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Humbert Monroe

Barbería

Su coartada era casi perfecta. El martes, cuando estuviera en la antigua barbería de don Gregorio, un excompañero del partido comunista, pediría que le cortaran su cabello y afeitaran su libertina barba, la cual había dejado crecer como pretexto para encubrir su suicidio. Una vez sintiera la hoja fría de la navaja afeitando su cuello, él fingiría un estornudo o se movería de improvisto, para ser cortado de forma tal que todo pareciera un accidente. Así el barbero no sería culpado por lo ocurrido y el moriría tranquilo.

Esa mañana, llegó temprano, el local se encontraba solitario, al ingresar colgó la chaqueta en el perchero junto con su boina negra. De inmediato fue atendido por un joven corpulento, con aretes en ambas orejas y cabello teñido, el cual lo invitó de manera parca a tomar el turno.  Le comentó que don Gregorio, había fallecido meses atrás y que ahora él se encontraba a cargo del negocio. El hombre sintió lastima por su camarada, pero siguió firme en su propósito.

Se sentó muy tranquilo sin despertar sospecha. Le colocaron la capa y un cuello alrededor de su garganta para afeitarlo. Una vez que inclinaron la silla, el hombre imaginó el fin de sus días.

Cerró los ojos y estuvo atento al momento preciso para ejecutar su plan. Un zumbido similar al que produce un enjambre de avispas, le advirtió que lo afeitarían con una máquina eléctrica. Al sentir como el aparato pasaba vibrando por su cara, comprobó que efectivamente lo afeitaban con una de ellas. Maldijo la tecnología, el capitalismo y toda forma de progreso que impedía continuar con su tentativa. Reprochó también la falta de valor para incrustarse un tiro en su cabeza.   

 

Publicado la semana 20. 13/05/2020
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