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Humbert Monroe

Príncipes Azules

Antes de llegar al restaurante, paseó por el centro comercial.  Las colecciones en las vidrieras, los zapatos finos y la lencería nueva, robaron su atención. También dio un vistazo a la cartelera del cine. Salió del lugar y encendió un cigarrillo que sostuvo en sus dedos arrugados. Como era de costumbre, había realizado el ritual de ponerse un vestido de marca y zapatos de tacón. Sus ojos los adornó con pestañina y delineador, un poco de brillo en sus labios le dio ese fugaz aire de lozanía. Tomó su abrigo, cartera y alistó suficiente dinero, por si en medio del hastío de la cita, tenía que pagar la cuenta e irse.

Desde que se había pensionado de la Universidad de los Andes, su nombre no figuraba en listas de reuniones, lanzamientos de libros ni cocteles. Mientras estuvo en el mundo académico la apodaron Hipatia la humilde, sobrenombre que le disgustaba hasta sacarla de control.

En el restaurante se encontraba el hombre, un poco impaciente por el encuentro con la mujer que lo había seducido con correos puntuales, cargados de cultura e interés por un romance a la antigua. El recorrido por las vitrinas le había hecho perder la noción del tiempo, además le fascinaba hacer esperar e impacientar a sus contertulios. 

La conversación comenzó con la presentación del hombre que, muy entusiasmado, acompañaba la historia de su vida con una ráfaga de cumplidos y halagos que ella no creyó. Sonreía y escuchaba, o más bien fingía hacerlo.  Cuando el hombre terminó, ella tomó la vocería y lo abrumó con largas reflexiones.  El hombre aguantó una hora y diez minutos, toda esa cátedra de filosofía, que jamás espero recibir en la primera cita. En una improvisada salida al baño, huyó del lugar.

De vuelta en su casa, reflexionó acerca de lo irónico de recibir halagos de las personas, sin antes haberla escuchado hablar.

En la comodidad de su habitación, se colocó un pijama sexy, encendió la computadora para programar un nuevo encuentro. Otro desconocido debía ser humillado a causa de su ignorancia y nuevo triunfo para su ego intelectual. Mientras realizaba la tarea se repetía: “es verdad, ya no existen principies azules”.

Publicado la semana 32. 06/08/2020
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