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Humbert Monroe

Ansiedad

Era cierto lo que su compañero de universidad le había indicado. En el barrio colonial, al final de la calle, en una librería de antaño, atestada de libros viejos y humedad, se hallaba aquel libro que había buscado por años. Lo observó junto a otros dos libros que se exhibían. Asombrado por el hallazgo, sintió un escalofrió que erizó todo su cuerpo.  Estaba dispuesto a pagar por aquella obra lo que el anciano librero pidiera. Se acercó al mostrador para preguntar por el precio y el hombre comenzó a convulsionar. Sin saber qué hacer, pensó en ayudarlo, pero recordó el ejemplar en la vitrina y la ansiedad por poseerlo en sus manos, hizo que se concentrara en alcanzarlo. Rompió el cristal, tomó el libro, lo guardó en su bolso y huyó del lugar.

De regreso a casa, en el transporte, pensaba lo que podría haber ocurrido con el hombre, quizá aún estaría allí tendido, sin que nadie lo ayudara. Era la primera vez que cometía un acto de esta naturaleza. Aquel hombre le recordó a su abuelo y las tantas lecciones de buenos modales y honradez que solía darle. Experimentaba en ese momento el vacío del acto frívolo, mal hecho e indolente. Su tranquilidad se alteraba al imaginar que el hombre podría morir y que esa muerte sería, en parte, culpa suya.

Al llegar a casa descargó el morral en un rincón de su habitación.  Por varios días no se atrevió a tomarlo. Mientras tanto, su amigo, cada mañana pasaba por la calle de la librería y esta se encontraba cerrada.  Ambos temían que el librero hubiera muerto.

A la semana siguiente decidió olvidarse del anciano, quizá con una lectura encontraría la calma que necesitaba.  Abrió su morral y al sacar el libro observó asombrado que este no era el libro que había deseado por tanto tiempo. En la tarde se enteró también de que el librero había muerto.

 

Publicado la semana 30. 24/07/2020
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