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Humbert Monroe

As de copas

Rodriguez, entró altanero al lugar. Se sentó en la barra y ordenó de mala gana, un trago de aguardiente. El barman, un individuo tranquilo y de aspecto malevo, detectó que aquel sujeto que acababa de ingresar, se trataba de un policía infiltrado. 

Por el ventanal se destilaba esa luz pálida del atardecer de invierno, que no llegaba hasta los clientes que estaban ubicados en el fondo del aposento. Rodriguez observaba cada movimiento que se prestaba en el bar.  Había sido designado para investigar dos casos de envenenamiento a policías y se sospechaba que estos ocurrieron en bares porteños.

Luego de servir la copa de aguardiente a Rodriguez, el hombre dejó que el sonido se extinguiera por unos minutos, lo cual llamó la atención de los clientes, luego colocó un disco de Gardel, que silenció las conversaciones de las mesas, para seguir el ritmo del bandoneón.

Rodriguez le manifestó al hombre que era un jugador de cartas y que había escuchado que en aquel sitio se realizaban apuestas. El barman de forma serena y en un tono gutural, le indicó que existía una habitación contigua, la cual llamaban el rincón del dolar, pero que en ese momento la mesa estaba ocupada con todos los apostadores, apenas había comenzado la primera partida de la tarde, que debía esperar hasta que algún jugador se retirara, si en realidad quería apostar.

Rodriguez, espero por más de una hora, a que se diera algún espacio para poder conocer el salón de apuestas y continuar con sus averiguaciones. Luego de varias horas de estar en el bar escuchando disco tras disco y un montón de charlas innecesarias, concluyó que aquel no era el lugar que el departamento de policía sospechaba. Indiscutiblemente jugaban a las cartas y desde luego que apostaban, pero no era un bar de mala muerte, de seguro, sus compañeros no habían sido envenenados allí.

Decidió entonces retirarse, comenzó a sentir un pequeño mareo, temía también que los efectos del licor, pudieran afectarlo,  lo mejor era mantener la sobriedad y el aplome.   Cuando se disponía a cancelar la cuenta para abandonar el lugar, el barman le informó que las apuestas habían terminado en la primera entrada, que pasara al salón porque se alistaba la segunda gran apuesta de la noche y que era la oportunidad que había estado esperando.

Rodriguez se dejó conducir hasta el salón. Cuando la puerta se abrió, Rodriguez notó que aún no llegaban los demás apostadores.  Aquel salón parecía más un depósito de licores, lleno de cajas de cerveza y muebles rotos, que un sitio de apuestas.

El barman lo ubicó en una mesa, de seis puestos, donde se hallaban un par de ceniceros y una barja española. De su delantal sacó una copa y una pequeña botella, le sirvió un trago y le susurró “cortesía de la casa, para el nuevo apostador”.

Rodriguez dudó en consumir el trago, pero el mesero insistió.  Mientras barajaba el mazo que había encontrado sobre la mesa, Rodriguez sintió que le faltaba el aire. Luego entraron tres hombres al salón, y se acomodaron a su lado. Intentó saludarlos, pero las cartas escaparon de sus manos, su cara se desplomó contra la tabla, mientras que la luz de la lámpara poco a poco se empezó a ensombrecer. 

Publicado la semana 26. 26/06/2020
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