de un anhelado pasaporte de adulto. Edwin mostró la tarjeta de identidad que se vencía ese mismo día. El portero de inmediato negó la entrada. Edwin, tuvo que pagar un soborno cuantioso para que permitiera su ingreso.  Una vez cruzamos la puerta, se abrió un panorama de oscuridad que solo interrumpía el intermitente ir y venir de las luces de las lámparas de color, acompañado de extravagante olor a velita de sahumerio.

Después de consumir un par de cervezas, aparecieron las chicas, todas hermosas y provocativas. Una morena se sentó junto a mí, recuerdo que tocaba mi entrepierna mientras me guiñaba el ojo y presentaba de manera obscena su larga lengua. Bailé amacizado en unas siete ocasiones, siempre con pareja diferente, eso sí cuando sonaba un buen merengue, que para esa época era con lo único que me defendía en la pista.  Mientras tanto, Edwin, ordenaba tandas de cerveza que inundaban nuestra mesa.

El mesero era un flaco con pelo crespo como un helecho, que presentaba ademanes de hombre culto, haciendo una venia cada vez que se retiraba. El lugar estuvo solo durante toda la tarde, por lo cual gozamos de shows exclusivos que las chicas hacían para complacernos.  

Recuerdo que, en la décima tanda, me encontraba muy mareado, observe como Edwin subía unas escaleras cámara lenta de la mano de pelirroja, antes de coronar el último peldaño me gritó “ya regreso”. Me quede observando como ingresaba a la habitación y me dio gusto pensar la manera en que esa mujer lo complacería.

La chica abrió la habitación número dos y una vez cerraron la puerta un bombillo rojo se encendió. Luego de 15 minutos Edwin salió echándose peinilla en su pelo, con cara de satisfacción duradera, la mujer se metió en el baño de ellas, como perseguida por un espanto.  Esa noche bebimos una cerveza de más y nos fuimos.

Edwin se convirtió en un hombre, pero no en el hombre en que pensamos, nunca alardeo de lo que había ocurrido con la pelirroja, evitaba al máximo a todos sus amigos y conocidos. Tampoco volvió a practicar ningún deporte, se le veía evasivo a cualquier saludo y no respondía el teléfono. Con el tiempo nos enteramos que Edwin había sido sometido a un riguroso tratamiento con penicilina. Entre risas y advertencias, Jairo el boticario, nos enteró de lo dolorosas que eran aquellas inyecciones.

 

 

Publicado la semana 33. 15/08/2020
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