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Humbert Monroe

Noticiario

Don Clemente Rosales, cansado de la parcialidad con la que el locutor capitalino presentaba el noticiero, en la única emisora que se podía sintonizar en aquel pueblo, decidió una mañana mientras limpiaba su viejo revolver, acallar las arbitrariedades políticas del desconocido hablador. Observó la radio sobre la mesa. Imaginó que dentro de aquel aparato podría de algún modo habitar ese insolente ser que despreciaba por su forma de pensar. Para sus adentros no era más que un lame suelas, benefactor de la clase dirigente. Desconfiaba siempre de todas las noticias que escuchaba, las consideraba un montón de falacias.

El calor de la mañana aumentaba con cada noticita que se leía, las pequeñas nubes en el cielo y el parvo viento que circulaba, pronosticaba un día favorable para derretir las esperanzas de un hombre como Clemente Rosales. Por unos minutos se quedó como paralizado, mirando a la nada, sin parpadear, sin lustrar su revólver, casi que sin respirar; de la aceitera escaparon dos gotas que dibujaron una figura similar a un cráneo cuando se fundieron en el tablón de la mesa. Cerro los ojos, levanto con firmeza su mano arrugada y disparó justo donde percibía que salía la voz. “¡Ignorante!, ¿Qué ganas con eso?” gritó desconcertada su mujer, que se había estremecido por el accionar del arma y que ahora lo observaba desde la cocina en espera de una respuesta. El hombre ignoró reclamos, tomó la bayetilla desteñida, envolvió el arma y la guardó en una caja de hojalata corroída por los años. Ese mismo día murió el locutor capitalino cuando se emitía el noticiero de la mañana, don Clemente Rosales nunca lo supo.

Publicado la semana 2. 06/01/2020
Etiquetas
La radio
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Relato
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